Por Rodrigo Delaveau
Abogado constitucionalista

Desde hace años que seguimos transitando por una profecía autocumplida: queremos que se cumplan nuestras demandas; si no se cumplen, marchamos y apareceremos en cuanto diario, programa radial y televisivo existe; si éstas son atendidas, diremos que son insuficientes. Obvio: siempre lo serán dado que el día que se cumplan, se pierde la ilusoria mística de “la lucha” y ello sería el desplome del movimiento. Así, lo importante tal vez nunca han sido los objetivos, sino los medios.

En efecto, el gran éxito de un grupo de dirigentes del denominado movimiento estudiantil ha sido convencer a la mayoría del país que los medios son los fines: el fin al lucro, el fin a la selección o al copago. Éstos jamás han sido los objetivos, sino instrumentos para lo que sigue. Ésta es la razón por la que el movimiento estudiantil hace rato que es un movimiento político, en el más propio sentido de la palabra: tiene una agenda, una ideología determinada, confundida y fusionada de ímpetu juvenil del cual se alimenta, sirviéndose de él para idealizar y encantar a sus adherentes, que no descansará hasta eliminar cualquier vestigio del libre mercado en el país. Esto lo dejó claro uno de los dirigentes, al opinar respecto de los proyectos de reforma educacional enviados a la educación: “Es insuficiente su contenido, porque el fin a la selección y al lucro no considera a los colegios particulares pagados. Queremos un proceso de admisión unitario, controlado sólo por el Estado”. En otras palabras, agenda total –o totalizante– ya que responde más bien a una cosmovisión política integral que regula todos los aspectos de la vida de un país.

La cita es reveladora: nos evidencia que aún hay quienes en el siglo XXI sencillamente no creen en el Estado de Derecho, ni en la propiedad privada, ni en una sociedad basada en una esfera de libertades elementales para el individuo, donde el conjunto de transacciones libres –y no el odio– entre las personas sea el motor principal del desarrollo y la superación de la pobreza, así como el derecho a ganarse la vida con el esfuerzo propio, en un marco de libertad de opinión, donde el Estado esté al servicio de la persona humana, y no al revés. Todo eso huele sospechosamente a responsabilidad individual.

Pero ello no debiera escandalizarnos. Es sano que en una sociedad los más jóvenes pidan lo imposible, lo inviable, y –a veces– lo políticamente fracasado, lo económicamente perverso, lo jurídicamente injusto, o lo históricamente derrotado. Ello es connatural a dicha condición: esa energía –como la nuclear– liberada produce estragos y destrucción, pero en condiciones controladas producen grandes beneficios para la sociedad.

La pregunta, entonces, no es por qué los jóvenes son tan radicales (quizás sea bueno que lo sean), sino más bien por qué los adultos somos rehenes de estas consignas; por qué la gente que trabaja –medios incluidos– está de rodillas rendida frente a las demandas de una facción de la sociedad que sólo maximiza su interés. Ello puede ser legítimo, siempre y cuando se comprenda que es sólo una demanda frente a otras iguales o mucho más relevantes, como la capacitación de trabajadores de menores ingresos, mejorar la atención en consultorios, la erradicación de la miseria, el apoyo a la madres que trabajan, la conectividad de las zonas extremas, o la seguridad de los niños en las poblaciones de bajos recursos.

Al final del día, el movimiento estudiantil encarna precisamente lo que El Federalista Nº10 supo describir con claridad: una facción, es decir, un número de ciudadanos unidos y movidos por algún impulso pasional o interés común adverso a los derechos de otros ciudadanos, o a los intereses más permanentes y agregados de una comunidad.

Es la historia política de la humanidad: una facción frente a otras. Pero los héroes en la tradición política chilena no han sido las turbas, sino quienes han sabido enfrentarlas con inteligencia, ponderando el interés individual de las mismas con el Bien Común general. Ello debiera hacernos despertar de nuestra ingenuidad y comenzar a tratar al movimiento estudiantil como facción política que es, sin que esto tenga necesariamente un significado peyorativo. Por el contrario, este nuevo enfoque permitirá una buena dosis de realidad ya que, finalmente, la política es el arte de lo posible, y no un plan ilimitado. Después de todo, nadie está condenado a una permanente adolescencia, donde –respondiendo la pregunta inicial- nunca se está conforme.  •••