Desde la cumbre del cerro Calán, donde trabaja hace 50 años, el astrofísico José Maza opina sobre el nuevo Ministerio de las Ciencias, se explaya sobre las falencias de la educación en nuestro país y cuenta cómo ha sido pasar de observar estrellas, a ser una.

  • 20 diciembre, 2018

Está resfriado, tiene una tos persistente, y advierte que podrá hablar poco durante la entrevista, pero la naturaleza del profesor Maza (70) es más fuerte, y al mismo tiempo se lanza a conversar en extenso. Tampoco se resta cuando lo llaman de una radio para preguntarle su opinión sobre el nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación: “Tener un ministerio revela que, en alguna medida, hay una voluntad de que la ciencia y la tecnología pasen a ser una parte más importante del futuro de lo que han sido hasta ahora”.

Durante la mañana del lunes fue convocado a la ceremonia en La Moneda, en su calidad de Premio Nacional de Ciencias Exactas 1999, sin embargo, dice que no tiene mayor información sobre el ahora ministro Andrés Couve, el neurobiólogo que hasta su nombramiento dirigía el Instituto Milenio de Neurociencia Biomédica, y cuenta que a la subsecretaria de la nueva cartera, Carolina Torrealba, la conoció recientemente en un congreso en Holanda y la encontró “muy simpática y llana”.

El astrofísico creció en Parral, estudió en el Instituto Nacional Barros Arana y en 1964 entró a la Universidad de Chile como estudiante de ingeniería. Ahí eligió astronomía como especialidad, lo que luego se transformaría en un magíster y doctorado en astronomía con mención en astrofísica en Toronto. Como niño criado en el campo no se interesó particularmente por las estrellas. Fue ya en Santiago, cuando tenía unos 11 años y vio a los estudiantes mayores del INBA observando los astros y leyendo libros de astronautas, que se empezó a entusiasmar: “En la noche mirábamos pasar un satélite y todo el mundo gritaba de emoción. Lo bueno que tuvo la Guerra Fría fue que las potencias se lanzaron al espacio”.

El profesor titular de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile desde 1987 es el responsable del Proyecto Cerro Calán-Tololo, investigación sobre supernovas que llevó a cabo junto a Mario Hamuy, y que fue reconocida por Brian Schmidt y Saul Perlmutter, ganadores del Premio Nobel de Física 2011, por el aporte que significó en el descubrimiento de la Aceleración de la Expansión del Universo. Pero hoy el investigador del Centro de Astrofísica CATA está más dedicado a la divulgación científica. En 2017 lanzó el libro Somos polvo de estrellas, que ya va en su edición número 16 y que ha vendido más de 30 mil ejemplares. En julio de este año vino Marte: la próxima frontera que también ha sido éxito total, tanto así que en octubre pasado el académico logró reunir a seis mil personas en la medialuna monumental de Rancagua para escuchar hablar del planeta rojo, marcando el hito de ser la charla científica más masiva de la historia de Chile. Polémicas incluidas, este año ha marcado la consagración pública del astrónomo.

-¿Por qué después de tantos años de carrera y de academia entró en esta fase más mediática?

-Siempre me gustó hacer divulgación científica. Desde que volví de Canadá el año 1979, hace casi 40 años, he hecho cientos de charlas, pero luego fui derivando. Las primeras me las pedían astrónomos aficionados, entonces partía a Valparaíso a hablarles a 60 de ellos sobre los hoyos negros o los cuásares. Pero eso no es divulgación de la ciencia, es más bien predicar entre conversos. A esos tipos no los voy a convencer yo de que la astronomía es linda, ya lo saben. En Chile hay castas sociales y solo un 5% de la población tiene bastante cultura, lee y se interesa por algún tema. El desafío es el otro 95%. En mis primeros libros yo trataba de enseñar sobre astronomía, esa era la exigencia que yo le ponía al lector. En cambio, en Somos polvo de estrellas o en Marte: la última frontera estoy hablando con un lector que solo espero tenga ganas de informarse.

