La leyenda de Richard Yates se sigue acrecentando. Acaba de publicarse en español Una providencia especial, en que cuenta su paso por la II Guerra Mundial y hace un terrible retrato de su madre. Muerto hace 20 años, con cada novela rescatada del olvido su nombre se instala como un clásico del siglo XX.

  • 19 julio, 2012

La leyenda de Richard Yates se sigue acrecentando. Acaba de publicarse en español Una providencia especial, en que cuenta su paso por la II Guerra Mundial y hace un terrible retrato de su madre. Muerto hace 20 años, con cada novela rescatada del olvido su nombre se instala como un clásico del siglo XX. Por Marcelo Soto

El 7 de noviembre se cumplen 20 años de la muerte de Richard Yates. En dos décadas el autor norteamericano pasó de ser un nombre olvidado a una de las vigas maestras de la narrativa del siglo XX. Así de simple, así como suena.

Veamos. Yates nació en Nueva York en 1926, sus padres se separaron cuando tenía tres años y entonces quedó a cargo de su inestable y alcohólica madre. Se convirtió en un niño mimado y cuando le tocó participar en los meses finales de la Segunda Guerra Mundial, al poco tiempo cayó enfermo de tuberculosis. Pasó una larga temporada en hospitales, mientras sus compañeros eran heridos o muertos en acción. Nada muy heroico, nada para contar a los nietos.

Terminado el conflicto se quedó un tiempo en Francia y en 1953 volvió a Estados Unidos. En 1961 publicó su primera novela, Vía revolucionaria, que fue recibida como una obra magistral, aunque no logró el éxito. Tampoco lo hizo su segunda novela. Siguió publicando grandes libros, sin lograr más que el reconocimiento de sus pares. Se fue hundiendo en el alcoholismo y sufrió varias crisis nerviosas. Fue profesor en Iowa, Boston y Nueva York, pero la fama literaria nunca llegó. Murió en 1992 y pocos periódicos dieron la noticia.

Aunque fue reivindicado por escritores como Carver y Ford, recién en 1999 comenzó a salir del ostracismo, gracias a un ensayo de Stewart O’Nan en Boston Review que se preguntaba: “¿por qué las obras del gran escritor de la Edad de Ansiedad dejaron de publicarse?”. Y agregaba: “Éste es el misterio de Richard Yates: ¿qué hizo posible que un escritor tan respetado, e incluso muy querido por sus pares, un escritor capaz de conmover tan profundamente a sus lectores, cayera tan pronto en el olvido y dejara de editarse tan rápidamente? ¿Cómo es posible que un autor cuyo trabajo definía el desvarío de la Edad de la Ansiedad tan diestramente como Fitzgerald lo hizo con la Era del Jazz, un autor que influyó en los iconos literarios estadounidenses como Raymond Carver… un autor tan rotundo y franco en su prosa y en la elección de los caracteres, pueda tan sólo encontrarse hoy clasificado en el fondo polvoriento del nivel más bajo de la sección de ficción de tiendas de libros de segunda mano? ¿Cómo puede ser que nadie lo sepa? ¿Cómo puede ser que nadie haga nada por solucionarlo?”

Luego de ese artículo comenzó a correr como una bola de nieve el nombre de Yates. Cuatro años después Blake Bailey publicó su primera biografía: Una honradez trágica. Sus novelas comenzaron a reeditarse y ya era imposible que el mundo no se diera cuenta de lo obvio: Yates era un maestro. La guinda de la torta –una guinda más bien desabrida y esponjosa, pero llena de color y caras bonitas– fue la adaptación al cine de su primera novela, por el director Sam Mendes con Leonardo DiCaprio y Kate Winslet. Se estrenó el 26 de diciembre de 2008. Mala fecha: las festividades no van bien con el desgarro interior que cruza a esta novela y a toda la obra de Yates. Y la película, digamos las cosas como son, no le hacía honor al libro. Todo lo que en el relato escrito era sutil, insinuante, en la pantalla se volvió grotesco, vulgar. Sucede que Yates maneja como nadie la cuerda floja: puede hablar de patetismo sin ser patético y de histeria sin ser histérico. Puede ser retorcido pero no siniestro, brutal sin caer en lo sicótico y demoledor pero no incompasivo. Yo, al menos, no conozco a nadie que lo haga como él.

