Durante décadas, Flaubert se ocupó de reunir una serie de ideas recibidas, de tonterías ilustres, escuchadas o leídas a sus contemporáneos. El proyecto quedó inconcluso, tal vez porque la estupidez es demasiado prolífica y la posibilidad de documentarla, por lo mismo, inagotable.

En estos tiempos de exaltación del capital social como panacea universal, cuando inscribirse en un club de bridge parece una proeza cívica, de coerciones gregarias aduciendo los mandamientos de lo políticamente correcto, y de beatería progre inhibidora del disenso crítico, me ha resultado muy saludable recurrir a las artes medicinales de la misantropía. En este rubro, Flaubert fue un maestro: “siempre he procurado vivir en mi torre de marfil. Pero una marea de mierda bate ahora sus muros hasta el punto de derrumbarla”. Entre sus libros, nada como Bouvard y Pécuchet, su gran novela inconclusa.
En esta obra desmesurada trazó una epopeya de la estupidez humana, una parodia de las pretensiones de la voluntad de saber, una crónica irónica sobre la insensatez de las empresas enciclopédicas y, en definitiva, una sátira sobre la vanidad del conocimiento sistemático y su íntima relación con el disparate. Si es verdad que los grandes hechos y figuras de la historia suelen darse dos veces: la primera como tragedia, como decía Marx parafraseando a Hegel, y la segunda como farsa, Bouvard y Pécuchet representa la versión cómica del drama del Fausto de Goethe como símbolo de los extravíos de la razón moderna.
Bouvard y Pécuchet narra la historia de dos escribanos solterones, dos empleados de oficina abocados al más rutinario de los trabajos, dos fantoches grises. Gracias a una oportuna herencia, de la noche a la mañana abandonan París y se instalan en el campo, donde se dedican al cultivo de una larga serie de saberes y actividades: la agronomía, la jardinería, la fabricación de conservas, la anatomía, la literatura, la hidroterapia, la filosofía, la religión, la alquimia, la veterinaria, el espiritismo, la historia, la pedagogía… Como advirtió Maupassant, heredero literario y confidente de Flaubert, en esta novela se erige la “torre de Babel de la Ciencia, en que todas las doctrinas, contrarias y sin embargo universales, hablando cada una de ellas en su lengua, demuestran la impotencia del esfuerzo, la vanidad de la verdad y la eterna miseria del todo. La verdad de hoy es el error de mañana; todo es incierto, variable, y contiene en proporciones desconocidas cantidades tanto de verdad como de falsedad”. La única señal de inteligencia que Flaubert concibe es la capacidad de captar la estupidez y la futilidad humana.
Para escribir este libro, Flaubert se atiborró con mil quinientos tratados sobre las materias aludidas, acumulando una multitud desbordante de notas. “Hace falta estar loco […] para atacar un libraco semejante”, declaró. Mientras avanzaba en el proyecto, se quejaba de estar intentando meter el mar en una botella. Como un asceta obseso, se pasó los últimos años de su vida intentando dar forma a este proyecto literario imposible, un texto de escritura fatigante, de auto-exigencias casi suicidas, que algunos consideran una aberración senil, y otros –me incluyo—una cumbre del genio literario universal. Borges, que gustaba de los extravíos de la erudición en los laberintos del conocimiento, escribió una breve pero certera Vindicación de Bouvard y Pécuchet, para espantar definitivamente al enjambre de sus detractores.
Durante décadas, Flaubert se ocupó de reunir, en orden alfabético, una serie de ideas recibidas, de tonterías ilustres escuchadas o leídas a sus contemporáneos. La idea era disponerlas en un libro cuya lectura nos dejara sin saber si nos estaba tomando el pelo o nos estaba hablando en serio. El proyecto, hermano siamés de Bouvard y Pécuchet, también quedó inconcluso, tal vez porque la estupidez es demasiado prolífica y la posibilidad de documentarla, por lo mismo, inagotable. En este libro, Flaubert ambicionaba incorporar todas las sandeces bien pensantes que “es necesario decir en sociedad para convertirse en una persona decente y amable”. Algo así como la antesala de lo políticamente correcto, mezclado con los lugares comunes que acompañan, casi por fuerza, cualquier intercambio social.
Al final se publicó, póstumamente, como apéndice a Bouvard y Pécuchet. Ahora circula por separado bajo el título de Diccionario de ideas recibidas. En vida, Flaubert especuló con subtitularlo: Enciclopedia de la bestia humana.