-El hecho de que sus últimos dos libros hayan vendido tanto, y también los de María Teresa Ruiz, ¿cómo lo interpreta? ¿Son los astrónomos los nuevos rockstars?

-Por una parte me siento muy agradecido y emocionado de que la gente a uno le dé bola, pero por otro lado soy un poquito autoflagelante. Nunca he quedado contento con lo que he hecho. Vender 35 mil copias, si la población es de 17.500.000, significa que he vendido dos copias por cada mil habitantes, y eso que se trata de un volumen inaudito. Por eso hago humoradas como ir a la medialuna de Rancagua y hablar ante seis mil personas o salir en programas de televisión, como uno que grabamos hace poco en el desierto de Atacama para Tele13 y en el que yo me vestí de astronauta. El noticiario marca como 10 puntos, eso significa unos 700 mil televisores. Uno hace esas cositas así y llega a otro público.

-¿Y no le complica que lo tilden de pintamonos y que eso tope con su carrera de científico?

-A estas alturas del partido, me da lo mismo lo que la gente quiera pensar de lo que yo hago. No tengo inconveniente en disfrazarme de astronauta si estamos en un paisaje parecido al marciano y a lo mejor un niño lo va a encontrar más estimulante que si salgo yo solo hablando de Marte. La cuestión más lúdica llega mejor a la gente.

 

-¿Para usted el sentido del humor es importante en la educación?

-Absolutamente. En todas las charlas trato de tomarle el pelo a quien puedo y me río de las autoridades porque en las cosas que no me suman no tengo para qué ser políticamente correcto. Por ejemplo, siempre me río de que los astronautas del Apollo 11 dejaron una placa en la luna que dice: “Aquí el hombre de la Tierra llegó en julio de 1969”, y después dice: “Vinimos en son de paz”. ¿Y en qué otro son podrían haber ido estos idiotas? Y firmada por Richard Nixon. ¡Una tontera! Y además el símbolo del Apollo 11 es un águila, ¿cuándo el águila ha sido un ícono de paz si es un ave rapaz? Todos se ríen y así uno distiende. Me demoro una hora en dar la charla, pero si hablo sin parar a la media hora se empiezan a quedar dormidos; si digo chistes o tonteras, se mantienen más alertas.

-¿No se ha metido en aprietos por molestar u ofender a otras personas? Desde Pedro Engel en adelante…

-Creo que Juan Andrés Salfate ha dicho cosas feas de mí. Mira, yo fui ingenuo en una entrevista en particular y me puse a conversar coloquialmente con la periodista y ella grabó todo y lo publicaron, lo que me trajo problemas.

-¿Se arrepiente de ser sincero?

-Quizás mencioné gente y la ofendí, pero no me voy a desdecir de que la astrología es una estupidez sin fundamento. La gente ama a Pedro Engel porque es un hombre muy tranquilo y muy sereno, que irradia paz. Yo soy capricornio, ¿pero qué significa eso? Hay un millón y medio de capricornios en Chile.

-¿Pero usted lee el horóscopo?

-Claro. “Esta semana va estar complicada, pero si tú lo haces bien, vas a poder sortear los obstáculos”. Pfff. No dicen nada.

-¿Observar las estrellas con ese propósito es igual de irracional que mirar la borra del café?

-Claro, y Lucho Jara tira unas conchitas y con eso te ve la suerte.

-¿Usted ya tiene asumido su estatus de estrella?

-(Ríe) A estas alturas me lo estoy creyendo. Pero ante todo soy profesor universitario y no estoy para hablar de cualquier cosa y a cualquier precio.

-Pero participa de distintos programas de televisión.

-He estado yendo a Mentiras Verdaderas los días jueves en la noche con Eduardo Fuentes y tratamos temas de ciencias. Ahí trato de decir chistes para alivianar la cosa y que no sea un ladrillo, creo que el rating anda bastante bien. Pero en ese programa tenían los Viernes sin censura, con tres o cuatro cómicos que decían unos chistes con la escatología completa. Algunos chistes que he escuchado ahí no me atrevo ni a repetirlos a mis amigos, me dan entre asco y vergüenza.

-Y eso que usted no es pacato, ¿o sí?

