En 2014, Nicola Schiess creó el colegio Kopernikus en Frutillar. Los primeros años fueron de “rodaje” hasta que, en 2015, dieron con la fórmula que define su malla académica: educación creativa y pensamiento crítico. Este año, la empresaria creó Kopernikus Lab para asesorar a otras escuelas que opten por esta corriente: ya están implementando el método en las 13 escuelas públicas de la comuna. “A punto de cumplir seis años, nos emociona que otros colegios hayan reconocido la necesidad de hacer un cambio en la educación chilena”, dice Schiess.

  • 14 noviembre, 2019

Un grupo de 18 alumnos de 6 años mira con curiosidad lo que hace el nuevo profesor de gramática en una escuela pública en Cardiff, Gales: Peter es un DJ que compone melodías con los ruidos que emite gesticulando su boca y garganta. Su oficio es conocido como “DBop”, y a través de ese ejercicio, intentará enseñar a los pupilos los sonidos de las consonantes. Les pide que se levanten, que salgan de sus escritorios, que se sienten en un círculo todos juntos. Él está al frente de ellos con su tornamesa y un micrófono. Mide 1,90 metros, tiene sus brazos tatuados, y los niños, mientras ríen nerviosos, no le sacan los ojos de encima. Comienza por esos días de septiembre el otoño europeo, y aunque la temperatura ya se nota más baja, los niños no sienten frío: usan shorts y poleras manga corta.

Entonces, empieza a rapear: “Dame una o”; “oooo”, responden los menores. “Dame una r”; “rrrrr”, vuelven a gritar. “Dame una p”, “pppp”… y el vinilo comienza a girar.

En 2014, un grupo de académicos de ese país británico comenzó a buscar un método para mejorar la calidad de la educación pública. Buceando entre libros y registros académicos, dieron con el nombre de Paul Collard, director de la fundación internacional Creativity, Culture and Education (CEE), con sede en Newcastle, Inglaterra, que desde el 2004 se dedica a intervenir las salas de clases con métodos que logren enganchar a los estudiantes en su aprendizaje a través de la creatividad. “Los alumnos en general reciben las materias. Pero no están aprendiendo. Están aburridos. Y nuestra meta es reconectar a los jóvenes con el poder del aprendizaje. Y para eso, la clave es ayudar a los profesores a repensar cómo poner en práctica su oficio”, explica este inglés un lunes de septiembre desde una de las salas de reuniones del Tate Museum, en Londres, donde por esos días es expositor de un encuentro entre los 11 países que hoy componen su organización. Lleva sus anteojos puestos en la nuca y suele cerrar sus ojos para hablar.

Hace cinco años este sistema es parte del programa gubernamental galés, encabezado por el Consejo de Cultura, donde se ha implementado un programa nacional de aprendizaje creativo en más de 600 establecimientos públicos y escuelas primarias repartidos por el país. Para ello se invirtieron 24 millones de dólares, y el proyecto dura cinco años. “Los cambios son notorios: vemos a niños con ganas de venir a clases, con entusiasmo en aprender y con ansias por llegar a sus casas a contar a sus padres lo que aprendieron. Eso, antes no pasaba”, cuenta Sarah, profesora de la escuela Creigiau.

En la punta del hemisferio sur, en Chile, hay otro colegio que desde el 2015, y también de la mano de Collard, hace algo similar. 

La rueda

La idea de crear un colegio rondaba en la cabeza de Nicola Schiess hace años. Y el año 2014, la hija del empresario de origen alemán Guillermo Schiess lo concretó. Específicamente, en Frutillar, ciudad donde su familia tiene un fuerte vínculo: tras un incendio en 1996, el patriarca remodeló en antiguo Hotel Frutillar y lo convirtió en el Teatro del Lago, uno de los centros culturales más reconocidos internacionalmente.

