Al son de los titulares, los flashes y las cámaras, la política (así, en bajas) danza en torno a llamas que si bien en muchos casos arden literalmente en las calles, en otros lo hacen en una verdadera hoguera de las vanidades.

POR ROBERTO SAPAG

Ustedes ponen la música y nosotros bailamos según el tema que esté sonando”. La frase, real, ilustra la forma en que no pocos políticos ven el ejercicio de su función pública. Para estos exponentes, la agenda mediática, la misma que palpita al son del people meter, es la que importa y la que los guía. Un día son los perros callejeros, al siguiente la comida chatarra y pasado mañana puede ser algún colapso vial. Donde estén los focos, las grabadoras y los flashes es donde hay que estar, es de lo que hay que hablar. Y si la estrategia no resulta, no importa, porque siempre se puede echar mano a una denuncia bien temperada, que ayude a completar los largos (interminables) noticiarios de fin de semana.
Tal vez extremada, la imagen, por su mortal parecido con parte de la realidad, debiera invitar a la reflexión; en especial, cuando otra parte de la realidad política declama sin pelos en la lengua, como lo acaba de hacer el presidente de un partido de oposición, que no están para acuerdos con sus oponentes.
El cuadro que se arma, el cóctel político que supone que una parte de los protagonistas estén obsesionada con danzar al son de los titulares y que otra esté atrincherada y en disposición autista, no puede tener buen pronóstico y conforma un orden de cosas especialmente lamentable que amaga la solvente forma en que por más de dos décadas se ha conducido la política en el país.
Con altos y bajos, con periodos de fractura entremedio, son justamente los acuerdos con manos alzadas los que están a la base de los atributos que distinguen a Chile en la región. Sentenciar y relegar al pasado esa dinámica política equivale a privilegiar mezquinamente el interés propio por sobre el interés general.
Afortunadamente, en todo caso, la suerte no está echada. Y no lo está porque aún es posible presenciar procesos de construcción legislativa bien inspirados, como ocurrió hace unos días con la elocuente mayoría que se logró en torno a la reforma de la ley reservada del cobre, un tema institucional complejo, que aún no completa su proceso legislativo, pero que en la cámara baja logró niveles de acuerdo que fueron sellados con sendos apretones de mano.
En momentos en que el cuadro económico internacional (al cual dedicamos en esta edición un importante bloque) promete seguir alimentando la incertidumbre por un largo tiempo y cuando el Banco Central, en su último Ipom, reconoce que debe haber una actitud vigilante y prudente en los meses venideros, resulta justo y necesario que quienes dan vida a la política diaria se abstengan del brebaje del oportunismo y la confrontación obcecada, y pasen a gobernar de buena forma la polis.