Por: María José Gutiérrez, desde Río de Janeiro Esa mañana del 28 de enero, en Miami, Cristóbal (28) y Benjamín (23) Grez Ahrens –antes de partir la tercera jornada de los selectivos para los Juegos Olímpicos– lloraron. Se abrazaron y se dijeron que pase lo que pase, la campaña había valido la pena. Se subieron […]

  • 18 agosto, 2016

Por: María José Gutiérrez, desde Río de Janeiro

EQUIPO-GREZ-49er-Credito-Bernardita-Grez-1339

Esa mañana del 28 de enero, en Miami, Cristóbal (28) y Benjamín (23) Grez Ahrens –antes de partir la tercera jornada de los selectivos para los Juegos Olímpicos– lloraron. Se abrazaron y se dijeron que pase lo que pase, la campaña había valido la pena. Se subieron al bote 49er a entrenar y Cristóbal se cayó al agua de puro estrés. Esos días habían sido potentes emocionalmente.

Después de dos años de haber dejado todo con el objetivo de clasificar a las Olimpiadas de Río de Janeiro –Cristóbal su trabajo y Benjamín sus estudios– el team uruguayo que disputaba con ellos el cupo sudamericano para ir a Brasil les llevaba una ventaja de 33 puntos. Y, a esas alturas, la única forma de seguir compitiendo era que el otro equipo cometiera un error para tener la chance de revertir la puntuación en la etapa siguiente de la regata que duraba ocho días. Si esto no ocurría, ambos equipos se separaban de categoría y Chile quedaba automáticamente eliminado.

[box num=”1″]

Comenzó la carrera y los uruguayos Santiago Silveira y Phillip Umpierre llevaron la delantera a los chilenos durante los 40 minutos que duró la regata. Los Grez navegaban desechos, pero Cristóbal tenía fe de que sus rivales habían partido adelantados, así que animaba a Benjamín diciéndole que no se podían rendir.

Los charrúas cruzaron la línea de la meta octavos y los chilenos 30. Sin embargo, apenas se acercaron a la costa vieron a su entrenador que corría en la playa gritando: “¡Uruguay está descalificado! ¡Uruguay está descalificado!”.

En la segunda regata del día, lograron que los uruguayos quedaran nuevamente descalificados por impulsarlos a adelantarse en la línea de la partida. Así que en la tercera corrida, Silveira y Umpierre optaron por partir muy atrás para no arriesgarse a otra bandera negra. “Nosotros nos vinimos con ellos, los empezamos a perseguir, siempre por delante, cubriéndolos. Comenzamos a recuperar, llegamos 10 y ellos 30. Con eso, ellos quedaron tres puntos adelante nomás. Y de ahí en más, no nos ganaron ninguna de las seis regatas que nos quedaban. Al final les ganamos por 40 puntos”, cuenta Cristóbal en Río de Janeiro, a siete días de representar a Chile en los Juegos Olímpicos en la categoría 49er de vela. Algo que ningún chileno había logrado hasta ahora.

La Villa

Es sábado, y en el departamento del décimo piso del edificio en Praia do Flamengo que arriendan los Grez Ahrens desde mayo junto a los hermanos Ducasse, están Cristóbal; su polola; Benjamín; Sean Evans, entrenador del equipo, y el kinesiólogo Pedro Fagnani, un brasilero que vive en España y que por primera vez viaja con ellos a Sudamérica.

Son las 7 de la tarde y en la terraza Pedro masajea a Cristóbal. Después es el turno de Benjamín. Acaban de llegar de la Villa Olímpica, donde alojaron durante dos días en un departamento de cinco piezas que les tocó compartir con el equipo de vela: los hermanos Ducasse, los hermanos Grimalt y su entrenador; además del entrenador del equipo de volleyball y el de ecuestre.

Habían llegado a Brasil el martes. El miércoles se quedaron en Flamengo, armaron el bote y el jueves partieron a alojar a la Villa para hacer más fácil el traslado al Maracaná para la ceremonia de inauguración de los Juegos.

-¿Qué les pareció la Villa? Algunos deportistas criticaron la calidad, dijeron que no estaba lista y prefirieron quedarse en un hotel.