Buscaron alguna corriente educativa que les hiciera sentido. Así llegaron al Jenaplan, de origen alemán, que propone una educación innovadora, inclusiva e integral, siempre vinculada a la familia, el entorno y la cultura. “Nicola estaba buscando algo innovador y que tuviera relación con las artes”, cuenta José Feuereisen, encargado de Comunidad de Plades, fundación público-privada que busca desarrollar iniciativas para impactar la ciudad. Schiess compró una antigua casona de madera en avenida Philippi, frente al lago Llanquihue y al volcán Osorno, la habilitaron con seis salas de clases -todo el mobiliario es de madera también- y así nació el Colegio Kopernikus, cuyo primer año de operación tuvo 60 alumnos y 10 profesores. “Es el primer colegio en Chile que tiene el desarrollo de la creatividad como eje central en su proyecto. Y el primero que ha trabajado con Paul Collard”, dicen del equipo. Ahí no hay uniformes, tampoco notas hasta sexto básico ni inspectores en los pasillos. Tampoco separaciones por nivel: no hay kínder, primero, ni quinto. Nada de eso. Los cursos son multigrados -dentro de cada sala hay menores de tres edades- y se llaman, por ejemplo, Star, Sunshine, Moon y Sky.

El desafío de los primeros años fue adaptar la metodología innovadora a las estructuras del sistema tradicional chileno y formar a los profesores para enseñar así. En 2015, aparece en escena Trinidad Aguilar (38), pedagoga básica de la UC y ex coordinadora de América Solidaria, quien por esos años había decidido instalarse junto a su familia en el lago Ranco. Llegó como profesora jefe y, a los seis meses, Schiess le encargó encabezarlo.

Fue ella quien afinó el proyecto pedagógico, cuyo enfoque inicial buscaba tener sintonía con el Teatro del Lago, con la música, y ser un colegio con una educación basada principalmente en las artes. “Pero había que perfilarlo. No todo es posible, teníamos varios propósitos dentro de la malla. Convencidos de que la creatividad es una habilidad que todos podemos desarrollar, decidimos incorporar esta poderosa herramienta en el corazón de nuestros procesos de aprendizaje”, indica. “No queremos ser solo un colegio a la orilla del lago. Pretendemos ser un referente de educación en Chile”, aclara Trinidad a las 12 del día de un jueves de agosto, desde el comedor donde se reúnen los profesores. En ese momento, Benito Baranda está dando una charla a los alumnos de educación media sobre ¿cómo soñamos Chile?, mientras afuera a ratos llueve, y a ratos sale el sol.

Trinidad comenzó a bucear entre distintos métodos a nivel mundial para enseñar la creatividad. “La idea era cambiar la experiencia en la sala de clases. Venir al colegio no tiene que ser una lata”, indica la directora. En 2015 se encontró con el nombre de Paul Collard, quien hablaba de un modelo de enseñanza que propone los cinco hábitos de la mente: disciplina, imaginación, perseverancia, inquisitivo y colaboración (ver imagen).  Lo que gustó de su modelo es que se integraba bien a la enseñanza del currículum nacional. Trinidad se enteró de que Collard hacía capacitaciones a través de su fundación CCE a colegios que optaran por este método. “Es eso lo que tenemos que hacer”, pensó entonces. En 2016 la directora viajó a Londres. Lo intentó contactar, pero justo esos días él estaba conociendo Chile.

El acuerdo

“Para los profesores, esto puede ser aterrador. Están acostumbrados a enseñar y creer que avanzan en las materias, mientras pasan y pasan las páginas de sus libros. Piensan que su clase es exitosa porque los niños están en silencio. Esto es totalmente distinto. Nuestro sistema a veces requiere ruido. Y eso asusta”, dice Paul Collard, mientras come un sándwich en uno de los breaks de un seminario sobre creatividad y pensamiento crítico desarrollado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en la Fundación Nesta, en Victoria Embankment, Londres.

Collard, mitad griego y mitad inglés, nació en Atenas. Su padre era diplomático, por lo que durante se movió por varios países, entre ellos, Sudán, Dinamarca y Uruguay. Y aún sigue viajando. “Estoy 40 semanas al año recorriendo distintos países del mundo”, relata.

Egresado de Literatura Inglesa de Cambridge, dice que la creatividad es un asunto que siempre le ha interesado. El europeo, quien también es asesor de la OCDE, en 2004 comenzó a liderar un programa que el gobierno inglés había puesto en marcha dos años antes, llamado Creative Partnerships, que fomentaba la creatividad en la educación tradicional. “Para que la iniciativa escalara, creamos CCE, que lidero desde entonces”, relata.

