Por: Francisco Ortega Son las ocho de la noche y el salón más grande de la Corporación Cultural de Las Condes está casi lleno. La mayoría son mujeres. La mayoría bordea los 50 años. “Tengo más lectoras que lectores”, dice Javier Moro (Madrid, 1955), agregando que eso es más conveniente, “porque se sabe que las […]

  • 1 octubre, 2015

Por: Francisco Ortega

escritor

Son las ocho de la noche y el salón más grande de la Corporación Cultural de Las Condes está casi lleno. La mayoría son mujeres. La mayoría bordea los 50 años. “Tengo más lectoras que lectores”, dice Javier Moro (Madrid, 1955), agregando que eso es más conveniente, “porque se sabe que las mujeres compran más libros que los hombres. Además, son mejores en la recomendación boca a boca”.

Luego me aconseja que –como colega escritor– debo hacer lo mismo. Tomo apunte, aunque en verdad no sé si me está hablando en serio. Cuarenta minutos después, la razón a sus palabras la dan tres lectoras que levantan las manos hacia el final de la presentación de A flor de piel (Planeta, 2015), la excusa de la cita y de esta entrevista.

La primera de las mujeres, una señora de unos 65 años, se extiende casi cinco minutos teorizando acerca de lo poderosas que son las protagonistas de El Imperio eres tú (Planeta, 2011), su novela anterior, y cómo eclipsan al personaje masculino. Una muchacha de unos 30 años pide la palabra para referirse a la heroína de Pasión india (Planeta-Seix Barral, 2005), mientras la última, una argentina que debe rondar los 45, le pregunta cómo fue que creó a Isabel Zendal, el personaje principal de A flor de piel. “Es una cuestión que se ha repetido bastante en esta gira; hay mucho interés en Isabel”, dice, sin contestar demasiado, para no matar el encanto de los lectores que recién se sumergirán en el libro.

Javier Moro, que creció coescribiendo libros con su tío Dominique Lapierre, es uno de los nombres fundamentales a la hora de entender la literatura española de los últimos quince años. Su arena no está en la narrativa autoral, por así llamarla, sino en la novela masiva, “aunque yo creo que lo que en verdad hago es historia novelada”, aclara. Con frecuencia se le sitúa entre los best-sellers de la madre patria, junto a María Dueñas, Carlos Ruiz-Safón y Javier Sierra, autores que tienen en común dedicarse al mismo género, “que es el más popular en España y Europa y que tenemos la suerte de que esté de moda desde hace… Hombre, yo creo que desde siempre. De alguna manera, Heródoto y Homero fueron novelistas históricos”.

-No le tienes miedo a la novela comercial.

-Para nada, además, ¿qué es novela comercial? Toda novela publicada por una editorial, grande o chica, es una novela comercial. Si se convierte en éxito de ventas es finalmente azar. Hay novelas que vienen con una tremenda campaña y no pasa nada, y otras a las que el boca a boca las convierte en un éxito.

-La crítica no suele querer mucho a las novelas y a los escritores que venden mucho.

-La crítica hace su trabajo y los escritores el suyo. Es verdad lo que dices, pero en España eso ha ido cambiando. Hubo una camada de críticos que solían despreciar a la novela histórica –aun más que a la de género, como la de terror o ciencia-ficción– por considerarla un mero producto de entretención … Pero esa crítica se ha ido renovando y ahora observo reseñas donde no importa qué tipo de novelas escribas, o si vendes mucho o poco, sino sean buenas.

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-¿Ves el acto de escribir como trabajo?

-Es que lo es. Cuando era joven me creía eso de la musa y la inspiración, y el escritor como un artista complejo. Aún creo que los escritores somos artistas, pero sobre todo trabajadores. La única manera de escribir un buen libro es sentándose frente al ordenador de ocho treinta de la mañana a la una de la tarde y desde las cuatro a las siete, de lunes a viernes. Cuando autores jóvenes me preguntan si hay una fórmula secreta para escribir, les digo: no existe truco, es trabajo.

-Tus novelas son ambiciosas, muy bien escritas pero sobre todo entretenidas…

-Me gusta eso que los editores norteamericanos llaman page turner. El lector contemporáneo tiene tan poco tiempo, los escritores competimos contra tantos estímulos –levanta su iPhone 6 a modo de ejemplo– y finalmente hay tanto libro que leer, que uno debe ser generoso con quienes se sumergen en tus historias; hacerles pasar un buen rato… Me gusta entretener, lograr que mi lector no me deje hasta el final. Por eso escribo capítulos cortos, terminados en alto, precisamente para lograr la emoción en quien pasa de hoja.

-Una técnica muy de best seller norteamericano…

-Pero que yo aprendí de mis lecturas infantiles y adolescentes. Julio Verne, Joseph Conrad, Dumas, Jack London escribían de esa manera, fueron mi escuela. Yo quise ser escritor por ellos… Y por Tintín.

-¿Tintín?

-Sí, fue mi gran escuela de la narración histórica y de aventuras. De niño me devoraba cada aventura suya. Creo que es un clásico contemporáneo y una de las mejores formaciones para quien busca convertirse en escritor. De él aprendí, por ejemplo, la importancia de un buen comienzo. Para mí es vital. Las primeras cincuenta páginas de una novela son las que más reescribo y cambio. A la hora de sentarme ante un libro nuevo, me gusta tener claro el final, pero es el inicio lo que más me quiebra la cabeza. Y pasa que las aventuras de Tintín parten todas de una manera genial.

