Académico de la Escuela de Gobierno UAI

Han pasado algo así como veinte años desde la última vez que me declaré católico. Ya no estaba en un período de duda. Había renunciado irremediablemente a mi fe. Según las leyes canónicas modernas, desde entonces estuve fuera de la comunión de la Iglesia sin necesidad de un proceso que certificara mi apostasía. Las estadísticas sugieren que se trata de un fenómeno de largo alcance en Chile. El catolicismo ha perdido tracción: de ser un país hegemónicamente apostólico y romano, hoy sus números apenas rondan la mitad más uno.

Sin embargo, la mayoría de los medios tradicionales no se ha dado por enterado. La pregunta de rigor ha sido cómo devolverle el prestigio a una institución golpeada por escándalos de abuso sexual, como si fuese tarea de todos reverdecer los laureles de la Iglesia Católica. No lo es. La Iglesia es una institución más de aquellas que pueblan la sociedad civil. Su salud reputacional es crucial para sus integrantes. Pero no para aquellos que no participamos en ella. Pretender que los problemas de la Iglesia son problemas nacionales es como pretender que el momento futbolístico de Colo-Colo debiese preocupar a los hinchas del resto de los equipos del torneo. Colo-Colo puede ser el equipo más grande de Chile, pero no es Chile. La Iglesia representa a la denominación religiosa (todavía) más grande de Chile, pero tampoco es Chile.

Puedo ir todavía más allá. A los hinchas de los equipos rivales, no les conviene que Colo-Colo regrese a su época de gloria. A quienes somos ateos, no nos interesa que la Iglesia Católica siga siendo considerada una autoridad moral indiscutible. Por el contrario. Los líderes de la Iglesia participan de los debates éticos más relevantes que se dan en el foro público. Están en su derecho, como todos los demás actores de la sociedad civil y lo que alguna vez se llamó el tercer sector. Pero no tienen derecho a una presunción de autoridad moral superior por defecto. Han demostrado no tenerla. Habrá curas buenos y malos, clérigos verdaderamente santos y monstruos que se esconden tras la sotana. Pero lo mismo pasa en el resto de las organizaciones y grupos de interés que pujan por promover sus agendas en sede política. Quienes pensamos distinto de la cúpula de la Iglesia no estamos lamentando su pérdida de influencia; la estamos festejando.

En este sentido, es preciso no confundir una crisis institucional con una crisis de fe. La Iglesia atraviesa por una crisis institucional en el sentido de que su casta sacerdotal ha fallado estrepitosamente en la dimensión del testimonio. En un eslogan, predican pero no practican. Desde una perspectiva intelectual, el defecto en la práctica no compromete la validez de la prédica. Los católicos pueden lamentar –e incluso sufrir– los desaciertos de su Iglesia, pero aquello no echa abajo sus creencias respecto del plan salvífico de Cristo. Hoy, no es un total oxímoron ser creyente y comecuras. Para ciertas congregaciones, sin embargo, la dimensión del testimonio es esencial. Pienso en mis amigos jesuitas, para quienes no tiene mucho sentido adherir a una serie de preceptos trascendentales si no pueden ser encarnados en virtudes concretas en la vida terrenal. En esos casos, la línea entre la crisis institucional y la crisis de fe se vuelve muy delgada.

Los medios usualmente han responsabilizado a los malos hábitos de la curia por el declive religioso. Como he señalado, una crisis institucional potente facilita las condiciones para una crisis de fe. Pero quiero insistir en que son procesos paralelos. Antes de que se conocieran los sótanos putrefactos de Karadima y otros tantos que posaron de santos, el catolicismo en Latinoamérica ya venía en descenso. En la mayoría de los países de la región, cada punto de adhesión que perdía la Iglesia Católica lo ganaban los credos evangélicos. En Chile y Uruguay, en cambio, lo ganaba la tribu de los no creyentes. No es casualidad: Chile y Uruguay exhiben los más altos índices de desarrollo humano del vecindario. Como suele ocurrir, cuando los pueblos dejan atrás las carencias materiales más duras –reduciendo su vulnerabilidad– y sus nuevas generaciones alcanzan mejores niveles educacionales –reduciendo la ignorancia–, las expresiones de religiosidad tradicional tienden a retroceder. Los Estados de bienestar sustituyen lo que Marx llamó el opio de las naciones. Ciudadanos más celosos de su autonomía no comulgan con ruedas de carreta. Es decir, la crisis de credibilidad que afecta a los curas agudiza la caída, pero no es su única causa.

Hay, por supuesto, una importante razón por la cual la desgracia de la Iglesia debiese despertar el interés de quienes estamos en la vereda del frente: porque cuenta una historia justiciera que resuena en el espíritu humano. La cruzada de Cruz, Hamilton y Murillo –así como de tantos otros con menos visibilidad pública– es material de película y postulación al Nobel de la Paz. Es el relato imperecedero de quijotes contra molinos de vientos, de pequeños valientes frente a la indolencia de los gigantes. La crisis de la Iglesia chilena trae esperanza global para muchas otras feligresías abusadas y atrapadas en redes de secretismo y complicidad. Eso es algo que podemos todos –creyentes y no creyentes– celebrar.