El deporte mundial lleva 50 años combatiendo el dopaje en el alto rendimiento, y ha fracasado rotundamente.
Hoy cabe preguntarse si es mejor seguir negando lo evidente o asumir que el desarrollo de la ciencia nos ha llevado a la competencia de atletas genéticamente modificados. Sin caretas. Por Michael Boys.

  • 2 agosto, 2012

El deporte mundial lleva 50 años combatiendo el dopaje en el alto rendimiento, y ha fracasado rotundamente.
Hoy cabe preguntarse si es mejor seguir negando lo evidente o asumir que el desarrollo de la ciencia nos ha llevado a la competencia de atletas genéticamente modificados. Sin caretas. Por Michael Boys.

Florence Griffith-Joyner murió mientras dormía, a la edad de 38 años. La autopsia oficial anotó como causas del deceso una crisis epiléptica, presuntamente provocada por una malformación cerebral.

Diez años antes, Griffith-Joyner impactó al mundo del atletismo ganando sin oposición los 100 y 200 metros planos de los Juegos Olímpicos de Seúl, con records mundiales que se acercaban a las marcas masculinas. Poco después de la cita en Corea del Sur, “Flo-Jo” se retiró. Sus plusmarcas no han sido siquiera amenazadas desde entonces.

Lo que pudiera ser una de las tantas gestas olímpicas es, en cambio, una de las historias más sospechosas del deporte mundial. Griffith-Joyner se llevó a la tumba la verdad sobre su explosivo crecimiento muscular y mejora de rendimiento en ese año olímpico –bajó sus marcas personales en 0.47 y 0.62 segundo en los 100 y 200 metros, respectivamente– y su muerte no hizo más que salpimentar las tesis de un dopaje sistemático y no detectado de la atleta.

Menos suerte tuvo Ben Johnson, esa recordada masa de músculos y ojos inyectados que en los mismos Juegos ganó el oro del hectómetro con alucinantes 9,79 segundos, pero debió devolver la presea cuando el control obligatorio a los medallistas arrojó positivo por stanozolol, un esteroide anabolizante. El canadiense Johnson admitió que consumió esteroides desde 1981 y fue suspendido de por vida después de un segundo “positivo”, en 1993.

Y qué decir de los miles de deportistas del antiguo bloque comunista que murieron, sufrieron graves enfermedades o debieron cambiar de sexo por el uso sistemático de drogas para mejorar su rendimiento y mostrar la superioridad de sus países durante las Olimpiadas de la Guerra Fría. Si los griegos consumían setas, hierbas y hasta testículos para aumentar su fuerza física en los Juegos Olímpicos de la Antigüedad, ¿por qué no hacerlo en la era moderna?

Un gato y miles de ratones
Diversos estudios científicos han mostrado que por cada caso de dopaje detectado en los controles hay entre 70 y 100 que no arrojan pistas suficientes para los actuales sistemas de detección, comandados por la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y las federaciones deportivas internacionales. No sólo eso: los mecanismos de control van entre ocho y diez años atrás de las nuevas técnicas de alteración ilegal del rendimiento deportivo.

Un estudio de la Universidad de Coventry, Reino Unido, comprobó que el dopaje es la mayor corrupción en el deporte, pese a las ingentes inversiones realizadas para combatirlo. Analizando 2.089 casos de la década 2000-2010, la investigación develó que la relación de probabilidad entre el dopaje y cualquier otra actividad ilegal en el deporte, como el arreglo de partidos o el pago de “incentivos”, es de 60-1. Y eso, con los casos conocidos.

Desde que la autopsia del danés Kruth Jenssen, muerto durante la competencia de ciclismo de los Juegos de Roma 1960, mostrara un alto consumo de anfetaminas, el Movimiento Olímpico se dio cuenta de que no podía seguir tapando el dopaje con la escuálida sombra del juramento que hacen atletas, entrenadores y jueces antes de participar en la cita de los cinco anillos.

Así se fueron incorporando diversas técnicas, cada vez más sofisticadas: de la orina a la sangre; de la sangre a los controles sorpresa; de los controles sorpresa a la presunción de culpabilidad si alguien no se presenta; de la presunción de culpabilidad al establecimiento de parámetros “normales” para humanos… Y la lista de sustancias prohibidas crece y crece.

Atrás quedaron los años en que varios reputados deportistas chilenos corrían hacia los cerros de San Carlos de Apoquindo huyendo de los controladores. Hoy, todos los deportistas de élite consumen sustancias no producidas naturalmente por sus cuerpos

Atrás quedaron los años en que varios reputados deportistas chilenos corrían hacia los cerros de San Carlos de Apoquindo huyendo de los controladores. Hoy, todos los deportistas de élite consumen sustancias no producidas naturalmente por sus cuerpos, hasta llegar a las fronteras permisibles, y el que los traspasa se “borra” por un tiempo, hasta que su cuerpo esté limpio nuevamente.

hasta llegar a las fronteras permisibles, y el que las traspasa se “borra” por un tiempo, hasta que su cuerpo esté limpio nuevamente. En resumidas cuentas, existe la percepción de que quien sale pillado fue por descuidado o, simplemente, por gil.

Y es que el dopaje se ha tornado prácticamente invisible. Uno de los ejemplos más dramáticos es el del dopaje sanguíneo en el ciclismo: en periodos de preparación, cuando la sangre de los ciclistas posee altos índices de eritrocitos (glóbulos rojos, encargados de portar el oxígeno a los músculos), ésta se extrae y almacena en grandes cantidades, que luego regresan al cuerpo del deportista durante las competencias (cuando los eritrocitos bajan por el esfuerzo). Indetectable para los métodos tradicionales: es la propia sangre de los competidores.

