Hay quienes consideran que el canciller en la sombra del laborismo inglés es el líder de facto del partido, el cerebro, el hombre de las ideas. En conversación con el Financial Times, el británico habla de su visión de Londres y de lo más atrevido que ha hecho.
Por Jim Pickard, Financial Times.

  • 15 septiembre, 2019

Es difícil imaginar qué pensaría Friedrich Engels de los hábitos frugales de John McDonnell. Engels, cofundador del marxismo, pasó su cumpleaños 70 disfrutando de 16 botellas de champán y “doce docenas de ostras”, y se jactó de su “reconocido don para revolver una ensalada de langosta”.

Por el contrario, McDonnell, quizás el marxista vivo más famoso de Gran Bretaña, es sorprendentemente abstemio. Cuando le pregunto si normalmente come en Westminster, el canciller en la sombra responde: “Realmente no. Por lo general, no”. Para el almuerzo de hoy, por ejemplo, se comió unas galletas Rich Tea (típico bocado inglés que se unta en el té).

Son las 4 de la tarde y nos reunimos a cenar en un horario ridículamente temprano, previamente acordado, en un café en su distrito electoral de Hayes y Harlington, un arenoso y multicultural suburbio al oeste de Londres. El veterano socialista generalmente evita toda hospitalidad corporativa: hace una excepción para almorzar con el Financial Times, pero no será algo de alta gastronomía.

McDonnell es una de las figuras más intrigantes de la política británica, un hombre que ejercerá una gran influencia si la oposición de alguna manera toma el poder como resultado del caos luego del Brexit. El actual liderazgo que encabeza el laborista es el más izquierdista en sus 100 años de historia.

“La gente quiere un cambio”, dice. “Se acerca el cambio. Así de simple”.

Como el aliado más cercano al líder del partido, Jeremy Corbyn, el canciller en la sombra ha pasado décadas en el desierto político. A lo largo de los años, ha sugerido que el parlamentario tory Esther McVey debería ser linchado, instó a los trabajadores a escupir en el té de sus gerentes y dijo que los terroristas del IRA como Bobby Sands deberían ser “honrados”, porque sus “bombas, balas y sacrificios” llevaron a la paz en Irlanda del Norte.

Sin embargo, en el mundo al revés de la política británica, se ha convertido en uno de los “corbynistas” más conciliadores. Ha tratado de cerrar la brecha entre Corbyn y sus parlamentarios díscolos y pasa gran parte de su tiempo tratando de convencer a los líderes empresariales de que no deberían estar aterrorizados de un gobierno laborista.

Y luego está el Brexit. Los laboristas han estado sufriendo en las encuestas al intentar atraer tanto a Leavers como a Remainers (los que apuestan por quedarse en UK y los que prefieren salir), justo cuando el debate británico sobre el Brexit se polariza cada vez más. McDonnell es una de las figuras más importantes que ha tratado de obligar a Corbyn a alejarse de su zona de confort, presionando por una posición más pro-UE. En las semanas posteriores a nuestra entrevista, el partido se ha involucrado en una dura batalla para evitar que Boris Johnson lleve a cabo una salida de la UE sin acuerdo.

Llego a la oficina de su circunscripción, justo al lado de Hayes St., y me conducen a su estudio. McDonnell está escribiendo cartas, con las mangas arremangadas. El “hombre duro de la izquierda” tiene un apretón de manos sorprendentemente suave.

Salimos a comer. McDonnell vive en uno de los barrios más pobres de Hayes. Pasamos junto al outlet Pound & More y las carnicerías Ali Halal Meat antes de detenernos frente a Nandini’s, un local que ofrece comida india.

Es un lugar pequeño y alegre, con dulces de color naranja brillante y botellas de refresco “Thums Up” en la ventana, además de mostradores llenos de postres indios.

Acordamos de antemano pedir curry y cerveza, por lo que McDonnell sugiere el “plato del día”. Pero cuando pide cerveza, el gerente señala una nevera llena solo de latas de refresco: después de todo, será una reunión sobria.

En 2015, cuando Corbyn le dio el cargo del Tesoro, McDonnell fue visto como el compañero matón de su beatífico líder. Desde entonces, sin embargo, ha cultivado una personalidad más conciliadora. Él atribuye su cambio de look al párroco local, quien le recomendó: “Suaviza tu imagen”.

Hoy está vestido con un sobrio traje oscuro, camisa blanca y corbata roja, que usa habitualmente para eventos de negocios. Algunos de los ejecutivos con los que suele reunirse son cautelosos e incluso hostiles. Pero con otros logra tener una audiencia respetuosa. Puede que no estén familiarizados con su historia anticapitalista, o, muy probablemente, estén hartos del actual gobierno conservador y su enfoque del Brexit. “Tenemos líderes empresariales que vienen a nosotros en busca de estabilidad, la que no han obtenido de los conservadores”, dice McDonnell. “Nuestra relación ha mejorado en ese sentido”.

