Tres son las olas de populismo que han recorrido Latinoamérica, según los cientistas políticos. La primera tuvo lugar a mediados del siglo pasado, con los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y Lázaro Cárdenas en México, entre otros. Promotora de la industria local y antiimperialista, se extendió hasta que los movimientos revolucionarios se tomaron la escena en los años sesenta. Después de las dictaduras que sacudieron al continente, una segunda ola de populismo se registró a comienzos de los noventa, de la mano de Alberto Fujimori en Perú, Carlos Saúl Menem en Argentina y Fernando Collor de Mello en Brasil. Acusaron a las elites de llevarlas al despeñadero económico y ofrecieron recetas neoliberales. La tercera ola de populismo latinoamericano sería luego asociada al “socialismo del siglo XXI” que promovió Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, entre otros. López Obrador sería su realización tardía en tierras aztecas.  

No debiera llamar la atención que la lista incluya actores políticos tanto de izquierda como de derecha. El populismo, se dice, es una ideología “delgada” que se combina con elementos ideológicos de otras tradiciones de pensamiento. Lo que tienen en común los populistas, según la visión estándar en la literatura, es aquel discurso que divide en forma categórica a la nación entre una elite corrupta y un pueblo virtuoso. Es, por tanto, una línea divisoria de aguas moral. Lo que esta columna plantea es que en la actualidad hay material suficiente para testear la hipótesis de una cuarta ola de populismo en la región. Esta estaría caracterizada por la irrupción de líderes y movimientos que despliegan discursos que calzan relativamente bien con la estructura recién mencionada, y que tienen por característica común la exaltación de la pertenencia religiosa. 

Vamos por parte. En Brasil, puntea las encuestas presidenciales Jair Messias Bolsonaro. No tiene el triunfo asegurado, toda vez que las fuerzas políticas restantes están dispuestas a unirse para evitar que gane en segunda vuelta –tal como le ocurrió a Marine Le Pen en las elecciones francesas de 2017–. Aun así, el Donald Trump paulista ya es un fenómeno de popularidad. La explicación de su ascenso no se agota en su carisma personal. Bolsonaro lleva una eternidad en el Parlamento. Pero se le alinearon los astros: por un lado, muchos brasileños perciben que la única manera de ponerle coto a la corrupción y la delincuencia es a través de un hombre fuerte que ponga mano dura; por el otro, el crecimiento de la población evangélica y su decidido ingreso en la arena política. Bolsonaro es su candidato. Su posición en temas “valóricos”, tales como orientación sexual o género, coincide con la visión del conservadurismo más radical. Bolsonaro es un cruzado contra el progresismo. Su lema de campaña es “Dios por encima de todos”. 

En Costa Rica, una de las democracias más desarrolladas del continente, la derecha religiosa también pisó fuerte en las elecciones presidenciales de principio de año. El cantante de música cristiana y predicador Fabricio Alvarado obtuvo mayoría relativa en primera vuelta, siendo derrotado en el balotaje por el candidato oficialista. Su sostén fue el partido Restauración Nacional, orgullosamente evangélico y promotor de una agenda ultraconservadora. Alvarado no prometió expertise técnica ni credenciales académicas. Por el contrario, se presentó como un sencillo hombre del pueblo que llevaría los valores cristianos al poder. Estuvo cerca. 

En Chile, más allá de la renovada presencia evangélica en el Congreso, han sido católicos como Manuel José Ossandón y José Antonio Kast los que se han destacado por discursos con rasgos populistas. Ambos han disparado contra las elites liberales y esa casta de intelectuales divorciada de la realidad. Al mismo tiempo, ambos creen que a Chile le falta Dios. Kast, en particular, ha puesto en marcha una retórica con elementos populistas de manual: la alusión a una mayoría silenciosa que se enfrenta a una minoría vociferante, la apelación al sentido común como una forma de simplificar debates normativamente complejos, la imagen de una libertad de expresión asediada por la tiranía de la corrección política. En este último sentido, ha destacado que su par brasileño “dice con fuerza y con valentía las cosas que cree, a diferencia de otros políticos”. Es la misma virtud que le reconocen a Kast sus partidarios: dice lo que piensa, y lo que piensa lo pensamos muchos. Ese fue justamente el eslogan del populista Heinz-Christian Strache, sucesor de Jörg Haider como líder de la ultraderecha austríaca: “Él dice lo que Viena piensa”. Las similitudes entre Kast y Bolsonaro no se detienen ahí: ambos combinan su conservadurismo moral con liberalismo económico, y ambos tienen una buena opinión de las dictaduras que respectivamente gobernaron sobre Chile y Brasil. En justicia, Bolsonaro es Kast al cuadrado. 

Pero el elemento central que los une, siguiendo el marco propuesto por la literatura sobre populismo, es su tendencia a moralizar el espectro político. La izquierda, le escribió Kast a Bolsonaro recientemente, “quiere seguir imponiendo su ideología mediante la violencia y la mentira”. Es decir, no se trata de adversarios que tienen opiniones legítimamente diferentes en el contexto de una sociedad pluralista. Por el contrario, están éticamente corrompidos. Lo mismo piensan los populistas de izquierda respecto de sus adversarios a la derecha, confirmando el carácter antipluralista del populismo. La novedad de esta nueva ola de populismo latinoamericano, sin embargo, es que utiliza la misma estructura retórica de siempre, pero con una identidad fuertemente religiosa.