La reacción siempre tardía de los organismos de control decidió establecer límites máximos para la eritropoyetina, la hormona encargada de estimular la producción de los eritrocitos. Cayeron algunos. Entre ellos, el ilustre ganador del ciclismo de ruta en Londres 2012, el kazajo Alexander Vinokourov. Pero la policía francesa fue más allá y decidió hacer redadas en los hoteles para incautar bolsas con sangre y detener a sus portadores. El mensaje: si el deporte no puede con los tramposos, la Justicia se hará cargo.

La nueva frontera: los genes
El mapa del genoma humano, culminado en 2003, marcó el inicio de una nueva era en la investigación científica. Y también abrió una nueva puerta a los tramposos.
Se calcula que la medicina ha aplicado unas 5.000 terapias genéticas para diversas enfermedades, de manera experimental y controlada. Sin embargo, su uso informal se estima muy alto y peligroso, y el deporte de alta competencia es uno de los principales sospechosos.

El ADN modificado de un deportista es indetectable para cualquier sistema de control convencional, incluso los que se implementarán en el próximo ciclo olímpico. “Hoy no puede probarse. No sabremos si un atleta genéticamente modificado gana los 100 metros planos en Londres, al menos de manera inmediata”, dijo el bioético inglés Andy Miah a una investigación de la agencia AFP. Lo complementó el médico estadounidense Don Catlin, fundador del mayor laboratorio antidopaje del mundo: “estamos preocupados porque, teóricamente (el dopaje genético), es posible. Conocemos gente que lo intentará, o que probablemente lo esté intentado ya”.

Las soluciones, por el momento, son altamente ineficientes y cada vez más costosas: 5.000 controles en los Juegos Olímpicos, biopsias musculares y hasta mapeos sanguíneos y genéticos regulares a los deportistas de élite, para la detección de anormalidades. Las autoridades aseguran que en Londres 2012 ningún medallista estará dopado y, por si acaso, sus muestras se retienen por ocho años, a la espera de nuevas técnicas de detección.

No es un triunfo, sino apenas un control de daños.
Aun dando el beneficio de la duda a los actuales competidores, ¿cómo impedir que jóvenes deportistas se sometan a terapias genéticas en tempranas etapas de su desarrollo y consigan con eso la milésima o el centímetro de diferencia que los hará campeones? En el mundo ultracompetitivo del deporte rentado, incluso los padres y entrenadores estarán tentados de hacerlo, en la medida que se masifique el uso de estas herramientas terapéuticas.

Cuando comenzó a hablarse del dopaje genético y su invisibilidad, a principios de la década pasada, la ciencia ficción pensó en apoteósicas escenas de atletas cuyas rodillas estallaban en plena carrera, incapaces de resistir la fuerza de músculos hipertrofiados e hiperexplosivos.

Quizás no llegue a tanto, pero los fenómenos deportivos son vistos cada vez con mayor escepticismo: cayeron los ciclistas Lance Armstrong y Alberto Contador, multiganadores del Tour de Francia; se retiró a los 24 años el nadador australiano Ian Thorpe, eterno sospechoso, después de amasar una fortuna y sumar cinco medallas de oro olímpicas; y muchos se preguntan cómo llegaron tan rápidamente a la cima el tenista Rafael Nadal o el velocista Usain Bolt.

La dimensión ética
Tal como las drogas en la sociedad moderna, el dopaje fue perseguido en sus orígenes porque dañaba tres dimensiones del deporte: la salud de los atletas, la integridad de la competencia y la imagen que ésta proyecta, principalmente a los más jóvenes.

Sin embargo, los avances científicos han permitido que los riesgos para la salud de los deportistas sean hoy mínimos o nulos, en las dosis correctas. Desde otro punto de vista, mantener el velo de ilegalidad sólo ayuda al mercado negro y al uso irresponsable. En otras palabras: si se acepta el tratamiento genético como beneficioso para la salud de la humanidad, ¿cómo rechazar de plano su aplicación en la práctica deportiva?

El segundo aspecto, la integridad de la competencia, también ha comenzado a tambalear. Si los nadadores mejoran sus trajes, los ciclistas utilizan bicicletas más livianas y cascos aerodinámicos y los atletas modifican sus zapatillas, ¿por qué la asistencia de la

A los 24 años se retiró el nadador australiano Ian Thorpe, eterno sospechoso, después de amasar una fortuna y cinco medallas de oro olímpicas; y muchos se preguntan cómo llegaron tan rápidamente a la cima el tenista Rafael Nadal o el velocista Usain Bolt.

ciencia al cuerpo no es validada? En las disciplinas de motor, las innovaciones tecnológicas se van incorporando al deporte y regulando, para preservar la igualdad en las condiciones. ¿Por qué no hacerlo también con la “máquina” humana?

Así, en la carrera contra el dopaje sólo queda en pie la última valla: la de la dimensión ética. Cegadas por el sol de la estéril lucha contra las sustancias prohibidas y la persecución de los tramposos, las autoridades deportivas poco han hecho por la educación en valores que entrega el deporte, desde la cancha de barrio al Estadio Olímpico de Londres.

Abierta esta discusión sobre el mensaje de la deportividad y la actividad física, su beneficio para la formación integral y el desarrollo humano, quizás el gran campo de juego se traslade de la ciencia a la conciencia. Entonces habrá alguna opción de ganar la guerra contra el dopaje.