En 2011 se acercó a Chile. Ese año, el Centro de Desarrollo de Tecnologías de Inclusión (Cedeti) de la UC ganó el premio internacional de la WISE (World Innovation Summit for Education). El CCE recibió la misma distinción, y así Collard conoció a Ricardo Rosas, director del Cedeti. “Me invitó a la Católica varias veces. Y en 2015 logré venir como expositor a la UC”, asegura. La directiva del Kopernikus le pidió a Daniela Barrena, coordinadora académica, que lo fuera a buscar.

“Dani nos vino a ver. Pensé de inmediato que lo que querían hacer en Kopernikus era increíble, y que iba en la línea del CCE”, indica Collard. Y se pusieron a trabajar a larga distancia, hasta que en 2017 voló a Frutillar por primera vez: el inglés capacitó a los profesores del Kopernikus durante tres días completos. “No solo hablamos de educación. Paul y su equipo nos ayudaron a entender cuáles son las facilidades y las dificultades que tiene cada uno como profesor”, indica Daniela Barrena.

Su método consiste en entrenar a los profesores, para que enseñen la materia captando la atención de los alumnos. “La idea es que la sala de clases sea un espacio para interactuar, para aprender de una manera participativa. No queremos un profesor dictando materia y los alumnos tomando nota”, asegura la directora.

Luego de dos años de trabajo, en 2018 conocieron a Bill Lucas, inglés fundador y director del Centre for Real-World Learning de la Universidad de Winchester en Inglaterra y asesor de la OCDE. Él había trabajado con Collard en el modelo de los cinco hábitos de la mente y es catalogado como uno de los “gurús mundiales de la enseñanza creativa”. “Estamos atravesando por una ‘emergencia creativa’ a nivel global. El desafío es cómo captar la atención de los alumnos. No se está logrando. No lo estamos haciendo. No estamos aprendiendo. Pienso que el camino que está tomando Kopernikus es un ejemplo para Chile, para el mundo”, indica a Capital.

El Lab

El año pasado, Paul Collard les pidió a los alumnos del Kopernikus que dibujaran “el aprendizaje”. Luego compararon sus obras con los de otra escuela. Mientras los primeros hicieron bosquejos de cabezas estallando con colores y escenas con diversión, los que no habían tenido la experiencia creativa hicieron trazos de niños en filas. De niños sentados en una sala de clases.

“Le mostré esto a Nicola y estaba muy emocionada. Ella ha sido una fabulosa driver. Tanto, que muchos padres de Santiago se mueven a Frutillar solo por el colegio”, agrega Collard.

A principios de este año, el equipo que trabaja con Schiess quiso ir más allá: decidieron que ese estallido de colores no solo saliera de las cabezas de sus alumnos. “Con la fundación Plades nos propusimos hacer lo mismo en las escuelas públicas”, relatan. Así, a principios de este año fundaron Kopernikus Lab, un espacio que, tal como lo dice el nombre, pretende ser un laboratorio para experimentar y propagar este sistema de educación. “¿Qué pasa con las demandas por educación de calidad y las actuales marchas? Patricio Meller escribió un libro de creatividad que dice que los mejores alumnos de Chile en pruebas Pisa no alcanzan al 10% peor de China. Nosotros creemos que la creatividad es el camino. El mundo va para allá y tenemos que subirnos al carro”, dice Rolf Hitschfeld, director ejecutivo del Lab.

Así nace el programa “Aprendizaje Creativo”, cuyo piloto fue desarrollado por Plades el 2018 y se financió con un fondo de Corfo de 40 millones en nueve establecimientos educacionales. El 2019 el programa se ejecutó entre Plades y Kopernikus y fue política pública local para 11 escuelas. Se financió con fondos públicos y privados (Municipalidad de Frutillar; Departamento de Educación de Frutillar; Seremi de Las Culturas, las Artes y el Patrimonio; Plades y Kopernikus). Ahí participaron 28 profesores, 11 equipos directivos, 700 estudiantes, 8 agentes creativos, y se aplica en tres asignaturas: Matemáticas, Lenguaje, Ciencias Naturales e Historia.