-¿Novelista histórico o de aventuras?

-Si me haces elegir, me gustaría ser recordado como escritor de aventuras. La aventura es el mayor género narrativo de todos.

 

En busca de Isabel

En 2011, Javier Moro estaba en el jardín botánico del Parque del Retiro en Madrid, durante una de las tantas presentaciones de El Imperio eres tú, cuando llegó a él la historia de Isabel Zendal. “Uno de esos tantos episodios desconocidos, del cual nadie sabía nada y que finalmente era tan grande, y tan increíble, que superaba cualquier ficción”.

Hacia 1803, una plaga de viruela estaba diezmando las colonias americanas del imperio español. Bolivia, Perú, Colombia, México resultaban arrasadas por la plaga y se pidió ayuda a la Corona para detener el mal. Hacía poco tiempo que se había descubierto que ciertas propiedades de la leche de vaca poseían los anticuerpos para parar la viruela y el rey pidió al doctor Francisco Xavier Balmis que preparara un plan.

“Balmis pensó en la descabellada idea de llevar una centena de vacas en barcos a América”, relata con entusiasmo Moro. “Pero era una operación inviable. Entonces aparece en su vida el personaje de Isabel Zendal, una mujer de La Coruña, madre soltera y con un turbio pasado, que administraba un orfanatorio donde había 22 niños. Balmis le ofreció a Zendal la oportunidad de cambiar su vida, iniciando una nueva existencia en un nuevo mundo a cambio de que le permitiera infectar con viruela a esos 22 niños, a los cuales luego inoculó la vacuna para usarlos de estuches de anticuerpos y así convertir a esos huérfanos, que iban de los 3 a los 8 años, en verdaderas bombas biológicas para detener el avance de la enfermedad. No sólo era una quijotada, como nos gusta decir en España, sino un relato fascinante que se ganó mi obsesión y hoy es la novela que tienes en tus manos”.

-Un plan tan descabellado que funcionó…

-Que es lo más increíble de todo. Y creo que ésa es la razón por la cual este episodio es desconocido en España. Fue la epopeya sanitaria más exitosa de la historia moderna de la medicina. De haber sido un fracaso estaría en todos los libros, porque la historia se escribe de tragedias, no de victorias; a menos que sean victorias militares. A eso hay que agregar la época. Entre 1803 y 1808, el imperio español estaba en decadencia, pronto entraría Napoleón y comenzaría el proceso de emancipación de las colonias de ultramar… como Chile. Una etapa tan potente en lo social y lo político, que cubrió esta hazaña y la condenó a dos siglos de silencio.

-¿De verdad nadie conocía este hecho?

-Realmente. Por eso tardé tanto en escribirlo. Cerca de cinco años. Me gusta investigar. Disfruto hacerlo. Viajar, entrevistar gente, buscar libros antiguos, usar internet; pero en este caso fue un calvario. Escritos breves, muchas versiones distintas, fuentes escasas. Todo demoró mucho y varias veces estuve tentado a dejar el tema. Sucede que me siento más cómodo narrando la historia que ficcionándola. Básicamente, porque creo que la historia en sí es suficientemente emocionante como para tener que inventar. Y yo invento lo justo y lo necesario para crear lazos entre las distintas partes de una narración, pero en este libro me vi obligado a ser más escritor que en mis anteriores trabajos. A flor de piel es con ventaja la más “novela” de mis “novelas”.

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-¿Quién era Isabel Zendal?

-Imagina, una madre soltera en la España de inicios del siglo XIX. Una paria de la sociedad. Rechazada y marginada, condenada a cuidar a un grupo de huérfanos, incluido su hijo natural. Una mujer que se enamoró del hombre equivocado y al cual otro hombre equivocado llevó en una misión casi imposible, que la terminó convirtiendo en una adelantada para la época. Una mujer valiente y aguerrida en tiempos en que esos adjetivos eran básicamente masculinos. Isabel fue la primera enfermera moderna de la historia, por mucho que el relato oficial le dé ese cargo a la norteamericana Florence Nightingale.

-Otra mujer fuerte en una carrera literaria marcada por mujeres fuertes.

-Me siento cómodo narrando desde la perspectiva femenina. Me interesa la mujer, mucho, pero sobre todo me parece muy útil en esta obsesión mía de escarbar el peso del pasado. El rol de la mujer en los siglos previos al veinte era muy limitado, eso las hizo más fuertes y más complejas. O si se prefiere, con más dimensiones que nosotros los hombres, que vale, siempre hemos sido muy básicos… Me gusta creer en la mujer como héroe, no como heroína.

-¿Te interesa el peso del pasado?

-Es mi tema, mi obsesión. Es el peso del pasado el que nos permite ver el presente. España, por ejemplo, no ha cambiado en nada en los últimos doscientos años, sigue siendo un imperio destruido que mira hacia atrás. A flor de piel nos conduce a temáticas de corrupción política y de oscurantismo de parte de la Iglesia católica, que son los mismos que yo veo en mi país… y en el tuyo, tras mirar las noticias en televisión. Sin el peso del pasado, no podemos mirarnos al espejo. Y en mi caso particular, sin el peso del pasado no tendría tema escritural. •••