• 4 mayo, 2007

 

Las lógicas de la actividad gremial no siempre deben ser coincidentes con las de la actividad política.

 

El desencuentro e incluso la tensión entre la dirigencia empresarial y los partidos de derecha es uno de los hechos más singulares ocurridos en el último tiempo. El factor que la desencadenó fue el rechazo de la Alianza en el Senado a la iniciativa de la depreciación acelerada planteada por el gobierno. El proyecto contaba con un amplio respaldo entre el empresariado y sin embargo esta vez la Alianza optó por no darle sus votos, aprovechando la coyuntura de la indisciplina de los parlamentarios ofi cialistas para hacerle presente al gobierno que el conglomerado no está dispuesto a cuidarle las espaldas a cambio de nada y sin previa negociación política.

Hay que conceder que en este episodio, además de cuestiones de fondo, hubo también un problema de formas. No es la primera vez que entre los dirigentes empresariales y los partidos de la derecha se producen cortocircuitos o divergencias coyunturales y no tiene mucho sentido historiar ahora esos precedentes. Pero obviamente si el ministro de Hacienda, en sus reuniones con personeros de los gremios empresariales, creyó que poniéndose de acuerdo con los “patrones” estaba asegurado el voto de los “empleados”, la Alianza –por un asunto de mínima dignidad– quedó colocada en una disyuntiva compleja, lo cual tampoco cabe sobredimensionar tanto pues nadie duda que, en la comisión mixta, gobierno y oposición se pondrán de acuerdo en un proyecto que responda en mejores términos a los propósitos de estimular la inversión y dinamizar el crecimiento. Es más, teniendo mayoría en ambas cámaras, el gobierno podría imponer el proyecto que quiera si logra convencer con sus argumentos a todos sus parlamentarios.

Puesto que en los últimos años la mayor parte del empresariado se convenció de las ventajas de una dirigencia gremial políticamente desmarcada, hoy es bastante más fácil que en otro tiempo entender que no siempre entre la gente de empresa y los partidos de derecha tendrá que existir una relación simbiótica. Las lógicas de la actividad gremial no siempre deben ni pueden ser coincidentes con las de la actividad política. Es más: es sano que una y otra operen con entera autonomía. Por lo demás, en la medida en que el cambio cultural y el desarrollo del país están introduciendo cualquier cantidad de matices en el antiguo blanco y negro del espectro social y político chileno, en la medida en que ya no es tan raro que al menos una parte del empresariado reconozca afi nidad o al menos simpatía con el proyecto concertacionista, las cosas necesariamente tendrán que evolucionar hacia allá.

En los partidos de derecha todavía queda una sensación de un cierto disgusto tras el encandilamiento de muchos dirigentes empresariales con el gobierno del presidente Lagos. Y es por lo demás enteramente explicable que lo hayan tenido. Pocos gobiernos se jugaron tan a fondo por la apertura comercial chilena con los acuerdos comerciales y los tratados de libre comercio y este compromiso no pudo menos que ser altamente valorado en círculos empresariales.

Pero, como ha quedado de manifi esto en los últimos meses, esta es solo una de las áreas que componen una obra gubernativa y en la Alianza son muchos los que consideran que la administración anterior terminó en deuda en varias otras.

Lo central, el tema de fondo en todo esto, es no perder de vista el interés nacional. Se equivocaría mucho la Alianza si creyera conveniente para el logro de sus intereses políticos que el gobierno de Michelle Bachelet fracase; en esto no hay dos lecturas, puesto que al país, al oficialismo y la oposición le convienen que le vaya bien. Y se equivocarían también mucho los empresarios si pensaran que solo en las reglas del juego económico se están decidiendo los destinos del país. En defi nitiva, cada estamento debe hacerse responsable de sus propias decisiones y conductas. Las transferencias o intercambios de responsabilidades más es lo que confunden que clarifican, primero porque politizan la actividad gremial, con las consabidas distorsiones que esto comporta, y segundo porque generan en la política relaciones de dependencia o vasallaje que en el largo plazo son impresentables para cualquier partido ante la ciudadanía. Los partidos hoy por hoy no están para representar a gremios o sectores.

Obviamente, éste es uno de aquellos temas donde es más fácil decir las cosas que hacerlas. Lo más probable es que también por este concepto los partidos de derecha tengan que pagar una cuenta histórica que no es menor y que podría traducirse en castigos electorales y menores recursos, entre otros efectos. Pero, si así fuera, convendría que la saldaran pronto puesto que en el Chile que viene la pura identificación con el empresariado no sirve –y más que no sirve, no alcanza– para formar mayoría.