El gobierno de Jorge Alessandri en 1958 se inició con un exitoso manejo económico y altas expectativas de sus partidarios, pero pronto tropezó con una creciente crisis social y política que, manifestada en paros y protestas estudiantiles, lo llevó a integrar a la oposición en el gabinete. Vale la pena revisar ese periodo que ilumina aspectos del presente. por Alejandro San Francisco

  • 9 septiembre, 2011

 

El gobierno de Jorge Alessandri en 1958 se inició con un exitoso manejo económico y altas expectativas de sus partidarios, pero pronto tropezó con una creciente crisis social y política que, manifestada en paros y protestas estudiantiles, lo llevó a integrar a la oposición en el gabinete. Vale la pena revisar ese periodo que ilumina aspectos del presente. Por Alejandro San Francisco.

 

Uno de los aspectos más originales de la política chilena en el siglo XX fue la escasa presencia de la derecha en el gobierno del país. Con la excepción del gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964), la regla general fue tener administraciones de centro y de izquierda durante la vigencia de la Constitución de 1925.

Los años de Alessandri –hombre del mundo empresarial, de familia política– no fueron fáciles, ni en lo doctrinal ni en el ejercicio de la política práctica. Dificultades dentro del gobierno y con la oposición, problemas internacionales y crisis internas, ataque sistemático de los adversarios y abandono progresivo de los partidarios. En fin, años de ilusiones y desencanto, anticipo impensado de una posible revolución.

La elección presidencial de 1958 fue muy estrecha, y se desarrolló en un curioso ambiente electoral. Carlos Ibáñez concluía su periodo sin sucesor natural, en medio de problemas sociales graves y con un importante fraccionamiento político en el país. Los candidatos más fuertes eran Jorge Alessandri (hijo del León de Tarapacá) y Salvador Allende, socialista, quien por segunda vez enfrentaba el desafío. A ellos se sumaban el emergente Eduardo Frei Montalva (DC), el radical Luis Bossay y un candidato excéntrico que resultaría decisivo: Antonio Zamorano, el famoso cura de Catapilco.

Tras la intensa campaña, el 4 de septiembre se conocieron los resultados que, provisionalmente, favorecieron a Jorge Alessandri. Las cifras oficiales fueron clara manifestación de un escenario complejo, como ilustra el siguiente cuadro:

Como ningún candidato obtuvo la mayoría absoluta, el Congreso Pleno tuvo que decidir la elección entre las dos primeras mayorías relativas, optando por el candidato de derecha. Al asumir su gobierno, como recuerda Patricia Arancibia, el nuevo presidente de la República quiso fijar claramente los principios que guiarían su actuar: “no me liga compromiso de ninguna especie con grupos o sectores determinados que pudieran restringir en cualquier forma mi absoluta independencia para proveer en esta materia tan sólo a la consecución del bien colectivo y a la satisfacción de las necesidades del pueblo”.

El carácter independiente, en Alessandri, era una marca registrada y de la cual el nuevo gobernante estaba orgulloso. De hecho, durante la campaña los partidos Conservador y Liberal se mantuvieron en un claro segundo plano, frente a la figura providencial del candidato llamado a solucionar los problemas de Chile.

El fantasma revolucionario

La administración de don Jorge no fue fácil, si bien su primer año fue exitoso desde el punto de vista económico, con aumento de exportaciones, construcción y producción, que pronto se tradujeron en un cierto apoyo político para el gobierno en las elecciones municipales de 1960. Pero desde el principio se trató de una administración de minoría (problema que afectó a casi todos los gobiernos bajo la Constitución de 1925), tanto en el Congreso Nacional como en el escaso 30% que obtuvo en la elección presidencial.

Un tema crucial del momento fue la situación internacional, particularmente después del triunfo de la revolución cubana en 1959, que marcó un giro completo en el afán revolucionario de la década del 60, además de ser un elemento clave permanente de la política exterior de Alessandri, como ha explicado Joaquín Fermandois en sus estudios sobre el tema: era relevante que ahora la izquierda chilena “tenía un punto de referencia en el continente, verbalizado en castellano, y que a la vez expresaba un ardor universal y moralmente obligatorio para sus creyentes. Esto tendría una influencia decisiva”.

Por otro lado, el país vivía en esos años con un cierto pesimismo ambiental, comparable al que se había apoderado de un sector de la intelectualidad criolla en la época del Centenario, o el que apareció asociado a las protestas actuales que siguieron al Bicentenario de Chile. En ese contexto se explican obras clásicas como En vez de la miseria, de Jorge Ahumada (1958) y Chile. Un caso de desarrollo frustrado, de Aníbal Pinto (1959), que serían seguidos de una crítica social más generalizada en la rebelde década de 1960. En realidad, el país estaba viviendo un importante cambio de época.

En tiempos de Alessandri se produjo una expansión de otras corrientes en materia política, especialmente de la Democracia Cristiana, que obtuvo un gran resultado electoral en las elecciones parlamentarias de 1961, anticipo de su triunfo presidencial tres años después. Como contrapartida, las colectividades de derecha decrecieron en su relevancia y representación, al punto que los partidos Liberal y Conservador no lograron siquiera un tercio del Congreso: había llegado la hora de ampliar la base política del gobierno.