Pero no con todos. Hay muchos que temen que un gobierno liderado por Corbyn represente un nuevo nivel de inestabilidad, con nacionalizaciones y un aumento de los impuestos y del gasto. McDonnell no pretende lo contrario, y argumenta que su programa de reforma es más ambicioso que el del primer ministro laborista Clement Attlee, quien implementó el Estado benefactor hace unos 70 años: “Todos admiramos lo que hizo Attlee… pero creo que iremos más lejos”.

Comienzo nuestra conversación con un poco de charla musical. El parlamentario nacido en Liverpool es fanático de los Beatles y me dice que no haber visto a la banda en vivo es “de lo que más se arrepiente”. Pero McDonnell también tiene gustos clásicos, mencionando la novena sinfonía de Shostakovich como una de sus favoritas. Le pregunto si le gustó El ruido del tiempo, la novela de Julian Barnes sobre el compositor ruso. “Para hacerse una idea de la sociedad estalinista es realmente interesante; él fue un personaje notable… sobrevivió de manera milagrosa”, dice McDonnell. “Cuando Stalin criticó su sinfonía y nunca más se volvió a tocar, Shostakovich dijo algo que la gente interpretó como una humillante disculpa, pero no fue así, el mensaje era: ‘Nos veremos, no importa lo que me digas. Seguiré adelante’”.

Le pregunto cómo explicaría la diferencia entre “marxista” y “estalinista” a un típico lector del Financial Times.

“Elige a un cristiano”, dice con cuidado. “Lees el Nuevo Testamento y crees que hay verdades fundamentales en él. Pero no culparías a Jesucristo por la Inquisición española. Creo que es la misma analogía. Si Marx hubiera vivido durante el período estalinista, sería el primero en haber estado en el gulag”.

Le digo que existen innumerables ejemplos de países cristianos que funcionan correctamente, sin embargo, es más difícil hacer una lista de Estados comunistas exitosos.

McDonnell parece admitir el punto, pero argumenta que las ideas de Marx han alimentado a los gobiernos socialistas exitosos. “La práctica socialista de Attlee vino de esa comprensión del análisis capitalista del propio Marx”.

El dueño del local coloca en nuestra mesa bandejas de lata a juego, cada una con arroz y media docena de degustaciones, que incluían curry de garbanzos, yogur, coliflor y papas, con un poppadom picante y chapattis. Nos “aprontamos”.

Durante décadas, el reducido grupo de parlamentarios laboristas de extrema izquierda, conocido como el “Grupo de Campaña”, fueron considerados “parias” dentro del partido. Entre ellos, McDonnell era el serio, responsable de las finanzas en el Gran Consejo de Londres durante la alocada década izquierdista de los 80.

Peter Mandelson, cofundador del Nuevo Laborismo, período de la historia que sacó al Partido Laborista de la decadencia, prometió enterrar a McDonnell y a sus camaradas en una “tumba sellada”. Pero la tumba se rompió en pedazos con la llegada de Corbyn como líder laborista en 2015, terminando con décadas de consenso centrista. “Siempre he dicho que la izquierda debe estar lista para gobernar”, afirma McDonnell. “Prepárate para mañana, porque las cosas pueden suceder”. Ese momento ha llegado.

McDonnell quiere transferir el poder y el dinero de los propietarios y jefes a los inquilinos y trabajadores, y no se disculpa por esto. “[El plan] está tratando de reequilibrar el poder entre el capital y el trabajo”. Su visión es la de un gobierno intervencionista que busca acabar con los bajos salarios y abordar la crisis de la vivienda, terminando con los homeless. Para los ejecutivos, el panorama no es tan optimista: se enfrentan a la transparencia salarial pública, impuestos más altos sobre los salarios y el término de las negociaciones y los apretones de manos.

Además, dice que prohibirá los bonos en la ciudad de Londres a menos que la industria financiera haga algo para frenar los pagos excesivos. “Les advertiré que si no aprendieron la lección, tomaremos medidas”, afirma, golpeando un trozo de paneer (típico queso fresco indio) con un tenedor. “La gente está muy ofendida por eso. Es un reflejo de los grotescos niveles de desigualdad actuales, tan ofensivos para las personas. Se tomarán medidas, punto final”.

Le comento que Square Mile (compañía internacional de café) es parte de una industria internacional y que, al igual que su amado equipo de fútbol Liverpool FC, los empleadores deben ofrecer salarios altos para atraer talento. ¿Qué le diría a Rich Ricci, ex director ejecutivo de Barclays Capital, a quien se le pagaron £ 44 millones solo en un año? “Le diría a Julian Richer”, responde McDonnell, sin perder el ritmo, refiriéndose al empresario que recientemente donó a su personal una gran parte de su empresa.

Muchas de las ideas de McDonnell habrían sido consideradas un suicidio político hace solo cinco años. Pero las ganancias del Partido Laborista en las elecciones generales de 2017 forzaron a muchos críticos a repensar esa visión. Los laboristas se adelantaron en las encuestas de opinión a principios del verano inglés, sin embargo, Boris Johnson también lo ha hecho desde que obtuvo una ventaja de 10 puntos; por ahora.

