La huelga de seis días de los 17 mil trabajadores de Walmart evidenció, entre otros, el problema de la automatización en la economía. En la cadena de supermercados se trataba de la “multifuncionalidad” de los trabajadores en procesos relativos a la distribución y venta de bienes. El fenómeno va, empero, más allá y sus dimensiones son colosales.

Como aplicaciones de gestión de productos, máquinas en los comercios, en las siembras y cosechas, en el transporte, como computadoras capaces de procesar datos a gran escala y de sustituir en múltiples niveles las acciones inteligentes de los humanos, la automatización es una amenaza gigantesca.

No se ha comprendido el fenómeno en toda su importancia. Hay quienes creen que cabe conjurar el peligro con más derechos laborales, pero esa es una medida muy parcial.

La automatización es una nueva fase de la manera de producción moderna. La modernidad capitalista es, ella misma, el resultado de una revolución científica previa. En virtud de esa revolución, desencadenada por Bacon, Galilei, Stahl, Torricelli y otras cabezas descollantes, la naturaleza y el ser humano pasaron a ser concebidos como hechos senso-perceptibles y calculables. La existencia entera tendió a ser reducida a sus aspectos corporales. Se volvió posible, de esa manera, calcularla y predecir y controlar los fenómenos.

Asentada sobre esta revolución, se instaló la técnica moderna. En un inicio ella fueron los fierros, las grandes máquinas, capaces de producir bienes a una escala nunca vista.

La industria moderna, ya en sus comienzos, significó una inusitada acumulación de capital. Si en toda la historia previa, la humanidad se había arreglado con herramientas para producir, o sea, artilugios a la mano de los productores –gubias, arados, limas, martillos, escuadras, chuzos, etc.– entre los cuales el capital estaba disperso, la técnica moderna generó la industria, la fábrica, la usina, cuyo propietario concentra el capital y queda enfrentado a una multitud de trabajadores, que carecen de capital y resultan subsumidos en la máquina como “fuerza de trabajo” a su servicio.

Eso y una sofisticada tecnología del dinero permitieron que se asentara una división entre dos clases principales, separadas por la tenencia del capital, a las que Marx llamó burguesía y proletariado.

Estas clases expresaban, en su oposición radical, una tensión máxima, que culminaría, anunciaba Marx, en una revolución. La revolución, empero, no llegó, y donde algo parecido llegó, por diversas razones (cuya consideración excede los límites de estas líneas), ella se transformó, a poco andar, en una pesadilla.

Pero siempre el capital, esa fuerza anónima, motivada por el espíritu de predicción y control que anima a la ciencia y la tecnología, siguió avanzando. La tecnología continuó dando pasos y hoy el “maquinismo” pulsa hacia nuevos aspectos de la actividad productiva. Los trabajadores de Walmart se sienten sobrepasados por esas tecnologías. Pero lo mismo está ocurriendo u ocurrirá en muchas otras áreas en las cuales la labor manual o procesos reiterativos dominan sobre la creación y la innovación.

No han visto, entonces, todos los alcances del asunto los que insisten en tratar el conflicto según los criterios que servían para compensar trabajo y capital en la época de las grandes máquinas necesitadas de numerosos contingentes de trabajadores.

Sucede que, si la actividad productiva es una suma de capital y trabajo, la automatización incrementada que estamos experimentando significa, ya ella, que el capital se está potenciando a sí mismo y que el equilibrio entre capital y trabajo se va así descompensando por el lado del capital.

Hay un poder –el de la tecno-ciencia– que, como insuflado de vida propia, se provee de fuerzas y avanza sus posiciones. No hay que esperar algo más para que ese poder altere la relación entre capital y trabajo en su favor. Ese poder autoanimado, esa pseudomágica presencia del capital tecnológico, simplemente se impone. Así, donde antes había trabajadores y capital, ahora hay más: los trabajadores y el capital de siempre, a los que se suma nuevo capital, a saber, las emergentes máquinas que automatizan.

La máquina, en cierta forma, siempre ha contado con procesos de retroalimentación. Esos procesos son los que permiten prescindir del trabajador. Hoy, gracias a la automatización y a procesadores de datos cada vez más sofisticados, la retroalimentación alcanza tan altos niveles de sofisticación que la supresión de humanos en la producción podría dispararse.

En el largo plazo, entonces, la estrategia de fortalecimiento de derechos laborales es irrelevante. Son condiciones de eficacia de los derechos laborales que en la actividad productiva de la que se trate haya trabajadores y que estos tengan una posición de peso. Solo entonces pueden activarse los derechos laborales, la negociación y la huelga. Si la posición de los trabajadores disminuye por el mayor peso de las máquinas (por la automatización), los derechos y la negociación devienen palabras vacías y solo queda la opción de Ned Ludd: romper máquinas.

La única manera eficaz de restablecer el equilibrio es dotar de más fuerza al factor trabajo, proveerlo de incrementada presencia en el proceso productivo mismo.

¿Cómo se dota al factor trabajo de más poder y se compensa, entonces, el poder de las máquinas?

Hay dos modos en los cuales el trabajo puede recuperar su fuerza, que aún son compatibles con una economía libre. El primero consiste en que los humanos se desempeñen en tareas para las cuales las máquinas no están en condiciones de reemplazarlos. Esto importa, al menos, que las labores productivas sean más complejas, al punto de que agreguen valor de modos decisivos a los productos. Una economía eminentemente extractiva y de servicios debe dar paso a una economía más avanzada. Además, es menester que se inculquen en los trabajadores destrezas y saberes diferenciados, difícilmente accesibles a las máquinas. Es decir, es necesario mejorar drásticamente su educación.

La segunda manera en la cual los trabajadores pueden aumentar su presencia en el proceso productivo es mediante mecanismos positivos de distribución del capital; lo que en algún momento se llamó “capitalismo popular”, a saber, la participación de los trabajadores, por diversas vías, en la propiedad de las empresas y sus máquinas.