• 28 noviembre, 2008

 

“Una crisis”, dice el economista Paul Romer, “es algo que jamás debería desperdiciarse.” Su amigo Thomas Friedman suele citar esta frase en sus columnas, y hace de ella el principio de base de éste su más reciente libro: Caliente, plano y atestado: Por qué necesitamos una revolución verde, y cómo puede renovar a Estados Unidos.

 

El mundo está siendo dañado por el calentamiento global; el mundo está acercándose o ha alcanzado
ya el punto de inflexión a partir del cual el petróleo se volverá demasiado escaso para ser viable; el mundo, en fin, se encuentra en la peor crisis económica desde los años 30. ¿Es posible sacar de esta letal combinación una oportunidad de hacer negocios? Friedman afirma que sí.

La situación es clara: la combinación de un número creciente de países desarrollados con el uso persistente y dispendioso de hidrocarburos da como resultado el calentamiento de la Tierra con su estela de huracanes, sequías e inundaciones apocalípticas, y el fortalecimiento de los regímenes autoritarios financiados por la venta de petróleo —“petrodictaduras”, las llama Friedman—, que a su vez financian al terrorismo internacional.

¿Cómo salir de este atolladero? El primer paso es diseñar condiciones de mercado que estimulen la demanda de energías alternativas. Y que no se diga que el libre mercado les ha bajado el pulgar. ¿En qué clase de libre mercado el gobierno americano impone una tarifa de 54 centavos por galón al etanol importado de Brasil, aliado democrático de EEUU, mientras que sólo le impone una de 1,25 centavos por galón al petróleo importado de Arabia Saudita, de donde provenía la mayoría de los perpetradores de los atentados del 11 de septiembre? ¿Qué clase de libre mercado concede miles de millones de dólares en forma de exenciones impositivas a la industria petrolera, mientras que anula las magras exenciones concedidas a la energía solar y eólica? Simple: un mercado en el que el lobby del maíz tiene peso suficiente para torcer la mano del Congreso, pese a que el etanol de caña de azúcar que Brasil vende rinde siete veces más energía que el etanol de maíz.Y un mercado en el que el lobby petrolero pesa lo bastante para mantener a los consumidores, contra sus propios intereses, dependientes de la gasolina. El “libre mercado” de la energía es fantasía pura.

Pero las condiciones pueden cambiar. A principios de los años 70, Sheikh Ahmed Zaki Yamani, ministro del petróleo de Arabia Saudita, advirtió a sus colegas de la OPEP que un aumento excesivo en el precio del crudo incentivaría en forma decisiva el desarrollo de energías renovables. “Recuerden, amigos”, les dijo. “La Edad de Piedra no terminó porque se nos acabaron las piedras”. ¿Por qué no convertir en realidad la pesadilla de Yamani?

Se trata de rediseñar el esquema impositivo de modo de crear demanda para la energía solar y eólica, que verían sus costos reducidos y tendrían el incentivo para mejorar su eficacia. Friedman recomienda una combinación de exenciones impositivas para empresas que ahorren energía o produzcan renovables y un impuesto flotante que asegure un piso para el precio del crudo: el precio podría fluctuar según la demanda, pero no descender por debajo de los 100 dólares por barril.

A esto, sin duda, se objetará que es políticamente intragable y económicamente suicida.

De nuevo Friedman disiente. Cita el caso de Dinamarca, cuyos altos impuestos sobre la gasolina y las emisiones de CO2, lejos de impedirle crecer, la convirtieron en el primer exportador de turbinas eólicas del mundo, lo que contribuyó a reducir su tasa de desempleo hasta el 2%. Cita el caso de la empresa Texas Instruments, que logró ahorrar 180 millones de dólares construyendo una planta de producción “inteligente”, que conserva el frescor apelando a un mínimo de climatización. Cita —ironía suprema, en estos días— al mismo George W. Bush, que como gobernador de Texas firmó en 1999 el Mandato de Texas para Renovables, que estipula que todas las empresas energéticas tejanas debían producir para 2009 la cifra de 2.000 nuevos MW mediante energías renovables. ¿Se arruinó la economía tejana? Al contrario: una docena de empresas irrumpió en el mercado tejano para fabricar turbinas generadoras de electricidad, creando empleos y estimulando el consumo.