¿Qué es la civilización del espectáculo para el escritor peruano? Una en la que el entretenimiento ocupa un lugar privilegiado en la escala de valores y en la cual la pasión universal parece ser ‘divertirse, escapar del aburrimiento’.

  • 2 agosto, 2012

¿Qué es la civilización del espectáculo para el escritor peruano? Una en la que el entretenimiento ocupa un lugar privilegiado en la escala de valores y en la cual la pasión universal parece ser ‘divertirse, escapar del aburrimiento’. Por Alejandro San Francisco

El miércoles 25 de abril se presentó en el Instituto Cervantes de Madrid la última obra del Premio Nobel de Literatura 2010 Mario Vargas Llosa. Eso ocurrió sólo dos días después de la entrega del Premio Cervantes al chileno Nicanor Parra. Un ejemplo de la vitalidad de las letras castellanas en el mundo.

Sin embargo, la principal preocupación de los españoles en estos días era otra: los encuentros definitorios de la Champions League, que contaban con la presencia de los grandes equipos Barcelona y Real Madrid, los que finalmente fueron eliminados. Millones de personas en todo el mundo siguieron sus partidos, muchos sufrieron con los resultados, todos gozaron con la fiesta del fútbol (podría haber sido un gran recital de música u otra manifestación de interés masivo). De esas miradas y contradicciones se trata, precisamente, la última obra del escritor peruano La civilización del espectáculo.

Vargas Llosa, qué duda cabe, es un gran novelista. Como hombre polifacético ha sido también periodista, político activo y diplomático universal. Pero hay un aspecto que cruza todas sus ocupaciones, y es el permanente interés por la cultura, y más precisamente por la lectura y la escritura, a las que ha dedicado gran parte de su vida, desde su juventud hasta el presente.

¿Qué es la civilización del espectáculo para el escritor peruano (nacido en Arequipa, en 1936)? Una en la que el entretenimiento ocupa un lugar privilegiado en la escala de valores y en la cual la pasión universal parece ser “divertirse, escapar del aburrimiento”. Como resultado lamentable, se ha producido una “banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo”.

Varios factores contribuyen a esta realidad, tales como el bienestar, la democratización de la cultura y la primacía de lo light. La influencia de los intelectuales ha decrecido de manera evidente (por el descrédito en que cayeron muchos de ellos, así como por la vigencia minúscula del pensamiento en un mundo dominado por la noción de espectáculo). Esta realidad se expresa en política, con frivolidades y modas más que con programas, ideas y doctrina.

El autor detalla esta situación de manera lapidaria y bien explicada, y la contrapone a la verdadera cultura y sus múltiples factores: el patrimonio de ideas, valores y obras de arte; los conocimientos en la historia, la filosofía y la religión, el avance de la investigación y la ciencia; la exploración de nuevas formas artísticas y literarias. Una formulación que ha caído en desuso por la corrección política, que impide hablar de culturas más desarrolladas o superiores.

Como todo ensayo que contiene puntos de vista personales, las interpretaciones pueden ser muy variadas, algunas más favorables y otras más negativas; unas que destacarán las limitaciones de la obra y otras sus méritos, las que se centrarán en las denuncias frente a las que privilegiarán las propuestas. De todo eso hay en el libro de Vargas Llosa, ya que el ganador del Nobel presenta una visión ambivalente del mundo actual. Por una parte, la ampliación de la libertad política a través de la democracia y de la apertura económica han traído beneficios que hacen que las sociedades estén mucho mejor que hace unas décadas. Por otro lado, vemos que en el mundo de la cultura se ha producido el proceso inverso, reflejado en diversos síntomas: la crisis de la lectura, la piratería artística y literaria, la desaparición del erotismo, el exceso de charlatanería y otros tantos problemas de la escena cultural.

Podríamos considerar que la visión de Vargas Llosa es la de un médico diagnosticando a un paciente. En ese sentido, cada problema tiene una solución posible, aunque se adivine lejana y difícil por la estructura misma de la civilización del espectáculo y de la sociedad contemporánea. No habrá cambio positivo posible si no se abordan con urgencia algunas reformas importantes en el modo de vida, como ilustra un caso sintomático: la enseñanza pública (un problema mundial, como expresó Vargas Llosa durante la presentación de su libro). El prestigio y la calidad de los profesores resultan esenciales para el desarrollo cultural. Lo mismo ocurre en los medios de prensa, pues se necesita recuperar el sentido público y dejar de lado el periodismo del escándalo, “perverso hijastro de la cultura de la libertad”. En política se requiere una urgente recuperación del nivel intelectual, profesional y moral de la clase dirigente, cuestión crucial para el buen funcionamiento de la democracia. En materia religiosa, Vargas Llosa –quien es escéptico en estas materias– entiende que debe mantenerse la laicidad del Estado, pero conservando la relevancia de los credos para las personas e incluso para el bien de las sociedades: “aunque yo no soy creyente, estoy convencido de que una sociedad no puede alcanzar una elevada cultura democrática si no está profundamente impregnada de esa vida espiritual y moral que, para la inmensa mayoría de los seres humanos, es indisociable de la religión”.

El libro, como era de suponer, ha traído más de una polémica, tanto por lo que dice como por lo que algunos han interpretado en lecturas que, pensamos, se alejan de lo que el escritor peruano está planteando en su obra. Vargas Llosa ha escrito un libro necesario, cuyas consecuencias deben estar presentes en la acción de las familias y la escuela, pero también en los gobiernos y entre hombres de letras. Frente a la posibilidad de que el mal presente sea perdurable, el escritor peruano vuelve con entusiasmo perenne a lo que fueron sus lecturas de juventud y que lo han acompañado toda la vida: Joyce, Eliot, Góngora, Victor Hugo, Faulkner y muchos otros. Esas lecturas que, –como expresa en La tentación de lo imposible– hicieron que su vida fuera menos miserable (a propósito de la gran obra de Hugo). Quizá, reflexiona, “la civilización del espectáculo perezca sin pena ni gloria, por obra de su propia nadería”. El futuro queda abierto para el reemplazo, mejor o peor según lo que se haga.

La respuesta de Vargas Llosa al problema no hay que buscarla necesariamente en el libro que comentamos, sino que probablemente está mejor resumida en las palabras finales de su discurso al recibir el Premio Nobel en Estocolmo, el 7 de diciembre de 2010. En esa ocasión, después de una decidida y entusiasta apología de la lectura y de la ficción, decía con esperanza: “porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible”.