Es posiblemente el mayor retratista del Chile de hoy. En los últimos diez años, Jorge Brantmayer ha fotografiado a mujeres privadas de libertad, a inmigrantes, estudiantes, niños, rubios y afrodescendientes. Ahora son los rostros de nuestros pueblos originarios los que se enfrentaron a su lente, para formar parte de la exposición Amerindia en el Museo Chileno de Arte Precolombino.
Fotos: Verónica Ortíz

  • 12 abril, 2019

Más que una exposición, se trata de una instalación pública”, cuenta el fotógrafo entusiasmado. La tarde anterior a la entrevista se inauguró esta muestra que le significó un trabajo intenso de dos meses. Afuera del frontis del museo, con los rostros de la exposición mirando directamente al Palacio de Tribunales y al ex Congreso Nacional, Jorge Brantmayer (65) dice que está contento porque dentro de su larga y prolífica carrera, poder ocupar este espacio abierto en medio de la ciudad, le parece un sueño.

Estudió Licenciatura en Artes en la Universidad de Chile y se formó además en la Escuela de Foto Arte de Chile. Su trabajo contiene distintas vertientes fotográficas; tiene una línea artística con una vocación experimental y performática, un vasto portafolio comercial con imágenes de moda y campañas publicitarias, décadas de fotos a obras de arte y sus autores, y desde hace un tiempo viene desarrollando varias series de retratos que constituyen un bosquejo de nuestra sociedad y sus cambios. Entre ellas, destaca la muestra Cautivas (2007-2008), que presentó en el Museo Nacional de Bellas Artes y donde inmortalizó a mujeres en la cárcel. También Muchedumbre (2012), que montó en el GAM y con la cual después viajó a Estados Unidos, y Geografía de la piel (2016), un inmenso registro fotográfico que se expuso en CorpArtes. En este contexto fue convocado por el Museo Chileno de Arte Precolombino: “Me ofrecieron montar una exposición en el portal del museo, pero encontré que ese lugar estaba sobrecargado. Entonces se me ocurrió reemplazar las cortinas del segundo nivel por fotos. Hice una maqueta digital y me la jugué con todo, pensando que nunca iba a pasar”, cuenta sentado en el café que ocupa uno de los patios del museo.

-¿Por qué pensó que no iba a pasar?

-Son cosas difíciles, exponer en la calle, utilizar la vía pública. Yo no conocía mucho a la gente del museo y no sabía si se iban a atrever a algo que políticamente podía generar algún conflicto. Lo más potente era poder hacer un gesto político y poner estos rostros de pueblos originarios mirando directamente hacia Tribunales de Justicia y al ex Congreso. Presenté el proyecto y fue increíble la recepción. No sé si será porque estoy viejo, pero me acostumbré a que me censuren o que me digan que es imposible. Aquí no pasó eso.

-¿Se sintió libre?

-Completamente libre y además me sentí apoyado porque el museo incluso consiguió un financista para la muestra –la empresa francesa EDF–, razón por la cual más feliz no puedo estar. Está teniendo buena recepción y comentarios, y me interesa la impresión que va teniendo el peatón cuando pasa por delante.

-¿Por qué se llama Amerindia?

-Yo venía trabajando en un proyecto con retratos de inmigrantes. Aquí también hay migrantes; hay peruanos, bolivianos, aymaras, quechuas, mapuches y descendientes de selknam. Primero yo le había puesto Chile después de Chile, haciendo un enlace con una exposición que forma parte de la colección permanente. Pero en una reunión Carlos Aldunate, director del museo, habló de los pueblos amerindios y me gustó el término.

-¿Cómo reclutó a sus modelos?

-Tengo un equipo, un asistente fotográfico y una productora que se encarga de llamar a municipalidades y asociaciones. Todas estas fotografías están sacadas en distintas comunas: La Pintana, Huechuraba, Recoleta, Independencia y Cerro Navia. Sectores un poco periféricos donde se congregan estas personas en comunidades. Había que ir allá contarles del proyecto y pedirles que participaran. Yo fui a sus casas, en La Pintana estuve en sus rucas y a los selknam los fotografié en una casa en Cerro Navia.

-¿Cómo versaba la invitación para formar parte de la exposición?

-El gancho fue que ellos tenían la posibilidad de ser expuestos y visibilizados en una esquina importante, más allá de que fueran lindas las fotos. Es una intervención pública. Para mí es tremendamente importante porque yo siempre he hecho fotos grandes y muchas exposiciones colectivas e individuales, pero una sola vez logré hacerlo en el espacio público. En Bayona, Francia, expuse grandes paneles con fotografías de chilenos y un día aparecieron las fotos rotas, rasgadas. Los franceses, que son tan cool, tuvieron el gesto de violentar las imágenes. Me imagino que en un acto xenófobo. Entonces esta es la segunda vez que hago una exposición así, pero ahora en mi país, con mi gente y con los problemas que nosotros tenemos. Y además en un edificio tan hermoso.