Para preparar a los profesores de las escuelas públicas trabajan con un grupo de “agentes creativos”: profesionales ligados al mundo artístico que hacen un equipo con un profesor tradicional. “El maestro le explica al agente de qué se trata la materia. El agente, que puede ser un chef, una diseñadora, un bailarín u otro profesional de ese rubro, imagina una forma distinta de enseñar lo mismo, y lo ponen en práctica juntos: primero fuera de la sala de clases y luego con el curso”, explica Bárbara Elmúdesi. Y aclara: “En Kopernikus no hay agentes creativos porque tiene incorporada la metodología”.

Carlos, uno de los profesores de básica que participa del programa, colaboró con un actor. Juntos identificaron que los estudiantes tenían problemas con la fluidez, escritura y disciplina, por lo que idearon un proyecto en el que en grupos crearan radioteatros que ensayaron y compartieron con el resto de la escuela, reforzando la lectoescritura y aprendiendo a colaborar con sus compañeros. “Ha sido revolucionario. Vemos a profesores que, en un principio a regañadientes, optaron por enseñar de una manera totalmente desconocida. Y resultó. Tanto, que no solo están mejorando notas, sino que además siguen hablando de esto en casa”, relata el director Mario Salinas desde su oficina en la X Región.

El próximo año el Kopernikus Lab irá más allá. Hay varias conversaciones, entre ellas con la Seremi de Educación de la Región de Los Lagos, quien ha manifestado el interés en incorporar el desarrollo de la creatividad en otras escuelas del territorio. “No hay que ir a Finlandia a buscar cómo hacerlo. Tenemos en Frutillar ejemplos en escuelas públicas y una privada que están trabajando para cambiar la mala educación. No quiere decir que el problema está resuelto, pero vamos avanzando. Contamos con un un Lab que está dispuesto a compartir esta experiencia por el país”, dice Hitschfeld.

La invitación de la OCDE

El llamado ocurrió en abril de este año. Ese mes, Paul Collard vino a Frutillar a entrenar a profesores. Entonces, como representante de la OCDE, le dijo a la directiva del colegio Kopernikus que la entidad internacional dictaría a mediados de septiembre un seminario en Londres y que quería que ellos participaran del encuentro. Fueron los únicos chilenos en ser convocados. “La OCDE definió la creatividad como una de las habilidades necesarias para el siglo XXI y la prueba PISA evaluará en 2021 por primera vez esta característica junto al pensamiento creativo”, explica Bill Lucas, quien es copresidente del grupo a cargo de la nueva evaluación. Y agrega: “La creatividad es una de las habilidades fundamentales a desarrollar por todos los sistemas educativos. Y la OCDE recomienda que los países y gobiernos integren ese eje dentro de sus políticas”.

Así, a fines de septiembre, Rolf Hitschfeld voló a Europa junto a Bárbara Elmúdesi, coordinadora del programa de Aprendizaje Creativo, para participar del congreso “Creativity and Critical Thinking Skills in School: Moving the Agenda Forward”. “Nos sentimos muy orgullosos. El simposio reúne a los expertos de educación creativa del mundo. Ser parte de eso nos indica que estamos haciendo las cosas bien”, afirman.

El evento partió a las 9 de la mañana del 24 de septiembre y finalizó a las 6 de la tarde del día siguiente. En el encuentro en el Nesta, en Inglaterra, expusieron cerca de 40 representantes de diferentes organizaciones y de distintos países del mundo, entre ellos, ministros y secretarios de educación, premios nobel, miembros de organizaciones internacionales y fundaciones como LEGO Foundation, la Fundación Botín, entre otras.

