A la Concertación le llueve sobre mojado. Está por los suelos en las encuestas, no levanta nuevos liderazgos y, para colmo, está por perder su corazón, su más profundo pulso con la gente: la promesa de igualdad social que hoy está que se la lleva el gobierno a su propio feudo.

La reforma tributaria –y el portazo a la banca privada en la educación superior– se ha transformado en un golpe para la Concertación, que la retuerce en su remordimiento por no haber sido ella la que redujo las brechas de desigualdad. Pero ahora, it’s too late. La igualdad es patrimonio público… y la pregunta es por qué el conglomerado opositor se dejó despojar de su leitmotiv.

Quizás, y esta es la paradoja, nunca lo explicitó de manera abierta. De hecho, primero devino en equidad; un concepto nacido en la Cepal que le sirvió a Foxley para instalar la importancia de la paciencia, ya que más temprano que tarde el progreso llegaría a todos. Con este principio, la Concertación inhibió las impaciencias y construyó estabilidad. Pero ni hablar de pronunciar la palabra igualdad.

Al final del gobierno de Frei y con la irrupción del discurso ciudadano de Lavín, la Concertación se vio obligada a acelerar su propuesta de estado de bienestar e indujo a Lagos –orquestado por su jefe de campaña, Ominami– a jugársela por el eslogan “crecer con igualdad”. Fue un desastre y casi pierde. Así, luego tuvo que pedir disculpas y abandonar la promesa que se entendió como una utopía o una vuelta al pasado (quitarles a unos para darles a otros); pues, según los estudios de opinión de la época, eso no era viable: la gente no es ni sería igual.

Bachelet también evitó encandilarse con la palabra y ésta nunca fue gravitante en sus discursos. Su concepto fue protección social. Muy distinto a la idea de distribución. Quizás un anhelo escondido, pero jamás abiertamente develado.
Pero con Piñera la idea de igualdad social llegó para quedarse. El gobierno, ante las primeras presiones sociales, salió a batirse con el relato de más oportunidades. Pero pronto no quedó más que aceptar que el driver de tanta agitación era que el país es el que tiene la mayor desigualdad de toda la región.

Con la reforma tributaria en curso, el propósito de más igualdad dejó de ser un tabú y se volvió transversal. Será el tema central para todos los que quieran entrar a la contienda presidencial. En el peak de la campaña nos tratarán de convencer de que tienen el mejor atajo para acabar cuanto antes con las principales desigualdades.

Mientras, y en la medida en que crezca el debate de la reforma tributaria, se irá resignificando el concepto de igualdad. Hoy no podemos presagiar qué connotará durante las presidencialesni cuál será el relato que la ciudadanía estará dispuesta seguir. Si antes era un concepto que manejaba la elite y la ciudadanía no lo hacía propio ni lo validaba, ahora es la elite la que tratará de entender cómo es que la ciudadanía se lo apropia.


Pero algo podemos anticipar.

Bachelet de seguro lo hará suyo: en una sociedad de sobre endeudados y de una clase media temerosa de perder el paso y el rango de equilibrista empedernido, ella puede aspirar a constituirse en la persona que los va a contener y asegurar que estará ahí, si se caen. Peligro: no transmitir la importancia de hacer crecer la torta que se requiere partir.

Velasco está listo, ya escribió un libro al respecto. Y no se va a quedar corto en intentar instalar que es él quien tiene la solución técnica. Este discurso, atractivo en sí mismo, puede ser poco apelativo a las personas, en el sentido de que lo puede dejar demasiado atrapado en las métricas tecnocráticas, pero sin el aliento de las personas que lo padecen. Peligro: muy de ministro de Hacienda, poco de jefe de estado.

De los candidatos de la Alianza, al que más le puede costar tomar esta consigna es a Allamand. Está llamado a hablar con fuerza de la importancia de construir una sociedad de más oportunidades como vía para alcanzar la igualdad. Pero su peligro es que no logre diferenciarse del gobierno de Piñera y se perciba como continuismo.

Longueira puede darle un matiz propio e interesante. Su defensa de los consumidores y sus derechos, puede llevarlo a diferenciarse y a apelar a esa sentida clase media aspiracional. Peligro: muy reduccionista.
Golborne tiene la ventaja de que él mismo encarna un acto de mayor igualdad. Representa la igualdad desde el marco de la meritocracia, con lo cual puede transformar el discurso de las oportunidades en una promesa que permita creer a las personas que pueden escalar y dar un salto de calidad de vida y estatus. Peligro: que se perciba poco inclusivo, para ganadores.

En fin, el desafío país de alcanzar en el próximo decenio mejores indicadores de igualdad entrará en disputa y, dependiendo de quién gane las próximas presidenciales, veremos de qué manera la igualdad se resignifica y practica.