• 4 noviembre, 2011

ace algunos meses el senador y ex presidente de la República Eduardo Frei sostuvo: “el país está al borde de la ingobernabilidad”. Claramente una frase poco acertada, no sólo por haber sido dicha al otro lado de la cordillera, sino porque poner en tela de juicio a uno de los países “más gobernables” de la región parecía extraño. En ese momento hubo grandes detractores.
Pero luego vino una seguidilla de eventos: el movimiento estudiantil, los encapuchados, los activistas, el paro de los colectivos y la toma pacífica en el Congreso, entre otros.
Parece entonces que hablar de crisis de gobernabilidad no era una locura. ¿Está viviendo Chile una crisis de gobernabilidad?
No lo creo. Mayor diversidad de opiniones, una ciudadanía empoderada y algunas veces irreverente no son señales de ingobernabilidad.
Es cierto que Chile ha cambiado y que se está transformando, enhorabuena. El país dejó su niñez y ahora nos enfrentamos a una etapa compleja, la adolescencia. En esta etapa los modelos se cuestionan, hay irreverencia, hay sueños, convicciones extremas y sobre todo un rechazo a las estructuras tradicionales. Por lo tanto no es extraño lo que estamos viviendo como país (lo que sí resultó extraño fue el caso de Barrancones: eso no puede volver a suceder).
Pero para que estos temas no pongan en riesgo nuestra economía y calidad de vida, los modelos deben ajustarse. No debemos tener miedo a innovar ni a emprender soluciones poco ortodoxas. Lo que no podemos hacer es enfrascarnos en una discusión sin salida y cuestionarnos todos los días sobre nuestra gobernabilidad interna.
Ha habido sobrerreacciones por parte de los políticos, para poder sacar réditos de esta situación; por parte del gobierno y su discurso de seguridad; y de algunas personas que creen en la teoría de la conspiración y que piensan que todo lo que está sucediendo es algo pensado y articulado para que el presidente actual no pueda gobernar. Lo cierto es que ni la ciudadanía, ni la oposición ni las empresas quieren un país en que la gobernabilidad entre en crisis –supongo que el gobierno tampoco–. Mal que mal, nos demoramos muchos años en volver a la democracia y nos dimos cuenta de que necesitamos instituciones para que nuestra economía pueda funcionar. ¿Alguien está dispuesto a perder todo eso? No lo creo.
Sin embargo, hay que reconocer que la situación actual es compleja y que hay que tomar ciertas medidas. No podemos dejar que los conflictos escalen hasta hacerse inmanejables. No podemos poner en riesgo nuestra gobernabilidad. No corresponde, no nos conviene.
En esto todos tenemos responsabilidades. Quizás lo que pasó hace algún tiempo en Rio Grande do Sul (Brasil) sea una señal inspiradora de construcción de una agenda para el futuro de Chile. El movimiento por la agenda 2020 permitió que la sociedad invirtiera su papel tradicional y tomara para sí las responsabilidades de cambiar un estado. La ciudadanía de Río Grande do Sul pasó de ser un agente pasivo de las políticas públicas para convertirse en un actor central del proceso de construcción de las condiciones de desarrollo económico y social. El sistema 2020 permitió el desarrollo de diversas partes interesadas a través de la experiencia de generación de valor beneficioso para todos los involucrados, sobre la base de una plataforma de compromiso.
Estamos en un buen momento para construir; la plataforma está caliente, lo que exige cambios. Los temas políticos –como la inscripción automática– no pueden seguir esperando, como tampoco una discusión seria y responsable de una reforma tributaria. Debemos hacernos cargo de estos y muchos otros temas; si no lo hacemos, corremos el riesgo de tener crisis de gobernabilidad en serio.