Droga dura
Los libros de Yates han llegado en cuentagotas al mercado español, pero lo poco que llega se agota rápido. Lo saben en librerías como Metales Pesados, donde cada novela suya recién redescubierta se recibe como una nueva revelación. Leerlo es casi adictivo. Basta leer dos o tres frases y ya está: no puedes dejarlo hasta el final. Y como las drogas, deja una especie de resaca. Sin embargo, el hangover no dura demasiado porque pronto ya queremos leer otra cosa de Yates. ¿Existen los fanáticos de Yates? Probablemente. Y todos siguen religiosamente las temporadas de Mad Men.

En mi caso, el primer libro de Yates que cayó en mis manos fue Once tipos de soledad, que me prestó un amigo. Posee unos relatos estupendos, pero lo que realmente fue un batatazo en la cabeza fue la lectura de Vía revolucionaria, a la que llegué tras encontrar una reseña –cómo no- de Rodrigo Fresán.

El título engaña: Vía revolucionaria no tiene nada de revolucionaria. Es incluso conservadora en su forma. La prosa es cuidada, pero no preciosista. No hay experimentos, ni una pizca de monólogo interior ni corriente de la conciencia. Nada de Joyce, nada de Proust. Más que los personajes –que son inolvidables– lo que impresiona es la arquitectura, cómo Yates levanta una catedral avanzando poco a poco, ladrillo a ladrillo. Y lo que construye es nada menos que la novela definitiva sobre la manera en que los anhelos chocan con la realidad, cuando nos damos cuenta de que no tenemos talento ni somos tan simpáticos ni tan ingeniosos ni tan queribles. ¿Qué nos queda, entonces? Hay dos o tres opciones, y de eso trata la novela. Puedes hacerte el loco o morir o seguir como si nada.

Luego de Vía revolucionaria, otro amigo me prestó viejas ediciones de Desfile de pascua (absurdamente titulada como Las hermanas Grimes en una reciente edición de Alfaguara) y El salvaje viento que pasa, que probablemente sean de lo mejor y de lo peor que ha escrito Yates respectivamente. Aunque decir eso puede ser engañoso: El salvaje viento… no es mala. Incluso, si fuese de otro autor, diríamos que es una joya. Yates nos malacostumbra.

Si Desfile de pascua es una magnífica, perfecta, estupenda novela sobre dos mujeres corrientes que llevan a cuestas demonios particulares, El salvaje… es una descripción de los monstruos que deja salir el alcoholismo. Una recrea, la otra enumera. Una se eleva, la otra se sumerge. Lo que las une –y que se expresa en otros títulos del escritor- es esa constatación de que todas las personas infelices viven su infelicidad de manera única. Ninguna tragedia personal se parece a otra. Todas las vidas comunes esconden una derrota especial. Un diamante que no fue descubierto. Allí está la belleza de todo.

Dos novelas extraordinarias
Menos conocidos que Vía revolucionaria y Desfile de pascua, hay dos libros que no tienen la relevancia que merecen y que deberían figurar entre lo mejor de su carrera: Cold spring harbor (1986) y Una providencia especial (1969). La primera fue la última que publicó en vida y llegó en una edición española hace apenas tres años. Aquí el estilo Yates alcanza la maestría. Un párrafo puede describir una vida. Al autor, sin embargo, no le importa el resumen de lo que fue sino el detallado proceso de lo que no pudo ser. Los deseos son los que tienen significación.

Si Cold spring… es una obra madura, Una providencia especial, en cambio, es una novela difícil, insegura. La publicó después del éxito de crítica de Vía revolucionaria y fue un pequeño fiasco. Fuertemente autobiográfica, en ella aparecen retratados su paso por la Segunda Guerra y la relación con su madre. Robert Prentice, el protagonista, es un chico débil. Ha desarrollado una ligazón obsesiva, tortuosa, con su mamá alcohólica. Una mujer con ínfulas de artista cuyo único talento es la facilidad de endeudarse y vivir de ilusiones. Llega a ser insoportable en su falta de realismo, que es una forma de ser egoísta y desconsiderado.

Robert, por su parte, es un muchacho inseguro, tontorrón. Apenas llega al frente europeo, sufre neumonía y pasa el resto del conflicto en agradables hospitales y centros de convalecencia. Igual que su madre, a quien adora y detesta, tiene un lado irreal, fanfarrón, deshonesto. Su artificialidad lo lleva a cometer un acto de puro infantilismo que provoca una tragedia.

Como se ve, no son personajes entrañables. Por el contrario, generan antipatía y desprecio. ¿Pero quién no?

De nuevo, estamos ante la vida de los suburbios, los sueños estropeados, el alcohol, la mediocridad, las familias unidas a costa de golpes. Podría ser la misma novela que Yates ha escrito una y otra vez… sin embargo, no es así. Hay un destello nuevo en esos personajes. La belleza de los caídos nunca brilla de la misma manera.