Radicales al gobierno

Los problemas del gobierno no eran sólo de mayorías políticas, sino que se extendían a la movilización social, los paros laborales y una incipiente crisis social, alentada por los grupos opositores. A mediados de 1961 el país veía con preocupación cómo se detenían las labores en el cobre, la principal riqueza nacional, en diversas e importantes compañías, e incluso paralizaban los profesores y los estudiantes. Ese fue el contexto de descontento popular y de debilidad política que llevó a una importante modificación de gabinete.

Así lo resumen los biógrafos de Jorge Alessandri: “El Presidente se encontraba en una encrucijada. Sabía que sin los radicales no iba a poder gobernar y, por otra parte, no estaba dispuesto a dejarse presionar, perdiendo su independencia”. En esta ocasión el realismo político tuvo mayor peso que las convicciones de Alessandri, y la balanza se inclinó hacia la incorporación del Partido Radical al gobierno, en las carteras de Agricultura, Relaciones Exteriores, Economía y Salud. La situación del oficialismo, sin embargo, no se revertiría con el cambio.

A pesar de las expectativas, el país cayó en una situación de crisis de confianza que los empresarios denunciaron con cierta desazón, como recuerda Sofía Correa: “en un clima de incertidumbre es imposible planificar nada”, fue el resumen de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa). La Confederación de la Producción y del Comercio, por su parte, expresó con claridad el dilema de los tiempos que corrían, como era “progresar con libertad o retroceder con dirigismo intervencionista”. La historia seguiría con decisión este segundo camino.

El problema de fondo era mucho más profundo y quizá se grafique en lo que Adolfo Ibáñez llama el estrechamiento de la tolerancia, que haría la política cada vez más agresiva y totalizadora, con rasgos mesiánicos y un fuerte componente ideológico que, de alguna manera, dejaba atrás al viejo Chile y anunciaba días de zozobra.

Una erosión histórica

Los problemas de la derecha y de su gobierno pueden ser analizados desde el punto de vista electoral, aspecto en el que obviamente hay dificultades visibles y con resultados claros: pérdida de apoyo popular, decadencia de los partidos Liberal y Conservador, desaparición práctica en la elección presidencial de 1964, cuando el sector abandonó la lucha presidencial en medio de la agonía de sus propuestas y un claro entusiasmo revolucionario representado por Eduardo Frei (finalmente electo presidente de la República con amplia mayoría) y Salvador Allende.

Pero hay un segundo foco de análisis que aparece menos en los estudios y que tiene un valor inmenso: la derecha no perdió en las urnas, sino que fue derrotada en el plano de las ideas y de la cultura, si seguimos la fórmula de Ortega y Gasset. Si don Jorge había defendido con convicción los valores de la iniciativa privada, el emprendimiento y la importancia de la empresa como motor del desarrollo, cuando entregó el gobierno a la Revolución en Libertad, en 1964, era muy poco lo que quedaba de ese proyecto.

Sea por circunstancias internacionales (la Alianza para el Progreso de EEUU o el entusiasmo revolucionario proyectado por Fidel y el Che) o bien por el desarrollo de la política interna (el crecimiento explosivo de las izquierdas y el proceso inverso en la derecha), lo cierto es que el cambio de mando fue el paso final de las muchas cosas que se habían perdido en el camino: la reforma agraria en su primera versión, el manejo de la hacienda pública a contrapelo y otras tantas cosas que fueron, literalmente, erosionando el proyecto de derecha.

Después de todo, se había comprobado uno de aquellos problemas cruciales que afectan a los gobernantes en la historia: se puede tener el gobierno y no el poder; se puede tener el gobierno y no las ideas. Pero también se abría de manera imprevisible el drama de las oposiciones: trabajar contra el presidente de la República, con resultado incierto sobre quién cosechará los resultados. Son asuntos del pasado, pero que reverberan en los hechos actuales.

Para leer
Patricia Arancibia, Alvaro Góngora y Gonzalo Vial. Jorge Alessandri 1896-1986. Una biografia (Santiago, Editorial Zig Zag, 1996), 437 páginas.

Los tres autores escriben una completa biografía de quien fuera presidente de la República entre 1958 y 1964 y candidato nuevamente a La Moneda en 1970. Repasa los antecedentes familiares y políticos de Alessandri, así como su gestión en el gobierno y un balance histórico de su figura y su obra.

Sofía Correa. Con las riendas del poder. La derecha chilena en el siglo XX (Santiago, Editorial Sudamericana, 2004), 313 páginas.

La autora explora el poder de la derecha no en un sentido exclusivamente político, sino que incluye en su análisis tanto a los grupos económicos y gremios empresariales como a los partidos políticos que representaban al sector, además del diario El Mercurio y, ciertamente, el gobierno de Jorge Alessandri.

Joaquín Fermandois. Mundo y fin de mundo. Chile en la política mundial 1900-2004 (Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 2005), 638 páginas.

Libro notable por la abundancia del estudio y la información como por la profundidad de la reflexión que desarrolla Fermandois sobre Chile y su inserción en la política internacional del siglo XX. Dedica páginas interesantes al gobierno de Jorge Alessandri y al impacto de la situación del mundo en esos años.

Adolfo Ibáñez. Abrazado por la Revolución. Ideología y totalitarismo en Chile 1960-1973 (Santiago, Editorial Biblioteca Americana, 2004), 368 páginas.

Esta obra, parte de una colección compuesta por tres volúmenes, presenta la agonía del régimen republicano chileno en la época de avance de la ideología, marcada por enfrentamientos entre los grupos políticos y cambios radicales en la forma de entender la economía y el desarrollo nacional.