• 2 abril, 2008

 

Frente a situaciones de corrupción, quienes tienen responsabilidades públicas van perdiendo credibilidad, lo que es un anticipo de una situación de ingobernabilidad muy peligrosa.

 

Lamentable: la percepción de los chilenos es que hay altos niveles de corrupción en nuestro país, lo que se hace presente bajo las formas de extorsión, favoritismo, abuso de poder, malversación de fondos, soborno, cohecho y venta de favores, entre otros. Es una realidad muy dolorosa frente a la cual no podemos quedar indiferentes. La corrupción impide el desarrollo de las personas, frena el tránsito hacia una sociedad más justa y auténticamente democrática y el desarrollo de un sistema económico transparente y sanamente competitivo. La corrupción distorsiona de raíz las instituciones representativas porque son utilizadas como plataformas de intercambio de favores, lo que relega a un segundo plano las opciones políticas a favor del bien común, donde éstas encuentran su razón de ser. La corrupción denigra en sus raíces a las personas humanas, utilizándolas con desprecio para fines claramente egoístas. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia postula la corrupción como una de las causas que contribuyen en mayor medida al subdesarrollo y la pobreza. La corrupción impide que los recursos sean destinados efectivamente a quienes les corresponden, lo que hace que sus redes siempre terminen perjudicando a los más pobres y desvalidos.

La corrupción priva de la legalidad como bien fundamental que se traduce en reglas, funcionamiento institucional y políticas sociales y económicas que miran al bien de la sociedad en su conjunto. La corrupción es lo opuesto al derecho, constituyéndose en una clara injusticia hacia las personas y la sociedad y en un deterioro de los fundamentos del tejido social. La corrupción es la antesala de la desconfianza entre los ciudadanos mismos y las instituciones. Frente a situaciones de corrupción, quienes tienen responsabilidades públicas van perdiendo credibilidad, lo que es un anticipo de una situación de ingobernabilidad muy peligrosa. Hemos de tomar mayor conciencia y hacer ver con más claridad que la credibilidad es lo que legitima a la autoridad, la que ha de ser absolutamente transparente respecto de lo que piensa, dice y hace. La sospecha generalizada respecto de lo que dicen los actores sociales, tanto a nivel público como privado, se ha instalado. Las consecuencias de este fenómeno son nefastas, dado que los referentes sociales se acaban y las prácticas, en este ambiente, terminan siendo imitadas.

En mi opinión, la razón última de la corrupción hunde sus raíces en la pobre imagen que tenemos del ser humano y en la falta de un proyecto de sociedad conforme a ella y, en el fondo, también en el gran escepticismo y falta de esperanza de un mundo más justo frente al que tenemos responsabilidades personales. Una sociedad que exacerba demasiado la libertad, los gustos personales, el éxito entendido de modo reductivo e individualista y el deseo, tiende a que las personas logren sus objetivos de cualquier manera. El corrupto –equivocadamente– piensa que el fin justifica los medios. Es impensable una sociedad menos corrupta si no promovemos en todos los ambientes convicciones éticas como el valor de la verdad, del bien, de la responsabilidad hacia el otro. Solamente el reconocimiento del impacto negativo de los actos de corrupción, fruto de una adecuada concepción de lo que el ser humano es, podrá hacer frente de raíz al flagelo de la corrupción.

Algunas medidas importantes para avanzar hacia la legalidad son una formación de la recta conciencia. Esta tarea es propia de la familia. Si a los niños no se les enseña desde muy temprana edad lo que es justo, bueno, adecuado, correcto y lo que no lo es, tomarán por normales o admisibles las prácticas toleradas de claras trasgresiones. Termino con las conclusiones de un congreso de jueces italianosque se reunieron para abordar el tema: “si no se reestructuran la familia y la escuela en torno a estos valores de solidaridad y de verdad, no habrá salida posible y serán tantos los culpables que tendremos que encarcelar a los honestos y excarcelar a los culpables que, siendo demasiados, no habrá lugar en donde tener a los corruptos y habrá que darles el país por cárcel”. Por último: ¿Usted le ha dicho a su hijo, cuando lo llaman por teléfono y no quiere contestar, “dile que no estoy”? Pues bien, si lo ha hecho tenga claro que ahí comenzó a cuajar un ambiente corrupto que falta a la verdad para solucionar sus conflictos. Cuidado