-¿Costó mucho traspasar la barrera de la timidez o del pudor?

-La cámara tiene un poder de seducción enorme, pero cuando alguien no quiere ser fotografiado, no hay nada que hacer. Yo sé cuándo hay un rostro que me impresiona porque expresa demasiado. A esas personas les pido, les ruego, les ofrezco varias copias con tal de tenerlas. Claro que también hay gente que se quiere colar, aprovechan la pasaita y llevan a sus niños para que les saque la foto.

-¿Qué tienen en común estos rostros? Más allá de ciertos rasgos físicos.

-Hay cierto orgullo. Yo igual tengo un discurso mientras les saco las fotos, les voy hablando y los inflo, les digo que sientan orgullo de quienes son, que se olviden del resto y se sientan poderosos. Hay un punto en que sé que lo consigo.

-Es la misma lógica de un director frente a su actor.

-Exactamente. Eso hago. A veces no resulta, pero la mayor cantidad de las veces sí funciona. Como uno es purista y busca que las imágenes sean lo más energéticas posibles, que irradien más, saca miles de fotos. Para esta muestra fotografié a unas 400 personas, pero obviamente no hay espacio para exponerlos a todos, entonces hay gente que se enoja porque no aparecen y me dicen que van a tomar medidas.

-¿Ese tipo de enojo o malestar social lo sintió en general en sus fotografiados?

-Los pueblos indígenas son los últimos en el escalafón social, ellos y los negros. Son los más segregados. Gente del museo me contó que personal de aseo que trabaja aquí preguntó por qué habían puesto a gente tan fea en las fotos. Un comentario racista de gente del pueblo en contra de su propio pueblo. Lo encuentro increíble. Yo no sé si existen los rostros feos, todos tienen algo increíble, alguna mirada.

-¿Persiste la creencia de que la fotografía se roba el alma?

-El pueblo mapuche tiende a pensar eso, son más reacios a las fotos y cuesta que se entreguen.

-Más allá de la superstición, ¿cree que algo del alma del fotografiado se impregna en la imagen?

-Yo creo que sí. Me pasa que las imágenes de rostros siguen comunicando lo que sentí al momento de la foto. Es como si existiese una pila y la foto estuviese cargada de cierta energía. Por eso también encuentro potente que estos retratos estén expuestos en la calle, es energía que sale desde el museo hacia fuera y el espectador la puede percibir.

 

Sacarle la foto al país

-¿Cómo ha visto cambiar Chile a través de sus habitantes?

-Cuando empezaron a llegar los inmigrantes peruanos no se notaba tanto porque igual eran parecidos a nosotros; entraron a trabajar a nuestras casas,  trajeron buena cocina y eran bien educados. Pero ya cuando empiezan a llegar los negros, fue distinto. La mayoría de los chilenos nunca había visto a un negro y de pronto estaban por todas partes. Eso a mí me fascinó, me volvió loco. Lo único que quería era conocer a esa gente. Fui logrando hacerme amigo de ellos, he dado talleres de fotografía a grupos de inmigrantes. Les voy enseñando a fotografiar y ellos usan sus celulares.

-¿Le ha sorprendido la mirada de ellos? Quizás por el hecho de venir de afuera se fijan en otras cosas.

-A mí me gusta ver cómo ellos ven cosas por primera vez: el mar, la nieve o La Moneda. Ese asombro uno lo percibe y es lindo. Siempre me ha gustado entender qué pasa con los ojos cuando ven algo por primera vez.

-¿Qué busca en un rostro?

-Encuentro que hay caras que tienen historia. Hay rostros muy poderosos, que expresan mucho, incluso que dan miedo. Hay una chica de esta exposición que está llena de piercings, es alumna mía, la conocí el primer día de clases. Pasé la lista y pregunté por Marlen Aucañir, la vi y pensé: “No puedo tener tanta suerte”. Yo quería encontrar un mapuche que fuera punk. Conversé con ella y me encontré con una niña enormemente tierna, a pesar de su apariencia ruda. El carácter tiene que ver con la decisión, la actitud, cierta seguridad personal. La sensación de potencia, aunque al mismo tiempo haya fragilidad.

-No deja de ser impresionante que no haya un rostro igual a otro.

-Cierto. A mí me dicen: “Hasta cuándo vas a seguir haciendo retratos, cabréate”. Pero yo no me aburro de la gente.

-¿Considera que su catálogo vendría a ser un registro sociológico?

-Claro, estoy hace 10 años haciendo estas fotos. Se han producido luces y cambios, desde los derechos de las minorías sexuales, los indígenas, los estudiantes y yo creo que estoy aportando de alguna forma. Estoy visibilizando a personas increíbles.

-Si tuviera que elegir el rostro de Chile…

-Pensaría en la juventud. A mis estudiantes y a mis hijos los encuentro inteligentes, cultos, les interesa todo.