• 20 febrero, 2009

 

Por el bien del país, todos y cada uno de los chilenos tenemos que tomar conciencia de que
viene una situación dolorosa para las personas y las familias y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para mitigarla.



A la luz de las noticias que escuchamos todos los días, la crisis económica es un hecho y a Chile de alguna u otra manera va a llegar. Frente a este hecho hay dos formas de reaccionar que no aportan nada en cuanto a las medidas que hay que tomar para afrontarla. La primera es tener una actitud ingenuamente optimista y pensar que la carga se irá arreglando en el camino. La otra es asumir una actitud pesimista y desesperanzada, lo que resulta claramente estéril.

Hemos de ser realistas y afrontar de la mejor manera posible en el ámbito que nos es propio la ola de despidos, las situaciones de pobreza que muchos van a experimentar y los cambios en los hábitos de vida que algunas personas creían que eran permanentes.

Por el bien del país, todos y cada uno de los chilenos tenemos que tomar conciencia de que viene una situación dolorosa para las personas y las familias y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para mitigarla. Considerando que trabajar por el bien común es la condición de posibilidad del bien personal es que me permito llamar en causa al Estado y a todos y a cada uno de sus funcionarios para que con sus políticas públicas, que guían en cierto sentido el devenir económico, sean extremadamente responsables y tengan clara conciencia de que cualquier acción de corte populista no será más que “pan para hoy y hambre para mañana”. Dado que el trabajo es el motor de la economía, claro está que han de focalizar todo su esfuerzo en que el desempleo sea el más bajo posible y se genere un ambiente en el que haya posibilidad de producir empleos. Esa es una medida que claramente favorecerá a las personas más vulnerables de la sociedad. En este nuevo panorama, resulta más urgente que nunca ser austeros y rigurosos en los gastos propios del aparato estatal.

Los empresarios es mucho lo que pueden hacer para aminorar los efectos de la crisis. En primer lugar, ser más creativos en sus emprendimientos y no olvidar nunca que son un motor insustituible del desarrollo del país, lo que hace recaer sobre ellos una gran responsabilidad de cara a sus profesionales, administrativos y obreros. Lo más probable es que para que muchas empresas sobrevivan tendrán que reestructurar sus plantas de personal. Esperemos que esto sea el último recurso y que se haga siempre pensando en la centralidad del hombre y la familia en toda medida que tomen. Todos los sacrificios personales que en este ámbito se hagan Chile los va a agradecer. Es el momento de mostrar que la empresa y los empresarios forman parte integrante de la sociedad y son protagonistas relevantes del desarrollo del país. Pero también hemos de ser sinceros en reconocer que una empresa con flujos negativos no puede sostenerse en el tiempo y las consecuencias de no tomar las medidas que oportunamente correspondan suelen ser desastrosas.

En relación a las familias, ellas han de conversar serenamente acerca de la nueva situación que las aqueja y seguramente habrá que hacer sacrificios en conjunto. Estas crisis obligan a conversar más con las personas más cercanas y sincerarse en relación a la verdadera situación de cada uno de sus miembros y, en consecuencia, de la familia. Es el momento de la apertura y de la humildad para reconocer con mayor intensidad que nos necesitamos.

Este panorama, que no se vislumbra muy auspicioso, puede ser motivo de grandes oportunidades. En primer lugar, porque las adversidades suelen ayudar a descubrir aspectos de la vida novedosos de cada uno que, estando usualmente dormidos, afloran bajo estas circunstancias de necesidad. Todos conocemos de sobra testimonios de personas que en las situaciones más adversas han sacado adelante a sus familias. Pero además es una oportunidad para preguntarse sobre el estilo de vida llevado al interior del grupo, sus verdaderas motivaciones y, sobre todo, es el momento para aprender a vivir con menos recursos económicos. Tal vez sea el tiempo para que los esposos conversen más y los hijos descubran el verdadero valor del dinero y lo que cuesta ganárselo y se inclinen por buscar nuevas formas de entretención más austeras. No hay mejor escuela que las pruebas en la vida para madurar como personas y vivir “con los pies en la tierra”. Suelen fortalecernos y situarnos en la vida con más realismo.

Además, este es un tiempo privilegiado para fomentar la solidaridad al interior de la misma familia, tanto nuclear como ampliada, y con aquellos que más lo necesitan. Este es el tiempo de tener mayor sensibilidad para descubrir a aquellos seres cercanos nuestros que por vergüenza u otras razones no van a contar lo que les pasa realmente. Soy testigo de cómo las capillas y parroquias de Chile, así como muchas instituciones sociales, se han organizado para hacer frente a las necesidades de las personas que han quedado sin empleo. Por otro lado, este tiempo nos puede ayudar a descubrir dónde está el centro de nuestra vida y a darnos cuenta de que lo que creíamos que era indispensable para vivir, sucede que no lo era tanto, y a redireccionar nuestra vida a la luz de los verdaderos valores que la deben animar, como la caridad, la solidaridad y a la cultura del ser y no tanto la del tener. Estoy cierto de que con un sano realismo, una cuota de optimismo, mucho trabajo y, para los creyentes, una ilimitada confianza en Dios, saldremos adelante de esta crisis de la que se habla mucho y ha empezado a hacer sus estragos entre nosotros.