Benjamín: “A los australianos se les puede haber tapado el baño y dijeron que estaban todos los desagües malos”.

Cristóbal: “Nosotros no teníamos espejos para afeitarnos, pero pides que te lleven un espejo y listo. Terminó un poco apurada la villa, pero no por eso está todo malo. Al revés, está bacán”.

En su estadía fueron al gimnasio y trotaron al aire libre, visitaron algunas atracciones y retiraron los celulares que les regalaron. Vieron a Michael Phelps, Rafael Nadal y Usain Bolt. No los saludaron ni se sacaron selfies, dicen, por respeto. “Mucha gente se les acercaba. Nadal, por ejemplo, es buena onda, se paraba de la mesa y se sacaba las fotos que le pedían. Bolt estaba comiendo con un capuchón oyendo música y levantaba la mano como diciendo ‘no me molestes’. Ni miraba”, cuenta Cristóbal. “Es que desde que sale de la pieza hasta que llega, si generalmente te demoras 10 minutos, el compadre se puede demorar 45 minutos. Él también está cansado, también tiene que entrenar”, agrega Benjamín.

La noche anterior, a las 21:15 horas, desfilaron en el campo del Maracaná junto al resto de la delegación chilena. Esa entrada a la cancha, señalan, es “de esos momentos que no se te van a olvidar nunca”. Cristóbal estaba preparado para llorar, pero no lo hizo, no sabe por qué. “Como estás con tanto estrés, tanta presión, te emocionas mucho. Yo antes no lloraba con nada, y el último año eso ha cambiado”, asegura.

Habían llegado al estadio a las 5 de la tarde. No pudieron ver el espectáculo de luces, baile y proyecciones porque debían estar formados afuera, sin siquiera un televisor. “Yo en un minuto dije, estoy chato, sáquenme de acá. Pero después entra Brasil a la cancha, todo el estadio grita, los fuegos artificiales y cambió la cosa”, dice Benjamín.

La partida

En febrero de 1998, un fax llegó a la oficina de Mario Grez, papá de Cristóbal y Benjamín. Era un aviso de regata con una especie de invitación para el mayor de sus hijos, Cristóbal, que en ese entonces tenía nueve años, para competir en un Gran Prix de Optimist en marzo.

Con el fax en la mano, e incentivado por sus padres, ambos windsurfistas, Cristóbal decidió probar y corrió su primer Grand Prix en un bote prestado por el club de Algarrobo. Alucinó con el deporte, y ese año corrió los 10 campeonatos que se hicieron, ya con un bote propio. “De ahí partió navegando Benjamín. Y a los seis años empezó a competir. Era rudo. Benja se daba vuelta saliendo de la playa, lo agarraba una ola, se empapaba, y mi papá lo metía a la ducha. Se cambiaba y de vuelta a navegar”, cuenta.

Ese mismo año, Cristóbal compitió por primera vez en Argentina. En 1999 y 2000 corrió los Sudamericanos y en 2002 participó en su primer Mundial, que tuvo lugar en Estados Unidos. El último chileno que había competido en una copa del mundo había sido Alejandro Pérez en 1994, quien en ese entonces los entrenaba.

[box num=”2″]

A Cristóbal nunca le fue muy bien en Optimist. Benjamín, en tanto, salió segundo en el Mundial de Italia, en 2007. Y Exequiel, el menor de los cinco hermanos Grez –todos compiten, aunque las dos mujeres, en menor medida– salió octavo en un mundial de esta categoría.

“La vela es un deporte familiar, de los nueve chilenos que estamos compitiendo, hay tres parejas de hermanos y Matías del Solar está con su hermano de entrenador”, asegura Cristóbal. “Es un ambiente súper bueno”, agrega.

A los 15 años, Cristóbal se pasó del Optimist al Láser 4.7, después al Laser Radial y luego al Láser Estándar, que es de categoría olímpica. Benjamín, cuando terminó en Optimist empezó a correr en 420, un barco más técnico que se navega de a dos personas.

Benjamín vivió su adolescencia prácticamente viviendo fuera de Chile. El Colegio Alemán, donde ambos estudiaron, le dio facilidades para dedicarse a la vela porque tenía buenas notas. Corría cinco o seis campeonatos en el extranjero al año, donde viajaba solo con su entrenador y su compañero de equipo en 420, Carlos Vergara.

