“La voz del pueblo es la voz de Dios”, dice el proverbio. Carece de sentido desconocer la verdad profunda que aloja. Como furia redentora el pueblo irrumpe haciendo estallar la tenue corteza de las instituciones.

La tarea de la política no es, por cierto, simplemente entregarse uno a la ebullición popular, en un gesto irresponsable. Ni en el desconocimiento ni en la identificación extasiada, la tarea de la política es conducir, dar cauce, articular las pulsiones y anhelos populares en pensamientos y en una institucionalidad, en palabras, acciones y obras en las cuales el pueblo pueda hallarse, pueda sentirse reconocido.

La revuelta masiva del 18 de octubre evidencia la incapacidad del sistema político y sus dirigencias de cumplir con su tarea. Las pulsiones populares han sido reprimidas hace tiempo y a tal punto, que el pueblo se ha vuelto rebelde. La masividad del alzamiento y la amplitud de su malestar, que se extiende a instalaciones estatales y comercios privados, permiten sostener que la manifestación es brutalmente auténtica. Que el sometimiento ha tenido efectivamente lugar.

Hay un precedente en la historia política chilena que merece ser tenido en cuenta. En 1910, cuando el país oficial se aprestaba a celebrar el centenario de la república, una generación de escritores, políticos y ensayistas, en la que destacan nombres como los de Tancredo Pinochet, Alejandro Venegas, Francisco Antonio Encina, Luis Ross, Alberto Edwards, Luis Galdames y Darío Salas, denunció una crisis honda. La crisis se dejaba entender como un malestar difuso que coincidía con un desajuste profundo entre las pulsiones y anhelos populares, y la institucionalidad política. Una nueva clase social, el proletariado, irrumpía en la vida social sin que las clases dirigentes, devenidas oligárquicas, lograsen dar expresión y cauce a esas pulsiones y anhelos. El resultado fue una crisis que duró dos décadas, incluyó golpes, una dictadura y sendas matanzas, en La Coruña, en Marusia, en San Gregorio, en Ránquil.

La crisis actual guarda importantes paralelos con la situación del centenario. Nuevos grupos medios salidos de la pobreza y la desnutrición han ingresado a la vida social poniendo bajo presión una institucionalidad política y económica incapaz de acogerlos adecuadamente. Esos grupos medios muy precarios, acuciados por “el miedo inconcebible a la pobreza”, el temor de caer en una situación que, alcanzada la distancia mesocrática, no es solo de precariedad material, sino vergonzante, se unen a los postergados de siempre. Cuando la economía se estanca, pero los precios se mantienen altos y la sospecha de colusión después de la colusión persiste, es el momento de la revuelta. A eso hay que sumarle el hacinamiento urbano, el deterioro de los contextos vecinales por la delincuencia y la droga, jornadas laborales vueltas extenuantes por extensos traslados bajo condiciones lamentables, la falta de espacios de encuentro y reconocimiento, y todo eso conservado por lustros con la complicidad de una clase política incapaz de entender la situación. Entonces no es necesario adscribir a los saberes de ciencias demasiado sofisticadas, para percatarse uno de lo que está ocurriendo.

No solo la frivolidad más banal de dirigencias oligárquicas es fermento para el malestar. También lo fomentan discursos abstractos o separados de la existencia concreta, que contribuyen a mantener a las clases dirigentes en su encierro, que les impiden efectuar una comprensión política adecuada.

A la izquierda y la derecha cabe apreciar discursos políticamente impertinentes, inaptos para entender la situación efectiva del pueblo en su territorio y los significados concretos experimentados en ella. En la izquierda contamos un pensamiento eminentemente moral, que se solaza en la idea abstracta de una plenitud que se alcanzará una vez que, de un lado, se proscriba al mercado como institución de áreas enteras de la vida social, idealmente de todas, y, del otro, se realice una deliberación pública pura, depurada de los intereses individuales. El ser humano racional-deliberativo, devenido moralmente impoluto, es una base demasiado abstracta como para construir un país en el que entren todos. Esa pretensión de pureza revela desadaptación con la existencia concreta, “hostilidad con la vida real”, como decía Helmuth Plessner, que se expresa con elocuencia en esas dirigencias de la izquierda más extrema, desentendidas de su responsabilidad política en el momento de la crisis. Hay un momento en que la pureza se vuelve recalcitrante a la responsabilidad. En una especie de extasiamiento, Jackson, Boric, Cariola, Vallejo devienen incapaces de entender que el pueblo en ebullición no es necesariamente constructivo, sino que está también, ahí mismo, la alternativa del caos y la violencia.

La intención de pureza moral de la izquierda es el contrapunto de la intención economicista de un sector aún relevante en la derecha; eso que el condenado Jovino Novoa llamara “Chicago-gremialismo”, el pensamiento que entiende que los asuntos políticos se dejan reconducir a variables técnico-económicas y el fin de la política coincide con la suma de las utilidades individuales medidas económicamente. No es el problema una sensata preocupación económica, tampoco el cuidado con los factores de crecimiento y prosperidad material. Es el economicismo el problema. El economicismo imperante en la derecha de Guerra Fría permite explicar la real tontería política de criminalizar la revuelta popular. Él impidió que un contingente de dirigencias en la derecha dejara de entender, y desde hace décadas ya, que la cuestión política es más amplia y requiere de un pensamiento más diferenciado (para un análisis detallado de este asunto, tengo que remitir a un libro que escribí hace seis años: La derecha en la crisis del bicentenario. Santiago, UDP).

Ni con moralismo ni con economicismo se dejan elucidar ni enfrentar ni resolver los asuntos políticos. Es menester insistir en esto: se requiere atender a la situación del pueblo en su territorio, a las pulsiones y anhelos populares. Luego de eso, es necesario ofrecerles caminos de sentido y expresión, en obras, en palabras, en instituciones consensuadas, en actos pertinentes en los cuales el pueblo pueda hallarse, sentirse acogido. Instituciones, palabras, obras, actos, que den cauce de manera estable a los anhelos populares hondos. Lo demás es parche.