“Mi familia fue muy política en contra de Hitler y los nazis. Nací en un pueblo de Alemania, en 1943. Desde pequeña colaboré en el campo de mis abuelos; aprendí a usar el tractor a los doce años. Vengo de una familia tradicionalmente católica, pero mi papá era más crítico con la manera que la […]

  • 12 abril, 2019

“Mi familia fue muy política en contra de Hitler y los nazis. Nací en un pueblo de Alemania, en 1943. Desde pequeña colaboré en el campo de mis abuelos; aprendí a usar el tractor a los doce años. Vengo de una familia tradicionalmente católica, pero mi papá era más crítico con la manera que la gente vivía la religión. Los curas antes hacían la misa dando la espalda a la gente y mi papá construyó una mesa y la giró para que el sacerdote celebrara de cara al pueblo. Soy parecida a él en su pensamiento. Pero, en realidad, nadie influyó en mi vocación religiosa. No me la puedo explicar, para mí era claro. Cuando lo conté se rieron, me encantaba la fiesta y bailar. Me decían que estaba loca.

Cuando niña le pregunté a mi abuelo: ‘¿Tú sabías de Auschwitz y los campos de concentración?’. Dijo que sí. ‘¡Abuelo!’, le grité. ‘¡Y por qué no hiciste más!’. Me respondió que no pudo hacer nada, que estaban vigilados.

Llegué a Chile en el 68, me encontré con una sociedad clasista total. Cuando me dijeron cuánto ganaba un obrero padre de familia, me dio vergüenza. Acá descubrí que servir a los hombres es servir a Dios. Nunca me he acostumbrado a la pobreza del otro. Siempre me rebela, siempre me llama. No hay que buscar soluciones asistencialistas.

Jamás creí que pasaría lo que pasó. Pensé que el quiebre de la institucionalidad en el 73 sería solo de meses. Pero no fue así. No pude entender que mataran a mi amigo Michael Woodward, un cura de Valparaíso. Lo torturaron y después lo enterraron en alguna parte que hasta hoy no sabemos. El único miedo que tenía era por la gente, no por mí. Me tomaron detenida en 1976. No quería que me echaran del país, yo escondía a los perseguidos. ¿Si me torturaban? No importaba. No hablábamos más de lo necesario, siempre la verdad.

Puede ser que me equivoque en algún momento, soy humana. También hay que aprender a perdonarse a uno mismo cuando las cosas no resultan como uno quisiera. Soy muy exigente conmigo misma, perfeccionista. Si escribo una carta con una falla, la escribo de nuevo. Cuando veo lo que escriben hoy los chicos en los teléfonos. Para mí, si es una mayúscula se pone mayúscula. No me perdono cuando envío un mensaje con un error. Entonces digo: ‘¡¿Cómo dije esto?! ¡Faltaba una letra!’. Y me río de mí misma.

El abuso sexual es grave. No excuso ningún abuso de la Iglesia, ni a los clérigos que no supieron manejar la información y tomar las medidas correspondientes. Pero es problema de algunos sacerdotes en la jerarquía. Cuando dicen: “Crisis en la Iglesia católica”, eso no lo veo en nuestra comunidad. El pueblo no ha olvidado que la Iglesia chilena, como ninguna en el mundo, defendió los derechos humanos, no toda, pero sí un número importante.

Ojalá la sociedad entre en vigilancia y la Iglesia se transforme en algo como los luteranos. Los pastores se pueden casar. Si no tuviera esta vocación, por supuesto me habría casado”.