¿Qué tienen los salarios –en tanto precios de la economía– que generan entre los políticos, los comentaristas, los obispos y muchas personas de buena fe oscuras sospechas de estar contaminados por el abuso y la conspiración empresarial? ¿Por qué el precio del trabajo genera un debate más caudaloso y apasionado que el precio de la […]

  • 7 septiembre, 2007

¿Qué tienen los salarios –en tanto precios de la economía– que generan entre los políticos, los comentaristas, los obispos y muchas personas de buena fe oscuras sospechas de estar contaminados por el abuso y la conspiración empresarial? ¿Por qué el precio del trabajo genera un debate más caudaloso y apasionado que el precio de la mermelada, de los autos, las consultas médicas o los servicios funerarios?

La razón es obvia: porque el precio del trabajo al final es el que constituye el ingreso de las personas y la buena conciencia dicta que lo que una persona gane para poder vivir decentemente no puede estar entregado al libre juego de la oferta y la demanda, como en el caso de todos los demás precios de la economía. Okey, a lo mejor no puede, en función de los estándares valorativos que maneje cada cual en estos asuntos, pero esta circunstancia de hecho no sustrae a los salarios de lo que determine el cruce de las curvas de la oferta y la demanda.

El mercado del trabajo está lejos de ser competitivamente perfecto y tiene muchas distorsiones. Por ejemplo, tiene un piso mínimo, costos invisibles y rigideces que otros mercados no tienen. Pero a partir de esas distorsiones, el nivel de los salarios no lo fija el empleador. Lo fija el mercado en función básicamente de tres factores: oferta, demanda y productividad. Los salarios, que tienden a bajar cuando se crean pocos empleos (mucha oferta y poca demanda) y tienden a subir cuando a las empresas les cuesta conseguir trabajadores (poca oferta y mucha demanda), al final no son sino la expresión del aporte que las personas puedan realizar dentro de la empresa al desafío de hacer más o hacer las cosas mejor con la misma cantidad de recursos. Eso es la productividad y, para bien o para mal, no hay muchas más vueltas que darle. En general, tal como todos los actores económicos, los empleadores no pagan por un producto o servicio 100 si al lado lo mismo –igual calidad, igual cantidad, igual confiabilidad– puede costar 90. En esto, es cierto, son ventajeros, pero no mucho más que el resto de los consumidores.

¿Por qué quienes se muestran tan sensibles al nivel relativamente bajo de la mayoría de los salarios en Chile –aspecto en el cual seguimos siendo una economía de matriz tercermundista– son en cambio tan insensibles a los factores que podrían mejorar los salarios, como son, por ejemplo, las condiciones para expandir el empleo, las iniciativas para liberalizar el mercado laboral y rebajar el impacto adverso de las distorsiones existentes o mejorar la preparación con que salen las personas del sistema educativo para incorporarse al mundo del trabajo. Cuesta explicar esta asimetría. Y, mientras no se explique, el empresariado seguirá siendo el malo de la película.