Director Revista Capital

Rostros contritos y días luctuosos. Eso es lo que se ha podido apreciar en algunas actividades públicas de los últimos días en las que ha estado presente el ex presidente Ricardo Lagos. Actividades que en las noticias se proyectan cargadas de una atmósfera fúnebre, con políticos haciendo muecas que parecen pucheros y ojos vidriosos, pero que pocos dudan son en realidad un baile de máscaras.

Si bien la decisión del comité central del Partido Socialista de darle la espalda a Lagos con voto encapuchado ha sido majaderamente descrita como una traición (y lo fue), para quienes luchan por su supervivencia en las inhóspitas tierras del juego del poder de corto plazo y sin estatura ideológica, lo hecho fue una decisión pragmática y espontánea del caldo con que se carbura en política la teoría de la supervivencia del más fuerte.

No se trata, en todo caso, de una performance privativa de un sector ideológico, ya que dramatizaciones similares y hasta superlativas se ven tanto a diestra, como a centro y siniestra. Qué va. Ése es el juego y ésa son las reglas con que hay que jugar.
El espectáculo de seguro es entretenido para quienes lo practican, pero a juzgar por los apoyos y afectos que sus protagonistas obtienen no ya en las encuestas, sino que en las urnas, no marca los puntos de rating suficientes para sostenerse en pantalla.

En efecto, en las caldeadas atmósferas de los buses del Transantiago, donde millones de chilenos cuecen a baño María sus sueños, el público ya no sólo no sintoniza estos programas, sino que tampoco se interesa por esas pujas y afanes partidistas que no dan a luz proyectos colectivos de país.

Ha tomado forma, así, una desconexión en donde el juego político sin proyecto de transformación cultural (que es lo que a juicio de Jorge Navarrete representan en la historia políticos como Lagos) finalmente se conforma con hacer sinapsis con la gente en la forma de listas de promesas, listas que parecen de supermercados en donde se exhiben productos y servicios en su mayoría gratuitos.

Y en la medida que se entra en ese juego, lo que se ve es que los campeones de las ilusiones ópticas terminan entrando en territorios pantanosos o arenas movedizas, en donde a cada paso que dan se hunden más y pierden capacidad de cumplir sus promesas, al menos sin reventar a la gallina de los huevos de oro, ya que rara vez se da eso de aceptar que se cometió un error y que la ruta de salida del pantano es hacia atrás.
¿Suena conocido? Conocido y repetido. Tanto que de no mediar imprevistos el libreto promete seguir siendo poco estimulante y el final, como ya se percibe, a lo menos deprimente, si es que no alcanza contornos desastrosos.