• 4 noviembre, 2011

Freud y Jung, a principios del siglo pasado, hicieron un aporte fenomenal. Descubrieron la existencia del inconsciente como un factor determinante en las conductas del hombre. Un descubrimiento radical que golpeó duramente nuestro ego, tal como ya lo habían hecho Copérnico y Galileo cuando demostraron que la Tierra (y por ende el ser humano) no era el centro del universo. Otro duro golpe también lo propinó Darwin cuando sostuvo que no éramos hijos luminosos de Dios, como creíamos, sino de las amebas o del barro. Quizás nos enfrentamos en este siglo a un nuevo batatazo que derribe nuestra convicción de que siempre seremos superiores a las máquinas.
Volviendo al hilo central, Freud llegó en sus exploraciones hasta un inconsciente más bien de tipo personal, una especie de mochila en la que guardamos todo aquello que rechazamos pero que igual queda ahí activo, operando en nuestro ser, de manera sombría. Así, cuando de repente nos enojamos más de la cuenta y no sabemos cómo nos ocurrió, es un caso simple de esos elementos velados que se apoderan de la consciencia. Si vemos la situación actual de Chile, podemos apreciar que la sombra ha emergido y afecta seriamente al comportamiento de los grupos radicales. Y eso es contagioso.
Jung fue más allá y propuso la idea de un inconsciente colectivo, aún más profundo, común a todos los seres humanos. Allí conviven los arquetipos, que son algo así como potenciales que recogen toda la experiencia humana desde y antes de su origen. Son, metafóricamente hablando, como programas de software que hay que cargar de datos para que operen. La experiencia es la que activa estos arquetipos y les carga los datos. Es decir, no vienen cargados de contenidos, sino de potenciales. Todos tenemos los mismos arquetipos instalados. La psique humana es muy compleja, ya que hay una parte muy fundamental que es incognoscible.
Para movernos en cualquier dirección en la vida, la consciencia es siempre nuestro punto de partida, precisamente porque es aquello de los que nos damos cuenta. Cuando decidimos dedicarnos a la meditación para trascender la consciencia, es inicialmente una decisión consciente. Ahora bien, la consciencia es dualista por naturaleza: separa, divide, clasifica. Una polaridad no se resuelve desde ella misma, sino desde una posición tercera más amplia que pueda ver los polos de manera simultánea. Por eso es necesario ampliar la consciencia para que ésta pueda ir finalmente en forma sólida a la búsqueda de su parte inconsciente. Debemos tratar de integrar esa parte interior para llegar a un individuo completo, único. Jung llamó a este proceso la individuación, que no es sinónimo ni cercano a ser individualista, quizás lo contrario. Es saber quién soy yo realmente.
El ser humano dispone de una curiosa y poderosa capacidad de transformación. De hecho, es lo que buscamos en la vida. Pero, ¿qué significa realmente la transformación? El inconsciente colectivo en realidad no se transforma, al menos en los lapsos de la vida de las personas. Lo único que se puede transformar ahora es la consciencia y la forma en que nos relacionamos con lo inconsciente y con los otros de la sociedad. Para ello, el camino de la experiencia y del conocimiento es fundamental, pero no suficiente. Hay otra llave complementaria: la actitud, que es una de las claves permanentes de la sabiduría. La actitud es lo que realmente podemos transformar en cada momento.
El desarrollo de la consciencia y de la actitud va normalmente de la mano. Para la vida en sociedad es necesario pasar de pensar en la lógica excluyente de esto versus otro, a buscar la integración de esto y lo otro. Como señalan los orientales, una vara tiene dos puntas pero es finalmente una sola vara. Uno de los pilares de la sabiduría es pensar ¿cómo ver la unidad en la dualidad? No se trata, por cierto, de una relativización moral y ética, sino de una manera de enfrentar lo que sea que pueda ser la “realidad” y dentro de ésta, el ser humano. Se trata de ser capaces de ponerse en el lugar del otro, para entender su posición, lo que no significa necesariamente compartirla. Pero sólo a partir de ese ejercicio, de esa actitud, es posible ponerse de acuerdo y avanzar.
Esa es precisamente la actitud que llora por su ausencia en el Chile de hoy y que nos trajo tanto sufrimiento en el pasado. En nuestro país cada grupo cree ser el total bien y proyecta todo el mal en el otro. Eso nunca es así. Olvidamos con facilidad que somos un solo país. ¿O es que quisiéramos ser dos? ¿O más? De ser así, el problema sólo se puede resolver con una espantosa guerra civil, como ya nos ha ocurrido, o con una división geográfica del territorio. La historia está llena de ese camino; tratemos de diseñar otro mejor. Aún estamos a tiempo. Cambiemos la actitud. Es un asunto personal, y puede hacerse ya.