Este año, la chilena Nicole L’Huillier deberá definir el tema de su tesis de doctorado en MIT Media Lab, emprenderá su segundo vuelo parabólico para probar instrumentos musicales creados para el espacio y pasará dos meses en una residencia artística entre el CERN, ALMA y Paranal. Su tiempo extra lo seguirá dedicando a su proyecto musical como solista y al dúo Breaking Forms.

  • 14 febrero, 2019

“No soy astrónoma ni estudié física”, cuenta la chilena. En realidad es músico de afición –empezó a tocar la batería desde que era chica–, arquitecto de profesión y hoy en día, aunque le cuesta dar con una denominación que englobe su quehacer, podría definirse como “una artista que trabaja en la intersección del sonido, la ciencia y la arquitectura”.

Nicole L’Huillier (33) estudió en la Universidad de Chile y durante años se dedicó a desarrollar proyectos arquitectónicos en horario de oficina, para luego abocarse a la música de noche: formó la banda de pop alternativo Cóndor Jet y organizó festivales como Bellastock. En sus tiempos libres además se fue adentrando en los posibles cruces entre arquitectura y música. “Ante la frustración de tener personalidades múltiples o distintas vetas profesionales, me encontré con el mundo del arte y de las instalaciones. Me interesó la construcción de espacios por medio del sonido, utilizando escalas más pequeñas que las de la arquitectura tradicional, para así generar distintas atmósferas y experiencias”, explica L’Huillier.

Con esa inquietud comenzó a desarrollar exploraciones interdisciplinarias, como ella las denomina, que la llevaron a trabajar con amigos artistas e ingenieros en distintos proyectos. Así formó parte del grupo Los Electros, que realizaron obras de arte y de performances interactivas en las cuales el sonido y la luz eran los materiales principales, pero donde también creaban circuitos o se metían en temas de programación. Al encontrarse con desafíos más técnicos surgió la idea de estudiar un posgrado, lo que además le permitiría dedicar su tiempo en un 100% a la exploración e investigación: “Lo que buscaba era no tener que dedicarme al trabajo cotidiano que pagaba las cuentas, en torno a clientes y con interés comercial, para poder estar dos años construyendo mi carrera profesional en otro tipo de espacio”. No era fácil dar con un lugar donde estas disciplinas convergieran, pero el programa Artes Mediales y Ciencias del MIT Media Lab reunía todas esas condiciones. La artista armó un portafolio, postuló y fue aceptada en el magíster que duró dos años y que dio paso al doctorado que actualmente cursa en el mismo lugar. La arquitecta cuenta que el trabajo en este inmenso laboratorio académico lo componen alrededor de 30 equipos de investigación transdisciplinaria dedicados a estudios aplicados; hay un grupo de robótica y otro que estudia la empatía entre máquinas y humanos, por ejemplo.

El equipo de Nicole se llama Opera of the Future y experimentan con el sonido como arte experiencial: “Utilizamos programas computacionales, pero también hay instrumentos musicales tradicionales. Todos estamos conectados con la música, pero además abarcamos varios temas más: hay expertos en computación y códigos, otros en neurociencia, psicología, mecánica o diseño. Yo me focalizo más en construir mini esculturas o espacios”.

-¿Sigues aplicando tus conocimientos arquitectónicos? 

“Totalmente. Todo lo que hago tiene que ver con la expansión de la arquitectura, disciplina que a veces vemos como algo muy concreto desde lo habitacional, pero si yo hago una instalación, una escultura o armo un instrumento, eso también es arquitectura”.

Instrumento cósmico

Uno de los proyectos que concentra la atención de la artista es el Telemetron, instrumento musical que desarrolló junto a Sands Fish, compañero suyo en el MIT Media Lab, y que está diseñado específicamente para funcionar en un entorno sin gravedad mediante campanas giroscópicas que se encuentran suspendidas dentro de una cámara de plexiglass y acero inoxidable. A través del movimiento, el Telemetron transmite información que se traduce en tonos musicales. El instrumento ya fue probado en noviembre de 2017 en un vuelo parabólico, que es un viaje especial que se usa generalmente para entrenamiento de astronautas y en el cual un avión especialmente habilitado desciende de forma de conseguir un estado similar al de la caída libre, para así simular el efecto de microgravedad. Este año la idea es volver a volar para testear otros instrumentos en cuyo diseño se encuentran trabajando actualmente.

-¿Estos podrían funcionar en conjunto con el Telemetron como una banda espacial?

-Esa es la idea. Ahora tenemos otro vuelo programado para testearlos en gravedad cero, y ahí vamos a probar otros tres instrumentos nuevos y la idea es que se genere esta especie de instrumentación como orquesta para gravedad cero. Lo interesante es que uno los puede tocar, pero al mismo tiempo, los instrumentos también se pueden tocar solos…

-¿Música que se genera orgánicamente?