A los 19 años, mientras estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad Católica y junto a Diego González –que había hecho campaña para Beijing 2008–, compitió por primera vez en unos JJ.OO. Era el menor del equipo de vela chileno y el menor de la categoría 470. Desde 1984 no había chilenos compitiendo en esa clase.

Salieron últimos y González no quiso seguir. En paralelo, Benjamín se pegó el estirón y estaba “chato” de comer lechuga y hacer dieta, porque el peso óptimo para el timonel en la categoría 470 de vela son 65 kilos.

Con Cristóbal siempre habían hablado de hacer algo juntos. “Tú tienes que hacer dieta y yo también, y seguimos en 470”, le dijo Cristóbal a Benjamín, “o nos pasamos al 49er, que es el más emblemático de la categoría olímpica, el más extremo, el más rápido, y subimos cinco kilos cada uno”.

A punta de proteínas y gimnasio optaron por lo lo segundo.

La decisión definitiva la tomaron a principios de 2013. Benjamín congeló sus estudios de ingeniería y Cristóbal avisó en su oficina, MBI Inversiones, que a fin de año se iba. En esos meses, Cristóbal se dedicó a levantar auspicios –MBI Inversiones y Meds le dieron el ok, y luego Volvo y otras tres empresas–, mientras Benjamín navegaba con Carlos Vergara para ganar experiencia: corrió un mundial a mediados de año y después se lesionó el hombro y se tuvo que operar, por lo que no pudo navegar hasta diciembre.

En el verano tuvieron un entrenamiento intensivo en Algarrobo y Panguipulli, y en marzo de 2014 agarraron maletas y partieron a su primera gira internacional. “Nos sentíamos navegando bien y dijimos ‘estamos listos para correr en Europa’. Pero llegamos a competir al trofeo de Princesa Sofía en Palmas de Mallorca. Había 80 barcos y quedamos 79”, cuenta Cristóbal. “Empezamos a vivir con esta frustración, pero fuimos subiendo: el primer año estuvimos todo el tiempo en flota de bronce (donde están los últimos 30), el segundo año subimos a plata (donde están los segundos 30) y en los últimos campeonatos logramos entrar al oro, o sea, estar entre los mejores 25”, dice.

La última carrera

Cristóbal y Benjamín son polos opuestos. Físicamente, uno tiene el pelo liso, rubio y cara de alemán, y el otro es moreno, crespo y más pinta de latino. El primero es mateo y responsable y el segundo, según dice Cristóbal, es más alegre, espontáneo, “es el que pone la música que hace los ambientes entretenidos, es el que se encarga de organizar entrenamientos con otros equipos porque es el amigo de todos en la flota”.

Cada uno tiene su rol dentro y fuera del agua: Cristóbal se encarga de todo lo que es la logística y organización: hablar con los auspiciadores, negociar, coordinar el traslado de los barcos, el alojamiento, etc. Benjamín se encarga del boat work o mantención del barco: que estén los repuestos y que todo funcione perfecto siempre.

A Cristóbal, según él mismo dice, le interesa mucho la política y la economía. A Benjamín, poco y nada.

Pelean poco, aseguran, nunca durante las carreras. Sólo cuando analizan las regatas. “En general, son peleas cortas que se tratan de arreglar ahí en el momento”, aclara Benjamín.

En el año están entre seis y ocho meses fuera de Chile. Este año, por ejemplo, después del selectivo de Miami, se fueron a correr el mundial en Clearwater, de ahí a Panguipulli, donde hicieron una celebración y demostración. Navegaron en marzo en Chile y de ahí partieron a competir a Palmas de Mallorca, Barcelona y a una copa del mundo en Hyres, Francia. En mayo llegaron a Río, donde entrenaron durante 15 días, después viajaron a correr otra copa del mundo en Weymouth, Reino Unido, y regresaron otros 10 días a Río a entrenar. De ahí a Chile y en julio hicieron el último entrenamiento en Brasil.

