¿Quién iba a pensar que un director excesivo como Darren Aronofsky se refinaría para realizar algo digno de Scorsese? La respuesta está en Black swan, con Natalie Portman en el papel de su vida como una bailarina atormentada. Por Christian Ramírez

 

  • 25 enero, 2011

 

¿Quién iba a pensar que un director excesivo como Darren Aronofsky se refinaría para realizar algo digno de Scorsese? La respuesta está en Black swan, con Natalie Portman en el papel de su vida como una bailarina atormentada. Por Christian Ramírez

 

Comparar películas es un deporte adictivo, pero hay que tener cuidado: los estrenos casi siempre llevan las de perder al enfrentarse con los clásicos que el espectador atesora y defiende; pero la tentación está ahí, y más aún a propósito de Black swan, lo nuevo de Darren Aronofsky. Una vez que el filme se acaba, el espectador no tiene otro remedio que seguir dándole vueltas a la historia de Nina, joven prodigio del ballet que de pronto se descubre devorada por el doble papel de cisne blanco/cisne negro en un nuevo montaje del clásico El lago de los cisnes.

Mientras la pantalla se va a negro, automáticamente se vienen a la cabeza muchas tramas en que los demonios interiores alimentan (y luego ponen en peligro) la propia creatividad, como si el director de El luchador no hubiera resistido la idea de poner un poco de todo en el plato: la presencia de un manipulador coreógrafo (All that jazz), la lucha a muerte entre bailarinas por una oportunidad (La calle 42), las esperables relaciones de dependencia emocional (Nace una estrella) y, por supuesto, la intrusión de una realidad alucinada, en la que arte y vida se fusionan de una forma que sólo cabría calificar de sublime o demoníaca. Aquí, la referencia es obvia: Las zapatillas rojas de Michael Powell, la obra maestra absoluta del género.

Está claro que el realizador escogió sus modelos bien; la respetable intensidad que emana desde cada una de las secciones de la cinta se las arregla para reverberar en el público. ¿Buena señal? Tomando en cuenta el anémico estado de la cartelera, la mejor posible. Cada vez se vuelve más difícil experimentar esa clase de sensaciones de cara a una pantalla grande, y sorprende que –de entre todos los cineastas de su generación- haya sido precisamente Aronofsky quien en su película lograse administrarlas con las dosis justas de brutalidad y sutileza.

Esos mismo elementos se confundían hasta la caricatura hace una década en Réquiem por un sueño, su glamorizado retrato del mundo de la adicción. Si en esa ocasión el realizador “sampleaba” fríamente imágenes y emociones como si fuese un DJ delirante, en el nuevo trabajo su natural tendencia al exhibicionismo y su obsesión por los personajes desesperados están bajo control. No significa que no ladren –y fuerte-, pero la cuerda que sujeta a la bestia ahora tiene la extensión correcta.

Lo más probable es que ello se deba a que la trama de Black swan viene empaquetada en el formato más antiguo de todos: el melodrama. En algún punto del camino, Aronofsky comprendió que su vocación por el exceso se llevaba mejor con las estructuras clásicas que con los desmadres vanguardistas y operó en consecuencia: todo el sufrimiento que Mickey Rourke lleva a cuestas en su anterior cinta, El luchador (2008), bien podría haber sido cargado por Victor McLaglen, Stacy Keach, el joven Jon Voight o cualquiera de esos gigantones de alma fracturada que solían poblar los filmes hollywoodenses hasta mediados de los 70. Dicha película tenía todas las credenciales de rebeldía e independencia que se necesitan en estos días, pero el secreto de su efectividad -y de la nominación de Rourke al Oscar como mejor actorradicaba en el apego a su maciza fórmula, en su fidelidad a ese estereotipo.

El caso de este Cisne negro no es muy distinto. No cuesta nada asimilar la espantosa angustia, las trancas sicológicas y el atado de deseos que ahogan a su protagonista a muchos otros filmes de superación personal, en que el combate del joven artista por expresar pasión y perfección se realiza a costa de sacrificar –y a veces, liquidar- lo mejor de sí mismo.

Explosión y vértigo

Tal como le ocurría a Jake la Motta, la desesperada criatura engendrada por DeNiro y Scorsese en Toro salvaje (un filme con el que Black swan comparte sus ideas de vocación, familia y animalidad, como elementos que aprisionan al ser), el verdadero problema no pasa por los obstáculos a vencer, sino en los vertiginosos niveles de intensidad que involucra el proceso.

Apenas pasan unos minutos de metraje y ya nos hemos dado cuenta de que Nina Sayers (Nathalie Portman, en el rol de su vida) no es sólo la eximia bailarina a la que le resta equilibrar su lado emocional. En su caso, las semillas del desastre parecen plantadas desde hace mucho y, tal como su increíble talento, están esperando el momento adecuado para aflorar con energía imparable.

Y vaya cómo lo hacen: las cuotas de histeria y distorsión de Black swan van aumentando, al punto de que cuesta distinguir si lo que está ocurriendo ante el espectador es “real” o producto de la torturada psique de su protagonista. Allí radica, de hecho, su principal debilidad, ya que Aronosfky no tiene mucho que decir acerca del misterio de la creación y el poderío del artista. Lo suyo es otra cosa: registrar emociones, hacerlas explotar y luego indagar en los escombros. Poco importa que el realizador se haya entregado al sistema y esté listo para dirigir una secuela de los X-Men en 2012: con haber filmado la vida y pasión de Nina Sayers le basta y sobra. Por ahora.

Demonios oscarizados
Por mucho que Black swan consiga impactar a su audiencia y ganar bonos para su director dentro de la industria, su futuro en los Oscar 2011 está nublado: aunque la Academia tiende a favorecer los filmes dramáticos y las situaciones catárticas a la hora de repartir los premios, el menú ofrecido por Aronofsky y compañía tal vez resulte demasiado ácido a unos votantes que con mucho premiarán a Nathalie Portman por todo lo sufrido en pantalla.

Al verla moverse ligerísima y en puntas de pies a los sones de la partitura de Tchaikovsky, uno recuerda otras célebres transformaciones físicas que se han llevado el Oscar, desde DeNiro en Toro salvaje (ver texto principal) hasta Charlize Theron en Monster; Hillary Swan en Million dollar baby y Nicole Kidman en Las horas.

Una tradición que seguramente continuará este año con Christian Bale, por su papel en la cinta sorpresa de la temporada: The fighter. Tal como hizo hace unos años en The machinist, Bale bajó una sorprendente cantidad de kilos para interpretar al hermano adicto y fracasado del protagonista (Mark Wahlberg), y lo más probable es que lo honren como mejor actor secundario.

Lo que no tendría nada de misterioso: el esquema de The fighter es muy parecido al de Black swan: un boxeador amateur debe vencerse a sí mismo camino a convertirse en profesional; sólo que, en este caso, los demonios que alimentan la historia están contenidos. ¿Será el precio a pagar por una estatuilla dorada? Tal vez.