Cuando uno recorre por primera vez los caminos interiores de La Araucanía, debe preocuparse de conducir cuidadosamente porque cualquier bache o curva puede hacer salir el auto del camino, lo que no permite tener mucha preocupación por el entorno. Pero cuando se viaja varias veces por esas rutas, se advierte un paisaje único: aparecen las araucarias, los campos verdes, los volcanes, los lagos, los pellines, los dihueñes.
Por Pedro Claro, gerente de desarrollo de Energía Llaima
Foto: Verónica Ortíz

  • 20 diciembre, 2018

La Araucanía es así, se puede transitar por ella viéndola pero no observándola. Lo vivido este año, donde hay muchas miradas pero pocas observaciones, tiene mucho que ver con eso.

Es muy difícil avanzar en solucionar los problemas que tiene La Araucanía sin conocer el mundo mapuche. Hay un pueblo que defendió tres siglos algo que no era tangible, que no eran pirámides ni templos, sino una forma de ver la vida y una rica fuente de filosofía. Un ejemplo, el primer pronombre mapuche es INCHE, que quiere decir “todo dentro de uno”. Significa que nuestros antepasados, el lugar del que venimos y la naturaleza forman parte de ese yo. Las personas no nacen siendo personas, sino que se hacen alimentando el equilibrio que contiene ese INCHE. Qué distinta es a nuestra mirada antropocéntrica, donde somos los que dominamos la naturaleza y podemos hacer y deshacer a nuestro antojo. En la mirada mapuche, por el contrario, el peso específico que tenemos es el mismo que una piedra. Por ende, hacer una intervención en esa relación de equilibrio puede hacer enfermar a la tierra y como consecuencia nos enfermarnos a nosotros mismos.

En segundo lugar, tenemos que avanzar mucho en el reconocimiento, que va mucho más allá del constitucional. Debemos dotar de voz a los distintos territorios, que se cuente su historia, que se rescate y reconozca a las autoridades ancestrales. De esa forma se combatirá la industria del conflicto, anquilosada sobre la base de desconfianza histórica, mezclando la reivindicación indígena con una agenda política anticapitalista. Si los distintos territorios tuvieran recompuesto su tejido social esas manifestaciones serían marginales.

En tercer lugar, somos comentaristas de lo que está pasando. Pero debemos darnos cuenta de que somos también los protagonistas: lo que pasa en el sur nos corresponde a todos. Somos el país líder del “hay que”. Esperamos que el otro lo haga y si lo hace mal viene una lluvia de críticas, aún más, esperamos la equivocación del que hace para alimentar nuestra justificación de no hacer nada. Guste o no, tenemos una responsabilidad que tenemos que asumir porque nuestro país es el que sufre. Eso es lo que ha ocurrido las últimas semanas con el caso Catrillanca, sin duda doloroso. Sin embargo, nos hemos habituado a verlo desde la perspectiva policial cinematográfica, que poco ayuda a su solución.

La invitación es a conocer esa Araucanía, aventurarse a su riqueza desde otra mirada, pasando tiempo libre en sus recovecos, conversando con su gente, dejarse de prejuicios y reconocer en el otro, un igual. De esa forma las soluciones vendrán por osmosis, los problemas no serán tan graves y, de paso, descubriremos una riqueza para nuestro querido país.