-Sí, porque estos instrumentos tienen movimientos propios y un comportamiento físico que arroja datos que luego se convierten en música, entonces al estar flotando van a empezar a encontrar sus propias gestualidades corporales y eso los mueve a interpretarse a sí mismos.

-¿Y cuál sería la diferencia con un robot?

-Es un tanto poética. Nadie escribió un código para el comportamiento del instrumento, pero este tiene ciertas potencialidades y posibilidades de movimiento. El medioambiente mismo genera que los elementos floten y que la materia cobre “vida”. En ese sentido es similar a la robótica, pero en este caso no hay un código duro, sino características que potencian ciertos movimientos que después el instrumento va a encontrar solo.

-¿Se va generando una autonomía sobre la base de la experiencia?

-Claro. Eso me parece interesante; la experiencia de cómo algo no humano logra construir su propia identidad y expresión.

Residencia y doctorado

En los próximos meses, L’Huillier deberá definir cuál será el tema de la investigación de doctorado que desarrollará bajo la tutoría del profesor Tod Machover, director del grupo Opera of the Future y quien también fue su guía de magister. Machover es compositor y tecnólogo, una verdadera eminencia que llegó al Media Lab cuando este se formó en 1985 y que se ha especializado en obras de gran escala, como óperas de robots o city symphonies. En grandes rasgos, la músico nacional define su materia de estudio como la “performatividad de todo” referido al entendimiento del sonido como material de construcción de espacios, identidad y agencias. La artista explica que toda materia tiene capacidad de resonancia e interactúa con su entorno, generando puentes e interconectividades. La filosofía de las vibraciones da cuenta de cómo nuestros cuerpos se ven fisiológicamente afectados por el sonido. “Tenemos nuestro propio ritmo interno, que es nuestro biorritmo, las pulsaciones del corazón o la respiración, pero lo interesante es cómo las vibraciones del universo pasan por nosotros. La energía se convierte de una cosa a otra, las agitaciones del aire chocan contra nuestro oído y se convierten en sonido en nuestro cerebro. Pero un sub bajo también resuena en nuestro estómago y en los fluidos de nuestro cuerpo, entonces tenemos múltiples maneras de escuchar”, cuenta Nicole. Y agrega que nuestro cerebro también tiene diversas maneras de conectar sucesos y la fisiología del sonido afecta igualmente nuestros estados mentales. Determinadas frecuencias pueden condicionar disposición al relajo o el aprendizaje mental.

A mediados de año, Nicole participará de la residencia artística Simetría, programa creado por la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), Atacama Large Millimeter Array (ALMA), el European Southern Observatory (ESO) y la Corporación Chilena de Video, CChV. La residencia es una experiencia conjunta entre Chile y Suiza y se seleccionó a un artista de cada país –Alan Bogana representa al país europeo– para que pasen un mes en la estación del CERN en Ginebra, Suiza, y luego igual período en las instalaciones de ALMA y de Cerro Paranal en Chile. La idea es desarrollar un proyecto artístico que tenga que ver con las distintas escalas que se estudian en estos centros científicos, desde lo más micro que tiene que ver con las partículas, hasta lo más macro, el cosmos. “La idea es visitar estos dos institutos de investigación para conocer a los científicos que trabajan ahí, entender los procesos y los temas de investigación de punta en los que están. Y generar un diálogo enriquecedor en torno a estas dos escalas”, explica L’Huillier.

La estudiante del MIT también forma parte de un grupo de interés extracurricular, un espacio de investigación más informal que se llama Space Exploration Iniciative. Este semestre, L’Huillier va a tomar un ramo de astronomía para profundizar sus conocimientos en la materia y poder sostener conversaciones transdisciplinarias con expertos, en las cuales se logre un mayor nivel de convergencia entre arte y ciencia: “Mi rol es pensar en las potencialidades que tiene la cultura en el espacio exterior dentro de esta nueva era espacial, en la cual todos los avances tecnológicos hacia la exploración están privatizados o son corporativos. En ese sentido se reservan estas situaciones a ciertas elites bien cerradas que van a decidir cómo será la vida allá arriba”.

-Si antes la carrera espacial fue usada como arma durante la Guerra Fría, ahora es capricho de millonarios.

-Totalmente, son dinámicas extremadamente exclusivas de gente con mucho capital que van a ser los únicos que puedan acceder al espacio. El proyecto del Telemetron pretende hablar de cosas que nos interesan a la mayoría de los humanos, conectores como la música, que siempre ha sido un elemento de tejido social. No hay por qué saber ingeniería aeroespacial para poder opinar de música.

-Aterrizar el espacio, paradójicamente.

-Sí, aterrizarlo, diversificarlo y democratizarlo. Hay varios artistas y proyectos que buscan estos fines también para que la cultura que se genere en el espacio pertenezca también a la humanidad.