-No, soy relativamente garabatero y no tengo temas prohibidos. Un garabato bien puesto puede hacer más entretenida una frase, pero distinta es la grosería. Ahora aprendí; no quiero discutir ni polemizar con Pedro Engel, ni con Salfate, ni con nadie, solo quiero hablarles de ciencias a los niños y a los jóvenes. Igual voy a seguir diciendo que la astrología es una estupidez, como la Tierra plana. ¿Cómo un grupo de estrellas que está a cien años luz va a influir en el momento en que tú naciste? El futuro del ser humano está en sus manos. Uno siempre va a querer saber lo que va a pasar mañana, por eso siempre habrá un fresco que te va a cobrar cincuenta lucas por leerte la suerte.

 

El estado de las ciencias

-¿Qué le parece el nombre Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación?

-La palabra conocimiento me queda medio extraña, no sé qué hace ahí. Si la ciencia y la tecnología son conocimiento. Es como otra forma de decir lo mismo. La innovación ahora es una obsesión de los economistas en todas partes del mundo. Poner innovación es decir: “Mire, vamos a aprender a pensar, pero con un ánimo de que el desarrollo de las ciencias nos lleve a hacer productos”.

-¿Se asocia la idea de productividad?

-Yo creo. Mi posición es que Chile tiene que invertir en pensar. No podemos ser un país donde los niños solo aprenden a cabecear una pelota. Yo creo que hay que desarrollar el coco. Entonces no se trata de invertir plata para la ciencia, es invertir plata para el desarrollo del país. Tenemos el triste récord de ser el país más malo de la OCDE en cuanto a su inversión en ciencia y tecnología. El ranking está encabezado por Israel, con un 4,2% de inversión, sigue Finlandia y Corea del Sur con un 3,8%, después vienen varios países desarrollados; Estados Unidos invierte como el 2,8%, Portugal ha doblado su inversión de 0,4 a 1,4%. Argentina destina el 0,7%; México, 0,5%. Chile queda al final con solo el 0,38% del PIB invertido en ciencia y tecnología.

-¿Eso usted lo relaciona con un aspecto cultural?, ¿nos hemos demorado mucho en tomarle el peso a la importancia del desarrollo de la ciencia?

-Chile en el siglo XIX educó al 2,2% de los niños. El nivel de analfabetismo aquí era horroroso. Algunos hombres preclaros hablaron entonces de una instrucción primaria obligatoria y después de años de debate, se logró. Un diputado conservador decía que teníamos muy pocos recursos como para gastarlos en gente que no tiene ningún futuro. Eso está en los anales del Congreso cuando se discutía la ley. Cuando yo era niño en Parral, a mediados de los años 50, había escuelas con una sala de clases donde los cuatro niveles estaban a cargo de un solo profesor.

-¿Ese vacío educacional no se ha revertido?

-Tenemos unas 60 universidades en Chile, tres de las cuales están entre las mejores mil del mundo. La Universidad de Chile y la Universidad Católica están en el lugar 400 y la Universidad de Concepción en el 900. ¿Cómo Chile va a tener profesionales realmente de calidad? Si una universidad no hace investigación, se parece más a un colegio de tercer ciclo. Quiero que se invierta más en investigación como para tener grandes universidades que saquen profesionales que nos hagan competitivos a nivel mundial. En Chile, estadísticamente, el 85% no entiende lo que lo lee. Es un chiste.

-Pero da la sensación de que pese al déficit, tenemos buen capital humano dedicado a las ciencias.

-Son un puñado no más. Chile tiene 8.000 científicos, eso es menos de 500 científicos por cada millón de habitantes. Para estar a la par con otros países desarrollados, debiéramos tener 60.000. ¿Y para qué quiere uno tanto científico? Porque tenemos un problema de marea roja en el sur y apenas hay profesionales que entiendan de biología marina. Tomaron una serie de muestras, pero no pudieron concluir nada porque no tenían una base con la cual comparar. Una vez, un político me dijo: “¿Para qué vamos a estudiar el mar?”. Y yo que soy bien bueno para hablar, me quedé callado. ¡Si tenemos cuatro mil kilómetros de costa y considerando las 200 millas marítimas, resulta que dos tercios del territorio nacional están inundados! Si no, cómo vamos a saber cuando venga El Niño, La Niña, el tío o el sobrino.

