La imagen de Julio Iglesias resucitó inesperadamente el mes pasado. Los memes con su rostro se multiplicaron en las redes sociales. Los chistes sobre el avance del mes traían una alusión a su nombre y una expresiva foto suya. Me sorprendió esta aparición. Nada la hacía presagiar. Quizá es otro síntoma de la nostalgia que nos embarga sin que nos demos cuenta. Nuestro humor está impregnado de melancolía. Las letras de sus canciones apuntan a una zona de la sensibilidad taciturna. Representa al perdedor, al enamorado, al que se le olvidó vivir.

Reconozco que cuando toco fondo escucho a Julio Iglesias. Lo hago hace muchos años. Al escucharlo se gatillan en mi mente imágenes, olores y emociones que añoro volver a sentir. Recuerdo viajes en auto con Julio Iglesias como música de fondo. En mi calidad de niño solía ir en el asiento de atrás con los parlantes cerca. Horas y horas de aburrimiento oyendo su voz entre sueños, a la espera de que por fin llegáramos a destino. Analicé mil veces las implicancias de tropezar de nuevo con la misma piedra sin llegar a ninguna conclusión. Y busqué en el diccionario el significado de la palabra “truhan” a propósito de lo que dice uno de sus éxitos radiales. Lo transmitían las frecuencias AM y FM.

Julio Iglesias era un ídolo transversal en los años 70 y 80. Sus fans –mujeres de todas las clases sociales, románticas– llenaban la Quinta Vergara para escucharlo. Se estremecían y gritaban ante su figura. Venía al Festival de Viña a seducir en plena dictadura. Sus líos amorosos en Reñaca fueron el despertar de la farándula. Eternamente separado de Isabel Presley, era un Don Juan bien educado, un amante elegante, que con poca voz llegó a cantar a dúo con Frank Sinatra.

A mí, la verdad, todavía me interesan ciertas cuestiones específicas de un galán tan curtido. No baila, ni mueve las manos, está nervioso en el escenario incluso cuando es aplaudido. Julio Iglesias es frágil, no insulta, ni revela detalles de su vida. Su silencio es amable, un gesto de caballerosidad. Protege su intimidad con astucia, sobre todo, evita que se sepa quiénes son sus acompañantes. Las revistas insisten en hacerle entrevistas, sin embargo, nunca ha reconocido un romance. Cultiva su estilo. Desconoce la franqueza.

El tiempo solo ha confirmado el carácter de Julio Iglesias. Ahora representa al latino maduro, internacional. Compitió con su hijo Enrique, también cantante y conquistador, y lo derrotó sin afectaciones. Cuando supo que Mario Vargas Llosa se había emparejado con su exmujer, le deseó una vida feliz y agregó que se sentía honrado de integrar a un escritor a su familia. Es cierto que los juicios por hijos no reconocidos lo han perseguido desde joven. Julio Iglesias –con su estratégica mudez– ha enfrentado los deslices del pasado sin denostar ni quejarse. Sospecho que su memoria sentimental es privilegiada, que le fascinan las mujeres y que el arrepentimiento no está dentro sus inclinaciones.

Hay una generación completa de hombres cuyas madres tenían a Julio Iglesias como fantasía erótica. Muchos de ellos lo repelen por razones edípicas. No es mi caso. Sus melodías ramplonas y su pose de hombre enamoradizo poseen intensidad baja. Si lo comparamos con Raphael, Camilo Sesto o el Puma Rodríguez, su distinción reside en la falta de énfasis. Apenas sube el tono. Importuna poco. El melodrama no está dentro de sus recursos. Escoge canciones que tratan de amores levemente masoquistas, donde queda como víctima sin rencor: “Hay veces que es mejor querer así, que ser querido y no poder sentir lo que siento por ti”, susurra en Hey, uno de sus hits.

En mi memoria escucho a Julio Iglesias en la cocina de la casa de mi infancia, la comida está lista para ser llevada a la mesa. Lo oigo tenue en la pieza contigua, mientras espero el llamado de una amiga al lado del teléfono. Mi padre lo tildaba de siútico cuando cantaba en inglés. Su bronceado eterno está más allá de la cosmética y del solarium. Su asistencia en helicóptero a la Teletón simbolizó el glamour de la caridad. Verlo de nuevo, lejos de ser extraño, es próximo. Está en el inconsciente colectivo y en mi pasado. La devoción que sintieron miles de mujeres por él nunca fue defraudada. Julio Iglesias es soltero aunque se case con cada novia. Su gracia consiste en generar un encanto que permite evadir la amargura. Oportuno para estos días.