El canciller en la sombra dice que lo inspiran los escritos de Antonio Gramsci, un comunista italiano de los años de entreguerras. “Gramsci trata de la hegemonía: si ganas la batalla de las ideas, dominas”, enfatiza moviendo de lado a lado el puño en alto.

Si bien muchos parlamentarios laboristas aún resienten el liderazgo de Corbyn y están enojados por su fracaso al intentar cerrar una larga disputa sobre antisemitismo en el partido, la mayoría se ha convencido de la necesidad de un cambio económico radical. “En términos ideológicos el partido laborista ha avanzado dramáticamente, ningún parlamentario comenzó sobre el último manifiesto, no tuvimos quejas”, dice. “Puede haber críticas contra Jeremy y contra mí, pero hemos hegemonizado el debate en el partido en torno a la política”.

La cosmovisión del canciller en la sombra se ha vuelto más dominante en los últimos años, pero también lo ha hecho el populismo natural de la derecha. McDonnell dice que “teme” a Donald Trump y está preocupado por las potenciales disputas comerciales y las equivocadas intervenciones extranjeras. Sin embargo, cree que su propio movimiento es capaz surfear la violenta reacción anti-Trump.

“La reacción a Trump ha sido notable: por primera vez en quizás una o dos generaciones tenemos en Estados Unidos un debate sobre la naturaleza del socialismo”, dice. “La resistencia a Trump es el florecimiento del movimiento sindical y laboral allá”. Visitará Estados Unidos en otoño y espera poder juntarse con los demócratas Alexandria Ocasio-Cortez y Bernie Sanders.

Los conservadores han intentado retratar el manifiesto de McDonnell como una base para un “regreso a la década de 1970” o, lo que es peor, la transformación de Gran Bretaña en una Alemania Oriental de los últimos días. El grupo de expertos del think tank IFS (Institute for Fiscal Studies) dijo que el manifiesto de 2017 llevaría los impuestos a su nivel más alto en tiempos de paz.

Sin embargo, algunos izquierdistas, incluso los que se sientan a su lado en el gabinete oculto, piensan que es demasiado cauteloso y pragmático. Si bien los cambios impositivos en el trabajo pueden sonar radicales, el aumento impositivo central –un incremento en el impuesto de sociedades– deja la tasa más baja que en 2010.

A diferencia del anterior liderazgo laborista, Corbyn y McDonnell se han resistido a la idea de un “impuesto gigante”, preocupados de que pudiera afectar a muchos votantes urbanos del sector público. Admite: “Es lo que se puede lograr en términos de mantener y atraer a las personas hacia nosotros. No queremos estar en una situación en la que socavemos el apoyo que necesitamos para ingresar al gobierno”.

Hablamos en detalle sobre más ideas de McDonnell, mientras una música bhangra original de India resuena de fondo. Presionado por los activistas, tiene un objetivo mucho más difícil que el “carbono cero”, y quiere analizar la posibilidad de ejecutar un “derecho de compra” para los arrendatarios. “Quiero un gobierno que intervenga a gran escala”, dice.

La revolución de Corbyn

McDonnell toma un puñado de chapatti y comienza a recoger algunas lentejas, recogiendo el jugo. ¿Sería un pragmático si los laboristas llegaran al poder? El canciller en la sombra ha encargado una serie de revisiones que suenan radicales, pero que no necesariamente se traducirán en una acción dura. Una de ellas es una semana de cuatro días, sin embargo, es partidario de poder tener horarios flexibles más que un fin de semana de tres días. Las opiniones de Corbyn sobre la política exterior han sido otra fuente de controversia para el líder laborista: anti-OTAN, anti-Israel y, en el pasado, simpatizante de regímenes de extrema izquierda como Venezuela y la Cuba comunista. Por esto, a McDonnell rara vez se le pregunta sobre esos temas.

En este momento estamos comiendo budín, una pequeña bola dulce color marrón. Le hago la pregunta que ha hecho tropezar a otros políticos: “¿Cuál es la cosa más atrevida que has hecho?”.

Mi mente vuelve al estudio de McDonnell, donde aún es posible encontrar un homenaje a los terroristas del IRA. Me mira a los ojos: “No voy a admitirlo porque todavía podría ser arrestado”.

Se produce una pausa: “¿Supongo que estás bromeando?”, pregunto con incertidumbre. Se inclina hacia adelante: “Por supuesto que sí”.

Cuando nos vamos, McDonnell pone un par de monedas en la caja de propinas. En el pavimento lluvioso, pregunto por los años de Corbyn y McDonnell. Este último predice que su viejo amigo seguiría siendo el líder después de un hipotético período laboral de cinco años, a pesar de los persistentes rumores sobre los problemas de salud de Corbyn. “Eso lo debe decidir él, pero no veo ninguna razón por la que no. Está perfectamente en forma, tiene la resistencia de un hombre joven”, dice sobre su amigo de 70 años.

El canciller en la sombra es tres años más joven, sin embargo, sufrió un ataque al corazón hace seis años. “Te das cuenta de que no eres inmortal”, afirma. “Aprovechas el momento, carpe diem”.