El chiste –tan viejo como sabio– relata la historia de un tipo que luego de salir a probar un deportivo último modelo llega accidentado a la tienda del vendedor de autos. “¿Qué sucedió?” –le pregunta este último. “Puse primera y el auto fue una fiera; luego segunda, tercera: qué agarre; luego cuarta y quinta, Dios mío, qué velocidad y suavidad, hasta que puse ‘R’ de rapidísimo y ahí ocurrió el accidente.”

Los países, como los autos, pueden incrementar su velocidad de manera constante, pero no ilimitada: nadie quiere un vehículo que ande a 1000 km/h, porque no sólo es inmanejable y derechamente peligroso, sino que a esa velocidad tendrá poca capacidad de frenar y tomar curvas cerradas. Ello también ocurre en la política y en los sistemas institucionales. Hay un momento en que un nuevo cambio no presta ninguna utilidad a los países, porque se vuelven frenéticos, desbocados y sin control, en otras palabras, ingobernables.

Así, no obstante ir en quinta, hay quienes quieren nuevos cambios. Es ahí donde ponen la “R” de rapidísimo… y ocurren los accidentes. Y claro, el problema es que creen que muchas de esas agendas son de “avance”; “progreso” o incluso “desarrollo”, cuando en realidad la “R” tiene un solo significado posible: el retroceso. Esto es particularmente cierto en el campo de las políticas públicas –ni el constitucionalismo ha quedado a salvo–donde el populismo pareciera empujarnos la mano para intentar pasar a ese cambio.

No es necesario ir tan lejos. Argentina tiene el récord mundial de ser el único país del mundo de estar ad portas del desarrollo y luego convertirse en un país subdesarrollado. ¿Cómo explicarles a los argentinos de hoy que en 1966 su ingreso per cápita era más del doble que el de Singapur y hoy el de este país es cuatro veces el de Argentina, aun con los recursos naturales de este último? ¿Será que nuestra contumacia es superior al sentido común o la mínima idea de realidad? Qué lección de humildad y honestidad nos acaba de dar el rey de Holanda en ese documento –que nadie podrá acusar de ideologizado– al declarar por quebrado y difunto al Estado de Bienestar. ¿Qué podría entonces atraernos a volver –a retroceder– a ese espejismo de ruta tan atrayente como falso?

Por otra parte, el radicalismo jurídico de determinados sectores ha propuesto incluso una sustitución de la caja de cambios o del auto completo, todo en la mitad de la carrera, por las buenas o por las no tan buenas, aflojando cuanta tuerca encuentren, desconectando mangueras e incluso rayando la pintura (o el voto) y claro, luego, “el auto se está derrumbando”. Importa poco que el vehículo marche de maravilla y vaya punteando por lejos en su categoría, desoyendo las estadísticas, la opinión de los mecánicos y aparentemente, de los aspirantes a piloto. Ello no quiere decir que no requiera ajustes y cada cierto kilometraje un afinamiento –no existe el auto perfecto– todos los que deberán tomarse como decisión de equipo, sin hacer trampa a las reglas de la carrera, ni desafiando las leyes de la naturaleza.

En este sentido, tan bueno ha sido el auto, que ha conseguido innumerables récords no obstante haber tenido pilotos de distinto calibre, los que han comprobado las bondades de la máquina, la cual les ha permitido sortear las imperfecciones de caminos difíciles. No pensemos que por encarar hoy una recta se puede acelerar ad infinitum. Tarde o temprano enfrentaremos una curva o un camino de tierra, y el vehículo deberá responder en tales condiciones. Es por esa razón que no sólo necesitamos acelerar o “progresar”. También es necesario que podamos tener gobernabilidad de nuestro sistema. Es aquí donde reside el problema del radicalismo jurídico: la incapacidad de detectar y discutir en su mérito las modificaciones puntuales  en vez de tensionar en extremo la convivencia interna con el pretexto de representar a los tifosi, pero que en realidad sólo involucra la lucha de grupos de interés, sin más agenda que la propia, ignorando que la variante de la gobernabilidad –enarbolada tantas veces por sus compañeros de equipo– es una variable igual de importante que la de las reformas. La audiencia quiere que su equipo gane, pero es menester de quienes conducen el vehículo explicarles que ello no es sinónimo de acelerar al máximo: los motores se funden y los accidentes ocurren y con eso, todos perdemos.

En definitiva, pueden existir situaciones en que no se necesite un nuevo cambio, particularmente si el auto anda bien, sino más bien utilizar las marchas de conformidad a las características del camino. Quizás sólo implique detenernos un rato en los pits, hacer ajustes precisos e indispensables, uno a uno, con gradualidad y buen criterio. Cambiar de auto, o hacer explotar la caja de cambios, con la ilusión de querer ir más rápido, implica necesariamente perder la carrera. ¿Una sustitución del conductor? Tal vez, pero definitivamente no uno que prometa un rumbo que signifique un retroceso, haciéndonos pensar que iremos “rapidísimo”. •••