• 6 mayo, 2011



La prensa nos informa que en la capital gozan de su libertad más de dos millones de perros sueltos. La crisis que se vive en la actualidad por la sobrepoblación de perros libres es prueba de que nuestra democracia tiene algo del tinte anárquico que le atribuye Platón.


Muchos piensan que en La República, Platón nos presenta un ideal político vacío, un raciocinio utópico y estéril. Pero la verdad es que su utopismo es bastante aterrizado. Lo que plantea La República es una reforma política aquí y ahora, que está fundada en una percepción muy fina de la sociedad ateniense y de los agentes sociales que operan en su interior.

Con mirada realista, Platón observa que los humanos somos, en lo más íntimo, seres más pasionales que racionales. También tiene claro que todas nuestras pasiones se pueden reducir a un denominador común: el ansia insaciable por el dinero. Por ello, piensa que naturalmente todo régimen político tiende a la oligarquía.

El régimen oligárquico es descrito por Platón en el libro VIII como el gobierno de individuos motivos por un espíritu posesivo. Lo característico de una sociedad oligárquica es que no se trata de una sociedad unificada, sino de dos sociedades: la ciudad esplendorosa de los ricos y la ciudad abyecta de los pobres. Al interior de este régimen se constituye una sociedad separada compuesta por un gran número de zánganos desposeídos y sin un papel determinado que cumplir. De estos zánganos, los dotados de aguijones se entregan al crimen; los sin aguijón son pordioseros.

La ruina del régimen oligárquico se debe a la excesiva codicia de la clase dominante. Sus banqueros, interesados sólo en ganancias excesivas, otorgan créditos sin límite. Personas bien nacidas caen en la pobreza, odian a quienes las han arruinado y anhelan una revolución. Los oligarcas, cuyos manejos financieros han causado la bancarrota de muchos, son descritos por Platón caminando por la ciudad cabizbajos, fingiendo no ver a nadie. Bajo el régimen oligárquico el crédito es fácil pero los intereses son usurarios, lo que termina por engrosar las filas de zánganos y pordioseros.

Cuando estalla el inevitable conflicto social, la victoria de los pobres conduce al establecimiento de un régimen democrático. La insaciabilidad que se genera en torno al dinero en el régimen oligárquico es replicada en democracia por una insaciabilidad con respecto a la libertad. Toda otra consideración es desechada. Lo que la democracia desestima es todo aquello que signifique una manifestación de autoridad.

Platón percibe la libertad como una verdadera plaga anárquica que contagia a los humanos y se transmite a los animales. Cuando irrumpe al interior de la familias, trastoca la relación de autoridad entre padres e hijos. Los padres temen a sus hijos y se comportan como ellos; y los hijos, por su parte, pierden toda reverencia frente a sus padres, y en ello consiste su libertad.

Lo mismo ocurre con otras figuras de autoridad. Los profesores temen a sus alumnos, los cubren de halagos y se hacen merecedores de su desprecio. Las personas de edad tratan de imitar a los jóvenes, tornándose juguetonas y lisonjeras para no parecer déspotas. También desaparecen las diferencias entre amos y esclavos, y entre hombres y mujeres. La psiquis de los ciudadanos se torna tan sensible que la mera mención de la autoridad los torna irritables y, en definitiva, dejan de lado las leyes para que nadie pueda comandarlos. En último término, la libertad también contagia a los animales, que parecen más emancipados en la ciudad democrática. La aguda mirada de Platón observa el desfile ininterrumpido de perros que deambulan, orgullosos y libres, por las calles de Atenas. Si Platón pudiese caminar por las calles de Santiago vería confirmada, en cierta medida, su idea de la democracia. La prensa nos informa que en la capital gozan de libertad más de dos millones de perros sueltos. La crisis que se vive en la actualidad por la sobrepoblación de canes libres prueba que nuestra democracia tiene algo del tinte anárquico que le atribuye Platón.

El espíritu libertario de nuestra democracia queda de manifiesto en el dictamen del contralor Ramiro Mendoza de fecha 19 de noviembre del año pasado, que permite a las municipalidades la posibilidad de practicar la eutanasia de perros vagos. Pero esto rige sólo para determinados casos. La resolución señala que pueden ser eliminados los perros enfermos o gravemente heridos, cuya vida no sea viable desde el punto de vista clínico. En estos casos resulta procedente que las autoridades municipales adopten las medidas correspondientes.

El dictamen reconoce así implícitamente el derecho a la vida libre de los perros sanos. Con ello se rompe el vínculo de domesticidad que debe existir entre el perro y su dueño en las ciudades del país. Ese vínculo de domesticidad significa que los perros no pueder ser considerados como animales salvajes de vida independiente y sin ataduras a un amo particular. Lo que de este modo el dictamen les reconoce a los perros es autonomía citadina y el derecho de subsistir por sí mismos.

En Ontario, la provincia canadiense donde vivo, la ley es muy clara al respecto. Por medio de una licencia municipal, los perros quedan inmediatamente atados a sus amos. Todo perro es un can licenciado, registrado, sanitizado y documentado; no existen perros fuera de la ley. He visto enorme cantidad y variedad de animales silvestres en las ciudades de Ontario (ardillas, topos, mapaches, zorrillos, y tambíén algunos ciervos, halcones y águilas), todos ellos de vida libre, debida y rigurosamente protegida de cualquier acto de depredación humana. Pero nunca he visto un perro suelto, vago y sin amo. Nunca. Y nadie podría decir que la democracia canadiense es autoritaria.