El primero en exponer fue Stephan Vincent-Lancrin, analista senior del Centro para la Investigación e Innovación Educacional (CERI), de la OCDE. El investigador de origen francés analizó durante cinco años la experiencia de 11 países que estaban aplicando algún tipo de ejercicio creativo (el CCE es uno de ellos, pero hay otros sistemas en el mundo). Su conclusión, dice, es que “esto es algo fundamental que requiere hacerse con urgencia porque la educación, como la conocemos, no está dando los resultados que buscamos. En cambio, en los países que están haciendo algún intento, hay menor deserción escolar, mejor rendimiento académico, confianza y mayor participación en la sala de clases”.

Aunque no había una experiencia exacta a la otra en cada país que participó del encuentro -Pakistán, Australia, Gales, Escocia, India, Estados Unidos, Tailandia, entre otros-, casi todos coincidían en que, en un principio, hubo resistencia dentro de los colegios por parte de apoderados y de profesores. “Muchos países piensan que creatividad es improvisación. Es justo lo contrario, necesitas un mejor plan”, aseguraba Hitschfeld mientras hablaba a la audiencia en el Nesta. Entonces, ¿cómo partir? Para esto, los consejos del chileno fueron: “Para incorporar el desarrollo de la creatividad, directivos y gobiernos deben facilitar las condiciones para que los profesores puedan innovar: mitigar los riesgos, acompañarlos, crear comunidades de aprendizaje, etc. Tal vez hacerlo con uno o dos maestros que estén interesados. No presionar al resto, sino que ‘usar al grupo para cambiar al grupo’”. A su vez, señaló que es clave no decir “no” a los profesores, pues es necesario que se entusiasmen a cambiar; también fomentarles a hacer clases fuera de la sala; y que entiendan que ellos están siendo “entrenados, para entrenar a otros”.

Andreas Schleicher, jefe de educación de la OCDE, quien ha estado en Chile varias veces, también fue uno de los expositores centrales del programa. Tras ello, conversó con Capital y señaló que la creatividad, pensamiento crítico y habilidades sociales “son la brújula que nos permitirá navegar hoy”. “El mundo ya no es blanco y negro. Estamos llenos de grises. No basta con enseñar asignaturas. Tampoco con enfatizar en no hacer bullying. A su vez, es importante la inteligencia artificial, pero no es lo primordial. Lo primordial es otra cosa: tenemos que volver a pensar en nuestras cualidades humanas”, indica.

Bárbara Elmúdesi, Paul Collard, Rolf Hitschfeld y Bill Lucas durante un encuentro entre los miembros del CCE en Londres.

El desafío, señalan todos los expertos reunidos al final de la sesión, es que esto escale. “Que deje de ser la experiencia particular de unos pocos suertudos. Es una necesidad en que esto se transforme en política pública”, señala Bill Lucas. Y para que eso ocurra, añade Collard, “hay que hacerlo de la mano del Estado. Porque nadie, salvo Bill Gates, tiene los recursos para financiar algo así por sí solo. Necesitamos al gobierno”. El problema, remata el inglés, “es que eso implica políticos, quienes muchas veces optan por medidas más vistosas o más rápidas, cuyo impacto los beneficie a ellos”.

Los ejecutivos del Kopernikus Lab dicen que han tenido muy buena recepción a nivel público y privado dentro y fuera de Frutillar. “Hemos conversado con el Ministerio de Educación a nivel local y central, tanto para dar continuidad y escalar el programa Aprendizaje Creativo como para otras iniciativas”.

 Nicola Schiess, fundadora de Colegio Kopernikus

“Kopernikus tiene relación con todo lo que se ha ido desarrollando en Frutillar. Es un proyecto muy vinculado a la comunidad. Nace de la inquietud de educar ciudadanos con las habilidades necesarias para este siglo, comprometidos y responsables con su entorno.

Si bien ha sido un tremendo proceso de aprendizaje y constante crecimiento, hoy sabemos que la clave está en la colaboración, autonomía y creatividad, brindando la libertad a los docentes para que, dentro del currículo nacional, jueguen y dialoguen entre sí.

A punto de cumplir seis años, nos emociona profundamente ver que otros colegios, así como escuelas públicas de la región y del país, e incluso del extranjero, además de autoridades locales y de gobierno, han reconocido la necesidad de hacer un cambio en la educación chilena. Con este nuevo paradigma de la creatividad, ven a Kopernikus como un referente”.