• 6 marzo, 2009

 

Seamos sinceros: la causa última de todos estos serios problemas que apreciamos día a día son de orden moral, dado que llaman en causa al hombre y a su actuar. Por Fernando Chomali.

Ante a la crisis económica a la que se enfrenta el mundo entero y que ha repercutido en todos los ambientes sociales bajo la forma de cesantía, disminución de la actividad económica y por ende del crecimiento, los dirigentes de las principales economías de Europa se reunieron recientemente en Berlín para analizar sus alcances y dar algunas líneas de acción común para salir adelante. Algunos planteaban que ningún mercado financiero, ningún producto y ningún actor de los mercados financieros debiese en el futuro quedar sin regulación y sin supervisión. Otros postulaban que no se debe tolerar más el sistema de remuneración de los banqueros y los traders. Otros invitaban a los bancos a ser más prudentes. Por último, no faltó el que proponía más sanciones para mejor protegerse de los daños que surgen de las jurisdicciones que no cooperan; especialmente los paraísos fiscales. En este contexto, se planteó la urgencia de dar la señal de una reforma rápida del sistema financiero internacional para restaurar la confianza.


En otro ámbito de la realidad, se percibe que la violencia al interior de las familias no disminuye y que causa cada vez más víctimas, especialmente entre mujeres y niños. Frente a estos hechos también se proponen mayores medidas de control, mayor presencia policial y castigos más duros y efectivos para quienes cometen tales delitos.


Frente a estos hechos, aparentemente de órdenes diversos, podemos encontrar un denominador común: se trata de acciones de seres humanos que, llevados por la ambición desmedida, el anhelo de poder desmesurado o bien la ira, los celos o el rencor, han realizado acciones que degradan al hombre, oscurecen su dignidad y generan desconfianza y miedo en la población. Seamos sinceros: la causa última de todos estos serios problemas que apreciamos día a día son de orden moral, dado que llaman en causa al hombre y a su actuar. La pregunta que hemos de hacernos es por las causas últimas, de fondo, que llevan a que hombres concretos cometan tantos ilícitos. Y si las lecturas que se realizan, que siempre terminan con más controles y sanciones, serán realmente efectivas. La respuesta es que las causas de fondo aún no han sido asumidas y el hecho de que haya más controles no necesariamente terminará generando acciones más conformes al bien de las personas y al bien común.


Solamente una gran revolución en el plano educativo, partiendo por la recuperación del rol de los padres en la formación de los hijos, podrá cambiar el curso de una historia que cada vez se percibe más compleja y de temer. Ello implica, en primer lugar, un empeño firme en la construcción de la conciencia moral y enseñar a muy temprana edad a llamar bien al bien y mal al mal. En segundo lugar, proponer una educación centrada en la virtud de las personas y en el altísimo valor que tienen para el hombre en virtud de su dignidad el respeto a la palabra empeñada, el cumplimiento de los compromisos asumidos, el valor del sacrificio y el del trabajo bien hecho. Otra área fundamental es volver a reconocer la austeridad de vida como un gran valor. No menos importante es recuperar la significación extraordinaria que posee la mujer, la que en los medios de comunicación social es tratada como una mera mercancía y no como un ser humano de inestimables trascendencia y valor. La crisis moral por la que atravesamos es una crisis de sentido, cuya razón última se halla en la pauperización de la visión del hombre al ser considerado un mero engranaje de un sistema en el cual cada vez se percibe menos relevante y más solitario, y frente a lo cual sólo le cabe demostrar como sea que es alguien. Hoy, más que nunca, necesitamos personas que nos recuerden la altísima dignidad del ser humano y el respeto que merece en cuanto tal. Desde ese punto de vista, animo a los jóvenes a hacerse las preguntas que realmente valen la pena y a que se dejen iluminar sobre todo por la razón, el buen sentido y el anhelo sincero de alcanzar la verdad que la realidad lleva grabada. Echo de menos auténticos pensadores en los ámbitos de la filosofía y la política.


Los temas realmente importantes que aquejan a la sociedad toda son, en primer lugar, de orden moral y será la actitud que adopte cada ser humano la que lo dirigirá en un sentido o en otro. Como nunca, el futuro de la humanidad está en manos de quienes hagan creíble que en el recto actuar y en la mirada puesta en los demás está el camino correcto. En definitiva, en testimonios creíbles de que la vida es para vivirla para los demás y no a costa de los demás. Ello obviamente exige mucha valentía y coraje. Cierto estoy de que muchos piensan como yo.