A propósito de la efeméride del 9 de julio, algunas reflexiones históricas sobre el símbolo patrio y su repercusión en la vida del país. por Alejandro San Francisco

  • 5 julio, 2012

A propósito de la efeméride del 9 de julio, algunas reflexiones históricas sobre el símbolo patrio y su repercusión en la vida del país. por Alejandro San Francisco

Uno de los momentos más recordados de toda la historia de Chile se produjo el 21 de mayo de 1879. En esa jornada Arturo Prat, el héroe nacional por excelencia, ofrendó su vida por el país. Como capitán de la Esmeralda arengó a sus huestes que se enfrentaban a un enemigo más poderoso. Sus palabras resuenan hasta hoy: “¡Muchachos: la contienda es desigual! Nunca nuestra bandera se ha arriado ante el enemigo, espero pues que no sea esta la ocasión de hacerlo. Mientras yo esté vivo, esa bandera flameará en su lugar, y os aseguro que si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber. ¡Viva Chile!”.

Utilizar la bandera como símbolo no era una cuestión gratuita, sino que formaba parte de la tradición chilena, tanto en el ámbito civil como en el militar. Era una costumbre del siglo XIX, comenzada y desarrollada en un proceso de consolidación de la nación que tuvo diversos momentos relevantes y circunstancias que facilitaron el desarrollo del patriotismo entre los chilenos. Uno de esos medios fueron los símbolos nacionales, entre los cuales la bandera pasó a tener un lugar privilegiado.

A partir de 1810 se comenzó a producir una serie de cambios que finalmente derivarían en la independencia de Chile: reglamentos constitucionales, prensa, libertades, nuevos conceptos políticos. Una de las transformaciones principales se dio en lo que se ha llamado “la revolución simbólica”, como le han llamado Trinidad Zaldívar y Macarena Sánchez, como parte del proceso de formación de la nación.

En ella se incluyen las escarapelas, la bandera y el escudo nacional. Ya en 1812 hubo una primera bandera con líneas horizontales blanca, azul y amarilla, que luego fue sustituida por otra similar, pero que ponía el color rojo en reemplazo del amarillo.
Finalmente, en 1817, un decreto estableció la bandera definitiva, que se divide en dos franjas horizontales, la de arriba azul y blanco, y la de abajo roja. Sobre el cuadrado azul, ubicado a la izquierda superior de la bandera, una estrella blanca de cinco puntas, que lleva a conocer el símbolo como “la bandera de la estrella solitaria”. Es la bandera que estuvo presente en la ceremonia de juramento de la independencia, registrado en el famoso cuadro de Pedro Subercaseaux.

Entre medio hubo problemas que ilustran los cambios que se estaban produciendo. Después de la derrota patriota en la batalla de Rancagua se produjo una restauración de la monarquía. Como señala José Zapiola en sus Recuerdos de treinta años, Santiago apareció rápidamente cubierto de banderas españolas: “estas banderas eran flamantes, pues antes de 1810 no había costumbre de usarlas con generalidad”, concluye el memorista.

En el siglo XIX sería distinto, y los gobiernos se preocuparon por popularizar los símbolos nacionales, exigir el izamiento de la bandera en los momentos patrios más solemnes, como el 18 de septiembre, así como difundir su valor en las escuelas y las Fuerzas Armadas. Un claro ejemplo que refleja esto es el cuadro de Rugendas, Llegada del presidente Prieto a la pampilla, en el que se puede apreciar al gobernante que arriba a la masiva fiesta patriótica, ilustrada con banderas en ambos extremos de la pintura.

Entonces la bandera se convirtió en un símbolo, no sólo por los decretos que regulaban sus dimensiones, colores y uso, sino también porque fue permeando en la sociedad chilena. Como explica Jorge Rojas Flores en Moral y prácticas cívicas de los niños chilenos, 1880-1950, los recursos usados por el Estado para promover el amor patrio eran muchos, y entre ellos podemos destacar el juramento semanal que hacían los niños ante la bandera. Por otra parte, en muchas escuelas los pequeños solían recitar, como parte de su formación patriótica, poemas como Al pie de mi bandera, de Víctor Domingo Silva: “¡Ciudadanos!/ Que no sea la bandera en nuestras manos/ Ni un ridículo juguete, ni estúpida amenaza / Ni un hipócrita fetiche, ni una insignia baladí. / Veneremos la bandera /Como el símbolo divino de la raza;/ Adorémosla con ansia, con pasión, con frenesí”.

Hoy el contexto es distinto, e incluso el lenguaje puede sonar lejano o rebuscado; pero el símbolo, a doscientos años del comienzo de su historia, sigue conservando otros medios de perpetua vigencia.

Corolario de símbolos
Este 9 de julio, como cada año en la misma fecha, el Ejército realizará su juramento a la bandera. Los jóvenes dirán solemnemente “juro por Dios y por esta bandera, servir fielmente a mi patria”. La fecha, como podemos suponer, no está escogida al azar, sino que corresponde a la batalla de la Concepción en la Guerra del Pacífico, cuando cerca de ochenta chilenos se enfrentaron a las fuerzas peruanas. Conminado a rendirse, el joven Ignacio Carrera Pinto respondió con entereza y convicción: “en la capital de Chile, y en uno de sus principales paseos públicos, está esculpida en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, General don José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno, ni como descendiente de aquél, deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor”. Él y todos sus compatriotas encontraron la muerte, pero dejando para la posteridad un legado de heroísmo que se recuerda cada año en esa misma fecha.

Pero también hay otros momentos importantes de la vida civil en que la bandera recupera su función cívica y su presencia social. Cada 18 de septiembre, la bandera vuelve a tener una presencia importante en la sociedad chilena, en cada hogar, con motivo de las fiestas patrias. Desde hace un par de años también, con ocasión del Bicentenario del 18 de septiembre de 1810, el gobierno del presidente Sebastián Piñera decidió izar una bandera gigante en la Alameda, frente a La Moneda, para dar realce un símbolo de la patria que podría ser visto desde distintos lugares de la capital. En un ámbito elocuente y muy visible, cada partido de la selección chilena de fútbol es una fiesta deportiva y también patriótica, con banderas en el estadio y también en las calles si el resultado es la victoria.

Sin embargo, en el contexto de los bicentenarios, conviene recordar otro ejemplo dramático y notable. Hace poco más de dos años Chile fue sacudido por un terremoto inmenso y un maremoto que provocaron una gran secuela de muerte y destrucción. Hay muchos recuerdos tristes de ese 27 de febrero, pero también hay imágenes conmovedoras. Una de ellas es la fotografía de Bruno Sandoval –que seguramente todos recordamos– levantando una bandera rota y sucia, pero claramente chilena, que rápidamente se convirtió en todo un símbolo de la relación entre el desastre y la nación, entre la bandera y la patria, que nos permiten una interesante reflexión bicentenaria. En primer lugar, se trata de la foto símbolo de la gran tragedia, una especie de llamado: hemos sufrido, estamos agotados, sucios y con nuestras casas rotas, pero Chile saldrá adelante. En segundo término, se convirtió en la foto oficial de la campaña Chile ayuda a Chile, la campaña solidaria más importante asociada a la reconstrucción.

Podríamos agregar también que esa foto recordó a Chile la importancia de su bandera, símbolo de la patria que nacía a la vida independiente hace dos siglos, y que conserva numerosos desafíos para avanzar hacia el futuro.