La rutina en Río de Janeiro comienza a las 8 de la mañana con un buen desayuno, luego viene la preparación física y masajes. Salen a navegar a la 1 de la tarde hasta las 4 o 5, de ahí elongación, a veces masajes nuevamente, comida y a acostarse a las 10:30.

Tras competir durante cuatro días en tres regatas por jornada, los Grez no lograron entrar en la medal race que se disputa hoy en Río, donde los diez mejores equipos corren por una medalla olímpica. Clasificar a esto era el sueño de Cristóbal. Benjamín, en tanto, asegura que su expectativa era “tratar de quedarme con una buena sensación de haberlo hecho bien y haber disfrutado. Los deportistas saben que los resultados, al final, confirman las sensaciones que uno tiene. Si sientes que navegaste bien, probablemente los resultados van a mostrar eso”.

-¿Qué van a hacer después de Río? ¿Piensan seguir en esto?

Cristóbal: “No me veo toda la vida en esto. Es inviable para un chileno. Tienes que irte a vivir afuera, eres nómade, para tener familia es difícil. Yo en septiembre vuelvo al trabajo. Independiente de los resultados, se acabó”.

Benjamín: “Yo quiero retomar mis estudios en la UC. La universidad nos está apoyando. Por el momento no he pensado en otro ciclo olímpico, pero si se dieran las cosas, podrá evaluarlo. Pero no es una decisión que estamos tomando ahora, siempre se planteó así.

-¿Podrías competir con otro partner?

Benjamín: “Me sería difícil, pero no me cierro. Soy joven y creo que de alguna manera esto es mi especialidad, es a lo que más tiempo le he dedicado, sería una pena y una pérdida dejar de hacerlo”. •••

_____________________________________

La otra plata

Cuando en 2013, los hermanos Grez decidieron jugárselas por clasificar a Río 2016, apostaron al financiamiento privado principalmente. “Es buenísimo poder contar con los recursos del Estado, pero siempre supimos que iba a ser imposible pretender financiar la campaña con eso, entonces invertimos todo nuestro tiempo en obtener auspicios”, cuenta Cristóbal.

En total, levantaron como 90 millones de pesos. “Lamentablemente, no nos ha dado para pagarnos un sueldo porque cuando partimos la campaña nos compramos un bote, una lancha para el entrenador, un auto en Europa. Todos los años cambiamos el bote, que cuestan 30 mil dólares. Tenemos uno en Chile y dos en Europa, que están acá ahora en Río. Uno es en el que vamos a correr y el otro de repuesto, entonces tampoco los podemos vender. Hay que pagarle al entrenador, arrendar el lugar donde vas a vivir, moverte… De toda la plata que juntamos, un 20% son fondos públicos, que es dinero que viene de la federación, del ADO”, dice Cristóbal.

-La vela es un deporte que para entrar debes tener más plata…

Cristóbal: “Lamentablemente, en Chile es así. Primero porque tienes que tener acceso a un club porque no existen marinas públicas para tener un bote”.

Benjamín: “Existen casos. Hay escuelas en Algarrobo principalmente –los pocos deportistas que han salido son de ahí–, donde generalmente antes de los 15 años logran clasificar a algún Sudamericano. Eso va financiado por la federación. Y después hay que ir presentando proyectos a través de la federación para seguir dedicándose a otras disciplinas. Al final plata hay, el tema es que no hay muchos lugares en que se logre practicar este deporte y tampoco tienes acceso a los entrenadores y al buen rendimiento. Eso es lo más difícil”.

-¿Cómo es ser deportista de alto rendimiento en Chile?

Cristóbal: “Hubo un cambio importante con Gabriel Ruiz-Tagle, con la creación del Ministerio del Deporte y del ADO. Hace 10 años, decir que uno era deportista de alto rendimiento era un gallo que no tuvo opción de ser ninguna otra cosa. Hoy, la gente hace más deporte y las empresas buscan personas con otros intereses, porque se han dado cuenta de que los deportistas son buenos líderes de equipo, saben comunicarse, tienen flexibilidad, y las empresas están dispuestas a dar más flexibilidad”.

Benjamín: “Ha habido un cambio estructural a nivel de ministerio y federación de que se está considerando el deporte como un trabajo remunerado”.