Los centros comerciales de formas redondas, inspirados en el Guggenheim de Nueva York, florecieron en Santiago en los 80 y marcaron toda una época. Hoy viven una lenta agonía, pero el fotógrafo Cristóbal Palma decidió rescatarlos. ¿Cuál es legado de estos edificios que fueron objeto de deseo y cuyo aporte hoy muchos cuestionan?

  • 20 junio, 2012

Los centros comerciales de formas redondas, inspirados en el Guggenheim de Nueva York, florecieron en Santiago en los 80 y marcaron toda una época. Hoy viven una lenta agonía, pero el fotógrafo Cristóbal Palma decidió rescatarlos. ¿Cuál es legado de estos edificios que fueron objeto de deseo y cuyo aporte hoy muchos cuestionan? Por Jessica Atal

La historia es más o menos así: el Guggenheim de Nueva York nació como un capricho del genio de Frank Lloyd Wright y se convirtió en un icono de la arquitectura mundial. En un momento en que se debatía el concepto de lo que era un museo, él quiso hacer del propio edificio para exhibir arte una obra artística. Fue tan espectacular el resultado que muchos quisieron imitar la forma orgánica del caracol. En Santiago se construyeron 26. Todos, eso sí, para uso comercial. El fotógrafo especializado en arquitectura Cristóbal Palma se propuso hacer un registro de ellos. Una muestra con el resultado de su investigación se abre el 22 de junio en Galería AFA.

Para entender qué hay en estos edificios que los hizo tan amados y odiados, nos juntamos con Palma en un café cerca de la plaza Las Lilas. Llueve en Santiago. Son las 10 de la mañana y amenaza en el cielo una tormenta. Antes de llegar a la pequeña mesa que elijo en un rincón del estrecho y concurrido lugar, Cristóbal pide un café en un vaso de cartón. No lo prueba mientras conversamos. Intuyo que se lo llevará a la oficina, que le queda cerca. Tiene ojos claros y una barba muy larga. Le pregunto por qué la lleva así, pero sólo ríe y me dice que es tan antigua como el proyecto Espacio continuo. Registro tipológico de los caracoles comerciales de Santiago, 1974-1983. Pero no, la barba no tiene nada que ver con los caracoles…

Explica: “el proceso fue largo. Lo que terminó por concretar todo fue que me gané un Fondart y me apoyó en el proyecto la galería AFA. Comencé a colaborar con Mario Marchant, quien venía trabajando el tema desde un punto de vista más académico. Por último, Camilo Yáñez se involucró como curador de la muestra. La idea, en realidad, empezó a darme vueltas en la cabeza hace unos cuatro años”.

Cuatro años. Esa es la edad de su barba. Él tiene 37, doce de los cuales vivió en Inglaterra, donde estudió arquitectura. “Tengo formación de arquitecto, pero nunca me gradué o ejercí. Estudié un montón de años, uno en Santiago en la Católica y después en la Arquitectural Association (AA) en Londres”.

-¿Cómo derivaste a la fotografía?
-Partí en la escuela. Hacía harta fotografía, trabajaba con una fotógrafa. Todo mi círculo era la arquitectura. Pero no fue planificado el cambio. No tenía planes de hacer fotos de arquitectura, terminé haciéndolo como por default.

El origen de la obsesión
Lo de los caracoles partió en 2007, cuando hizo una colaboración para una revista holandesa con el arquitecto Patricio Mardones, que consistía en presentar Santiago a través de espacios comerciales. Todo tipo de espacios comerciales, desde Los cobres de Vitacura a las galerías de San Antonio. Mostraba la ciudad a través de retratos de gente comprando. También los caracoles fueron parte de ese recorrido. Fue entonces cuando Palma quedó con ganas de hacer un registro más completo de los caracoles.

Existen 26 edificios de este tipo en Santiago y, de ellos, nueve son dobles. El primero, construido en Providencia, es obra del arquitecto boliviano Melvin Villarroel y data de 1974. Hay una coincidencia ahí con el año que nació Palma.

“Pero la fijación nació porque, en primer lugar, son muy interesantes visualmente. Tienen una arquitectura muy expresiva. Son bastante plásticos y tienen la particularidad de que pueden ser descritos con una sola foto. No todos los lugares pueden mostrarse en una sola foto. Pero entras a los caracoles y ya ves el total. Se da una situación panóptica y se puede intentar hacer una foto del total. Este hecho de ver todo el espacio apenas entrar al lugar es una característica particular del caracol. Y eso funciona muy bien con la fotografía. Lo otro interesante de los caracoles es que si uno hace un registro más sistemático, tienen un comienzo y un final; o sea, en un momento se dejaron de hacer”.

