La crisis es política, electoral y moral. Política, porque la derecha no supo ni leer correctamente el contexto político, ni procesar adecuadamente sus diferencias internas. Crisis electoral, porque su opción presidencial se ha cancelado y arriesga una serie de doblajes parlamentarios. Crisis moral, porque sus dirigentes se ven confundidos y desganados, pero sobre todo, […]

  • 4 noviembre, 2013

 

La crisis es política, electoral y moral. Política, porque la derecha no supo ni leer correctamente el contexto político, ni procesar adecuadamente sus diferencias internas. Crisis electoral, porque su opción presidencial se ha cancelado y arriesga una serie de doblajes parlamentarios. Crisis moral, porque sus dirigentes se ven confundidos y desganados, pero sobre todo, porque les pesa no haber dado respuesta coherente ante la crítica por su apoyo a la dictadura militar.

Las malas noticias comenzaron en la elección municipal. Una mezcla de soberbia y malas encuestas hizo que esa noche –la que iba a ser la noche del balcón– se tiñera de fatídica sorpresa. El infortunio siguió con la bochornosa bajada de Golborne como candidato presidencial. Ya en campaña, Allamand y Longueira no entendieron el nuevo escenario político y terminaron peleando el nicho más derechista de la derecha, sin ser capaces de decirle dictadura a la dictadura. Luego vino el retiro de Longueira.

Recurrieron de emergencia a Evelyn Matthei, sin pensar lo difícil que sería instalar un cuarto candidato presidencial en cuatro meses. Su campaña nunca pudo despegar.

 

Septiembre fue el mes negro en un año oscuro. Matthei no estuvo a la altura de la reflexión histórica que todo el país realizaba. Quien sí lo captó fue Piñera y dio la estocada final, con lo de los cómplices pasivos, el plebiscito de 1988 y el cierre del penal Cordillera. Y como todo lo malo puede empeorar, apareció Parisi, para robarle a Matthei el elector blando, joven y popular.
¿Qué pasará el día después? Ya comienzan a delinearse tres tipos de derecha:

Una es la derecha neo-con, el Tea Party chileno, liderado por la UDI y sus figuras tradicionales, Novoa, Melero, Coloma, Lavín. Esa derecha planteará volver al ideario original: neoliberalismo económico y conservadurismo moral. Se afirmará en los clásicos, Friedman, Hayek, Jaime Guzmán; seguirá siendo ambigua frente a la dictadura, y se aferrará a la doctrina católica más ortodoxa, con mucho Legionario y mucho Opus Dei. Esta derecha es la que puede salvar más escaños en una posible debacle parlamentaria.

Cuenta con figuras jóvenes con ganas de tomar la posta: José Antonio Kast, Ena von Baer, Ernesto Silva, Jaime Bellolio, entre otros, junto a su nueva adquisición: Laurence Golborne. Esta derecha será feroz opositora al gobierno de Michelle Bachelet. Su énfasis estará en taponear las reformas al sistema educacional y a los tributos, entorpecer cualquier avance en materia valórica, y por supuesto, impedir una nueva Constitución.

La segunda es la nueva derecha. Ahí estarán una serie de jóvenes tecnócratas RN e independientes del gobierno actual, en alianza con el movimiento Evópoli y el think tank Horizontal. Al grupo de Hernán Larraín Matte, Cecilia Pérez, Juan Carlos Jobet, Felipe Kast, parece querer sumarse parte de la vieja ala más centrista de RN, como Platovsky, Brahm y Hinzpeter. Amigos de la teoría del “nudge” y el paternalismo libertario. Cosmopolitas, pragmáticos, abiertos en materia valórica, pero igualmente neoliberales en sus concepciones económicas. No pretenden justificar, ni de cerca, los crímenes de la dictadura militar. Esta derecha puede tender puentes con Bachelet para algunas reformas, pues sus dogmas en materia tributaria, educacional o constitucional son menores que en los neo-con. Si hubiera una reforma al sistema electoral, la nueva derecha no vería con malos ojos aliarse con sectores liberales y democratacristianos de la Nueva Mayoría, e incluso, con algunos de los partidarios más centristas de ME-O.

La tercera derecha es la derecha corporativista. Se trata de la joven derecha de los 90, que hoy se parece a la vieja derecha de los 90. Porque en su estilo enojoso y caprichoso, Allamand se asimila cada vez más a Onofre Jarpa. Espina, Cardemil, Ossandón, Desbordes, el propio Carlos Larraín, son parte de un sector que hoy se afirma en los vínculos del pasado, del viejo agricultor, del viejo industrial, del viejo dirigente vecinal, del viejo militar, cuya influencia persiste en muchos territorios, pero que a la larga, tiende a desaparecer. Tiene una tentación a mano: la derecha populista. El antiguo Ibañismo, parte del Pinochetismo, parte del Lavinismo, que hoy capta parte del Parisismo. Horvath y Cantero ya dieron el paso. ¿Seguirá alguien más? La conducta de esta derecha para con Bachelet dependerá mucho de la suerte que corra su líder, Allamand. Pero muy probablemente seguirá una conducta de férrea oposición, porque su única apuesta para resurgir es que a la Nueva Mayoría en el gobierno le vaya mal.

¿En qué derecha se afincará Sebastián Piñera? Por números, le convendría un pacto con los neo-con. Por historia, comparte generación con la derecha corporativista. Pero por olfato, tira más hacia la nueva derecha liberal. Su actuación a propósito de los 40 años del golpe militar indica que su apuesta es reconstituir una derecha que pueda forjar alianzas con el centro. Allí tiene competidores fuertes (la DC, Andrés Velasco), pero con la ayuda de un nuevo sistema electoral, podría prosperar. Lo cierto es que lo que hizo Piñera en esta vuelta fue bajar el precio de las acciones de la derecha clásica, para intentar comprarla a menor precio. El tiempo, y los votos, dirán. •••