• 12 junio, 2008

¿Qué ocurre en Argentina? ¿Cuán grave es el conflicto con los agricultores? Según nuestro columnista, el gobierno transfiere a otros la responsabilidad por sus errores y busca una peligrosa justificación ideológica. No hay conspiración en su contra, sino una combinación de soberbia e incompetencia. Por Rosendo Fraga 
¿Qué ocurre en Argentina? ¿Cuán grave es el conflicto con los agricultores? Según nuestro columnista, el gobierno transfiere a otros la responsabilidad por sus errores y busca una peligrosa justificación ideológica. No hay conspiración en su contra, sino una combinación de soberbia e incompetencia. Por Rosendo Fraga

El conflicto del gobierno argentino con el campo se prolonga peligrosamente. El oficialismo, a través del PJ, comparó a la protesta agraria con las crisis políticas más violentas de la historia trasandina, que fueron las de 1955 y 1976.

El campo respondió con el anuncio de una nueva manifestación, que si bien evita situaciones conflictivas, asume que el conflicto se prolongará varias semanas. Pero el gobierno dispone medidas que, si fueron consecuencia del consenso, a lo mejor serían suficientes para resolver el conflicto.

Todo esto sucede después de que el campo realizara la mayor movilización social de la historia. Aproximadamente un cuarto de millón de personas se reunió en Rosario en respaldo de su reclamo. Al mismo tiempo, en Salta, en una convocatoria clásica de aparatos, el oficialismo reunió algunas decenas de miles, para apoyar al gobierno y escuchar un nuevo discurso de Cristina Kirchner.

El problema es que el oficialismo plantea que nunca en la historia argentina un gobierno electo fue sometido a una operación de desestabilización tan feroz, como ha sucedido con Cristina Kirchner. Esta supuesta operación comienza al día siguiente de iniciarse su administración, con la denuncia en Miami del llamado Valijagate, supuestamente orquestada por la CIA para deteriorar al nuevo gobierno. Así se planteó públicamente desde los despachos oficiales. Al cumplir los tres meses de gobierno, las cerealeras y la oligarquía rural lanzaron el paro del campo más grande y prolongado de la historia, manipulando para ello a los pequeños productores rurales. Al mismo tiempo, los grandes medios de comunicación del país lanzaron una feroz crítica contra el gobierno, potenciando la irracional protesta rural. Por último, al avanzar el cuarto mes de gobierno, se sumó el sector financiero internacional, que promovió, sin razón macroeconómica alguna, una salida de dólares y de depósitos que produjo una sensación de crisis económica, sin que ello respondiera a ninguna situación real.

Este es el tipo de análisis que fundamenta la afirmación de uno de los voceros más conspicuos del gobierno, el diputado Kunkel, de que van por Chávez, van por Evo y ahora vienen por nosotros. Se trata de una actitud exculpatoria, a través de la cual el gobierno transfiere a otros la responsabilidad por sus propios errores y busca una peligrosa justificación ideológica para ellos.

Pero, en mi opinión, la realidad es que en los primeros meses de gobierno no ha existido ninguna conspiración en su contra, sino que una combinación de soberbia e incompetencia. Ambas convergieron para que Cristina Kirchner desaprovechara su oportunidad, que tiene todo nuevo presidente, por la benevolencia inicial de los ciudadanos, aun la de quienes no lo votaron. A esta altura del conflicto, sólo un compromiso de las partes de que acatarán la solución elaborada por un mediador puede generar el contexto político para un acuerdo. Ni el gobierno ni el campo están hoy en condiciones de rendirse. El primero, porque lo considera un síntoma de debilidad que le licuará el poder; y el segundo, porque sus bases no aceptarán más dilaciones ni soluciones que soslayen las retenciones.

La historia, la política, la diplomacia y las relaciones humanas muestran que cuando el diálogo se ha hecho inviable, un tercero puede lograr crear las condiciones para el acuerdo, porque genera una situación de empate político. Pero si el oficialismo cree que todavía puede ganar, sin advertir que el empate es la mejor solución posible, el conflicto se agravará, desoyendo así la advertencia que el sábado realizó Monseñor Bergoglio. La Iglesia ha puesto a disposición para ello la Mesa de Diálogo que funcionó en 2002 y la Pastoral Social, y varios gobernadores se han ofrecido a mediar; pero hasta ahora el Ejecutivo desecha esta alternativa.

Quizás el oficialismo esté dispuesto a ceder más de lo que parece, pero no lo hará directamente ante el campo. Si lo hace sólo unilateralmente, difícilmente sirva para resolver el conflicto, aunque a lo mejor pueda servir para dividir o anarquizar la protesta. Es por eso que la figura del mediador puede ser la solución tan necesaria.