-El primero se hizo en 1974 y el último a principios de los ochenta. Es un proceso muy delimitado en el tiempo.
-Sí. Es un proceso que se acabó. El diseño y la construcción de caracoles tienen una fecha de inicio y un periodo acotado de vida. Pero lo interesante es que tienen una carga política, por la época en que se construyeron. Fueron los primeros años del régimen militar. El país vivía una situación muy dura en su historia. Entonces, es la suma de capas lo que los hace interesantes. Tienen la capa visual, que es el punto de partida, porque sin ella no pueden operar, pero además tienen otros puntos de interés que asumo les pueden llegar a interesar a otras personas.

Caminando en círculos
-¿Cómo definirías un caracol?
-Lo que define la estructura de un caracol es principalmente la circulación vertical continua. Su referente más obvio y universal es el Guggenheim de Nueva York, y el primer caracol de Santiago se basa mucho en ese modelo de circulación. Pero en vez de mostrar arte, en Santiago tenían tiendas.

-La verdad es que podrían haber adaptado el modelo completo y haber hecho un museo, ¿no? En vez de ser un espacio comercial, pudo haber sido un punto de encuentro cultural… Pero, en fin, el modelo original tampoco duró mucho.
-Esa es otra cosa interesante de los caracoles. Desde su forma original, el caracol poco a poco se empezó a deformar en términos de qué era lo que lo constituía como espacio determinado. Empezaron a aparecer mutaciones y es interesante observar cómo un modelo original empieza a cambiar hasta desaparecer. Entonces, parte del ejercicio de catastro (realizado con Mario Marchant) era definir hasta qué punto las estructuras, si bien no eran estrictamente caracoles, eran hijas, primas o algo cercano al caracol. El trabajo con Mario consistió en definir las tipologías, desde el caracol más puro hasta sus mutaciones más bastardas.

-¿Cómo sigue este trabajo después de la muestra?
-La idea es seguir registrando caracoles fuera de Santiago, en Chile, y también los que hay en otros países.

-¿Por qué crees que se acabó la construcción de este tipo de espacio público?
-El mismo Guggenheim ha sido cuestionado en cuanto a si es efectiva esa manera de mostrar arte. Es lo mismo con el comercio. La estructura le gana a la función más inmediata que pueda tener, ya sea el Guggenheim como museo o el caracol como centro comercial. Es debatible el porqué se acabaron. Puede haber muchas razones y lo que yo pueda decir es especulativo (el registro era sólo el comienzo de la discusión). Pero son estructuras pre-mall, basadas en el peatón. No todos tienen estacionamientos. Si uno hiciera un estudio más profundo me imagino que revelaría que la mayoría de la gente que llega al caracol lo hace caminando o en transporte público. Funcionaban de esa manera. Después, la calle se fue desvalorizando y los caracoles, por lo mismo, también. Además, tienen una estructura de propiedad muy fragmentada; son muchos propietarios y eso seguramente acarrea eventualmente problemas de administración. También son estructuras de difícil ampliación y en este sentido son espacios rígidos. Los locales son chicos, y me da la impresión de que no son muy rentables.

-Los precursores en Chile, ¿quiénes fueron?
-Hay de todo, arquitectos conocidos y otros no tanto. Los dos caracoles de Providencia son de Larraín, Covarrubias y Swinburn. Pero los nombres van desde Sergio Larraín hasta Cristián Boza. Algunas oficinas se repiten. Hay una etapa de los caracoles de estilo más moderno, pero después se fueron deformando y situándose en un estilo posmoderno.

-La exposición se compone de 34 fotos. Una por caracol (en los caracoles dobles hay dos), donde la posición del fotógrafo es siempre la misma. Es un mismo punto de vista que se repite en todas las fotografías. ¿Qué esperas de la muestra, Cristóbal?
-Ojalá vender (se ríe)… Pero lo que más me gustaría es que aparecieran como tema los caracoles y que las fotos fueran productivas en esa conversación.

La conversación, pienso, puede dar para mucho. Y me queda dando vueltas una última reflexión, muy personal. El Guggenheim en Nueva York es considerado una de las obras más geniales de la arquitectura moderna. Las críticas de la época no afectaron a su funcionalidad y con el tiempo, más que convertirse en un objeto extraño, se adaptó de una manera mágica a su entorno.

Si bien Cristóbal Palma opina que la arquitectura de algunos caracoles en Santiago es muy rescatable, creo que podemos debatir su trascendencia arquitectónica. Es cierto que ocurrieron cosas –a nivel social– en su época. Pero, además de eso, ¿qué?
Como objetos arquitectónicos, no son pocos los que ponen en duda su valor. Y su funcionalidad comercial ha decaído notablemente. ¿Acaso la verdad de los caracoles –penoso es reconocerlo– no pasa más allá de ser herencia urbana de dudoso gusto y precursora, además, de la plaga santiaguina de los malls?