-¿Falta investigación entonces?

-Es que Chile ha funcionado así: “Mira, acá hay salitre, vendámoslo. Ahora tenemos cobre, vendamos. Litio, vendámoslo”. Estamos vendiendo el país a trozos porque nadie quiere pensar. Yo encuentro casi un milagro que en Chile produzcamos vino, porque faltaba poco para vender la pura uva y que el vino, lo hicieran otros. Afortunadamente hacemos vino pero en general no queremos elaborar cosas.

-¿Nos quedamos varados en una mentalidad tercermundista de extracción?

-Absolutamente. Chile todo lo que puede vender, lo vende. Como en la película La vuelta al mundo en 80 días, que cuando se les acaba el carbón empiezan a echar las sillas y las mesas a la caldera del barco. Estamos quemando todo lo que podemos para no tener que trabajar. Pero va a llegar un momento en que el barco se nos va a hundir.

 

El ministerio

-¿Usted cree que va a marcar una diferencia el hecho de que ahora exista un ministerio?

-Creo que Chile tiene que hacer un plan, un mono. Si queremos que los jóvenes estudien fuera, tenemos que darles becas, pero con una buena estrategia. En Chile tenemos una cantidad enorme de universidades de lucro, hay 70 escuelas de diseño gráfico. ¿Necesitamos tantos diseñadores para ser un país desarrollado? Yo creo que no.

-¿Pero que ahora haya un ministro podría hacer que se empuje más hacia ese lado?

-Absolutamente. Necesitamos planificar nuestro desarrollo en ciencias y eso no puede quedar en manos de la libre competencia y del mercado. Si hay 70 carreras de diseño gráfico y 70 carreras de psicología, ¡pero vamos a tener que importar locos! Lo que pasó con criminalística ya fue un poema.

-¿Y qué le pareció el nombre de Andrés Couve como ministro y Carolina Torrealba como subsecretaria?

-No tengo ninguna información cercana, no los conozco.

-¿Tenía algún candidato?

-No.

-¿Y a usted le hubiera gustado ser ministro?

-No.

-¿Muy peligroso?

-El problema es que es un trabajo muy difícil y uno debe tener ganas de llevarlo a cabo. Organizar reuniones, ponerse de acuerdo con este y con el otro. Es harta burocracia, pero también mucha muñeca, en el sentido de convocar a todos los actores y escuchar la opinión que cada cual tenga, tratando de sintetizar el común denominador. Lo peor que podría pasar es que cada científico empiece a pelar al ministerio. Si nosotros no nos ponemos de acuerdo en un camino a seguir, la ciudadanía va a decir: “Ni los científicos se ponen de acuerdo, entonces chao”.

-¿Recae sobre la comunidad científica el cuán relevante resulte el ministerio?

-Aquí la comunidad científica se ha construido a pulso y ha surgido por iniciativa de un grupo muy pequeño de pioneros que en vez de tener un tubo de ensayos, tuvieron que usar quizás un envase de yogurt. Ahora lo que toca es que el ministerio tenga un consejo de científicos, con unos 10 o 15 representantes, y que se haga un plan de desarrollo para los próximos 20 o 25 años. Aunque capaz las cosas cambien tan rápido en 25 años.

-Capaz estemos en Marte.

-Claro.

-¿Qué está observando en el cielo por estos días?

-No mayor cosa.

-¿Y en la Tierra?

-Vengo llegando de Temuco y antes estuve en París, ando moviéndome por todas partes porque mi preocupación central en este momento es hacer divulgación científica.

-¿Le gustaría ir al espacio?

-Si se diera la oportunidad, me encantaría.

-Si lo invitara Elon Musk a Marte.

-A la luna iría encantado, pero a Marte el viaje es muy largo. A la luna es como una semana. Salir y ver el planeta desde el espacio sería maravilloso.