• 1 junio, 2007

Lo único real es el proceso ininterrumpido de vida espiritual y física entre los padres y los hijos que engendran. Por Gonzalo Rojas
El socialismo es un depredador insaciable. O ataca arteramente, como Chávez lo ha hecho con la libertad de expresión, o lo hace sutilmente, como se practica ahora en Chile, después de la experiencia aquella de la UP, animal tan insaciable como torpe.
En cada campo de la vida nacional, los socialistas avanzan, entran a territorio prohibido y se alimentan allí con la libertad ajena. Lo han hecho sistemáticamente en los últimos 17 años en casi todas las dimensiones sociales y culturales. Pero aún les quedan santuarios por profanar. Por eso, ahora les ha dado con la cuna. Carlos Peña comenzó a mover el tema: es necesario corregir las desigualdades y desventajas de la cuna, ha dicho; J. J. Brunner se ha sumado, contraponiendo el esfuerzo personal a la cuna; la presidenta, deudora de casi todo lo que dice, ha repetido entonces que su gobierno se propone generar igualdad desde la cuna. Y hay gente sensata que ha repetido el slogan, cautivada por la sentimental impresión de que están encontrando uno más de esos campos en los que el socialismo aporta miradas frescas y renovadas. Error profundo. Corregir las desigualdades de la cuna es un principio equivocado y acarreará un conjunto de
medidas dañinas, depredadoras.
La proposición se equivoca en sus fundamentos teóricos. La cuna, como tal momento aparentemente único, simplemente no existe. Solo es real el proceso ininterrumpido de vida espiritual y física entre unos padres –que ya pasaron por su propia cuna y nada puede intentarse, afortunadamente, para corregir esa instancia en ellos– y los hijos que engendran. Al concebir a cada criatura, la dotan de una combinación de elementos única e irrepetible, desde el ADN en adelante, cadena que ni siquiera será igual para sus restantes hermanos. Esas características tienen una base que es común en todos los miembros de la especie y, al mismo tiempo, una desigualdad natural en cada uno de los que la integran. Todos iguales en dignidad, todos distintos en capacidad. ¿En qué momento habría que intervenir para corregir las desigualdades? ¿Antes de que los padres engendren? ¿En el vientre materno? ¿En el minuto posterior al nacimiento? ¿Cuando la guagua comienza a gatear, aunque ya esté fuera de la cuna?
Pero el slogan socialista fallará también en sus eventuales aplicaciones prácticas, por lo siniestras que podrían ser. Intervenir en la cuna no se va a limitar, en la dinámica socialista, a prohibir la selección de alumnos al momento de entrar a su enseñanza formal. La sala del parvulario o el aula de la enseñanza básica no son la cuna, obviamente. El propósito último es ingresar con todo en las dimensiones más íntimas de la formación familiar de los niños. Por eso Peña habla de la necesidad de tratar con justicia a los recién llegados a este mundo, no a los que ingresan a la educación formal, sino efectivamente a los que acaban de nacer. Por eso sostiene que asignar oportunidades a los niños sobre la base de la conducta de sus padres es incorrecto, colocando así en el plano de lo injusto todos los esfuerzos que cada madre y cada padre hacen por darle lo mejor a cada uno de sus hijos.
Por lo tanto, será el Estado, sí el omnipotente protector de los perjudicados, el que entrará hasta los tuétanos familiares a corregirlo todo, para que, de nuevo en palabras de Peña, Chile sea una comunidad de iguales. Todos sabemos lo que sucede con esos empeños tan grandilocuentes como terribles: se hacen totalitarios.
Pero, ¿no está acaso el socialismo usando simplemente otra terminología para hablar de los tan alabados subsidios? No; los subsidios son algo muy distinto: se otorgan al que los pide; se entregan al que hace méritos (ahorro, proyecto); se renuevan al que muestra resultados; fi nalmente, se dejan de adjudicar al que ya ha demostrado que su capacidad potencial –precisamente gracias al subsidio– es ahora capacidad real. El subsidio es justamente el incentivo a las capacidades, para mejorar, para que importe decisivamente lo que se hace por los hijos. La corrección de las desigualdades desde la cuna es justamente lo contrario, es la idea fuerza que logrará adormecer toda capacidad materno-paterna y terminará transformando a los progenitores en esclavos que pedirán más y más la intervención invasiva del Estado.
Porque cuando un principio es correcto, los frutos positivos aparecen pronto y al principio no se lo toca; pero cuando una idea fuerza es errónea desde su base, produce solo resultados que varían entre regulares y pésimos, lo que lleva tanto al ideólogo como al ejecutor a pensar que no han sido lo sufi cientemente radicales para imaginar y aplicar sus medidas. Huxley estará entonces a la mano, especialmente en este tema, para sugerir que siempre es posible imaginar nuevas medidas para conseguir unas cunas-jaulas en las que haya niños de ocho meses, todos exactamente iguales.