Convertida en una urbe fantasma, Chuquicamata parece un museo al aire libre a 2.800 metros de altura. Tras el anuncio de su clausura, el fotógrafo Cristián Ureta desarrolló una investigación de tres años cuyo resultado se expondrá en Calama y en el Centro Cultural Gabriela Mistral y dará origen a un libro

  • 26 abril, 2012

Convertida en una urbe fantasma, Chuquicamata parece un museo al aire libre a 2.800 metros de altura. Tras el anuncio de su clausura, el fotógrafo Cristián Ureta desarrolló una investigación de tres años cuyo resultado se expondrá en Calama y en el Centro Cultural Gabriela Mistral y dará origen a un libro. Por Vivian Berdicheski S.

 

 

En agosto se cumplen 5 años desde el cierre del campamento Chuquicamata tras 92 años de existencia. Cercana a la mina del mismo nombre -tildada alguna vez como el sueldo de Chile- en su época de esplendor llegaron a vivir allí más de 25 mil personas, todas empleados de Codelco, con garantías muchas veces envidiadas por el resto de los habitantes del país. Hospital con los últimos avances científicos y club social con bowling en medio del desierto, eran algunos de sus atractivos. Sin embargo, las condiciones siempre fueron extremas: 2.800 metros de altura, clima altiplánico y una importante polución. Dulce y agraz. Durante años se habló del traslado de su población a Calama; muchos se negaron a la idea, otros emigraron y unos pocos se resistieron a dejar sus moradas, llegando incluso a vivir sin electricidad y en condiciones paupérrimas.

 

En Chuquicamata hoy se respira un aire de vacío. Caminar por las calles del centro es como volver al far west: una ciudad donde no queda nada ni nadie. Casas y edificios desocupados. Si hasta el desierto pareciera sentirse más árido. Antes de que tomara esta característica final de pueblo fantasma, el fotógrafo Cristián Ureta encontró una historia que contar. “Leyendo el diario, el 2001 me enteré de que se acababa Chuquicamata. Fue como una revelación.

 

No tenía tiempo que perder, así es que decidí emprender una aventura que fue fotografiar el lugar desde ese día hasta más no poder. Hice más de 10 viajes de 10 días cada uno, con una idea clara de desarrollar un estilo documental, con caminatas de más de 8 horas en distintas épocas del año para ir viendo cómo esta ciudad iba cambiando su fisonomía y su gente. La verdad es que nada cambió, sino que aquí se produjo algo bien particular: desapareció. La fueron enrejando de a poco, sacando a sus lugareños y las casas desmanteladas pasaron a quedar enterradas bajo inmensas tortas de residuos de tierra y otros elementos que se sacaban de la mina”, comenta. Cristián Ureta se concentró durante tres años en esta aventura que tendrá como resultado dos exposiciones y un libro.

 

La primera exhibición será en Calama, en septiembre; la segunda, en noviembre, en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM). El montaje, titulado Volviendo a la Tierra, memoria visual del campamento minero de Chuquicamata, consta de 15 obras de 1×1 metro; 25 trabajos de 60×60 cm y otros treinta de 30 x30 cm; todas en blanco y negro. Además, un libro que comprende una selección de más de 200 fotografías que persiguen encontrar la identidad de este enclave urbano que con el tiempo se desarmó. Volvió al silencio del desierto.