• 30 abril, 2008

La justicia entre el jefe y el subordinado implica, en primer lugar, un trato respetuoso y exento de toda injusta discriminación de orden social, racial, religioso o de cualquier otro tipo. Por Fernando Chomalí
 
La justicia entre el jefe y el subordinado implica, en primer lugar, un trato respetuoso y exento de toda injusta discriminación de orden social, racial, religioso o de cualquier otro tipo. Por Fernando Chomalí
 
Según la clásica definición de Ulpiano, la justicia es la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo. Es la medida mínima del amor. La justicia al interior de la vida social permite que cada persona tenga y se le respete lo suyo en virtud del derecho que posee a tener los medios para realizarse como persona. Entre estos derechos, los cuales siempre llevan grabados deberes, hay tres que son fundamentales, los que toda sociedad que se pretenda auténticamente humana debe custodiar. El primero es el derecho a que se le respete su vida. Derecho que es, además, el fundamento de todo el resto. El segundo es el derecho a los bienes materiales que le permitan conservar la vida. Y, finalmente, el tercero es el derecho a la buena fama, obviamente, mientras la persona con sus actos no la pierda. Es también un deber de justicia que la persona
pueda profesar libremente su fe.

La justicia ha de ser el mínimo al que debe aspirar toda relación entre personas, así como entre instituciones. A través de la virtud de la justicia nos acercaremos adecuadamente al difícil equilibrio entre el bien personal y el social. La justicia va más allá del plano meramente económico. En efecto, se extiende también a otras áreas que son igualmente relevantes, tales como el buen trato que nos debemos en las relaciones interpersonales, la asignación de tareas y responsabilidades, las condiciones de trabajo y las oportunidades de promoción, entre muchas otras. Si cada vez que realizamos una acción, desde la más simple hasta la más compleja nos preguntamos si estamos siendo justos o no, estoy cierto de que muchos de los conflictos que tenemos en los distintos ámbitos de la vida nacional se solucionarían. Para ello se requiere dejar de lado la pasión y entrar en la virtud. Decía Aristóteles que “todas las virtudes se encuentran en el seno de la justicia”. Para Santo Tomás de Aquino era la más grande de las virtudes. A las personas que pretenden vivir y actuar teniendo presente esta virtud, muchas veces sus decisiones podrán “perjudicarlas”, pero es allí donde se vivirá una acción de hondo valor humano y ético. Estas acciones son las que a todos nos edifican y nos dan esperanza. Si anhelamos una sociedad mejor hemos de comprender que ella es impensable al margen de una sociedad justa. La justicia es la condición de posibilidad de una auténtica paz, que es mucho más que la ausencia de conflictos.

En el ámbito que nos ocupa, la empresa, quisiera detenerme en algunos rasgos de la justicia al interior de ella. La justicia entre el jefe y el subordinado implica, en primer lugar, un trato respetuoso y exento de toda injusta discriminación de orden social, racial, religioso o de cualquier otro tipo. Aunque parezca obvio, en la práctica lamentablemente no es así. La justicia se concreta, además, en la medida que se respeten la ley y los derechos estipulados en el contrato. Ello se vería reflejado en el derecho a trabajar en un lugar adecuado, al salario justo, al descanso y, por supuesto, a poder tener una adecuada vida familiar. Por último, es de justicia reconocer los logros del empleado y que ellos se vean refl ejados en mayores responsabilidades y mejoras en la remuneración. Así como se pide que el jefe sea justo con el subordinado, también se exige justicia de las personas en relación a la empresa, como por ejemplo realizar bien el trabajo y cumplir con los deberes que se han asumido en cada uno de los ámbitos de la vida, de manera adecuada.

La sociedad y el Estado han de reconocer los derechos de la empresa y de las personas. Para ello es un deber de justicia fijar normas claras y justas en relación a su desempeño en la sociedad, las que han de equilibrar el bien de la empresa, de todos cuantos allí laboran y el bien común. Para que esto se logre es indispensable eliminar todo tipo de favoritismos que benefi cien a un grupo en desmedro de otro, así como el tráfico de influencias o un manejo tendencioso de la información que vaya en desmedro de quienes trabajan de manera honesta. La transparencia en el modo de proceder en los ámbitos personal, laboral y social y se constituye en un camino excelso para tender a relaciones de justicia entre todos los estamentos de la sociedad.