A comienzos de julio –más precisamente el mismo día de la Independencia de Estados Unidos- falleció uno de sus senadores más experimentados y polémicos. Reconocido defensor de las ideas conservadores, dejó huella en Chile con una controvertida visita que realizó en 1986 y con su posterior oposición a la detención de Pinochet, como lo recuerda en este artículo.

  • 23 julio, 2008

A comienzos de julio –más precisamente el mismo día de la Independencia de Estados Unidos- falleció uno de sus senadores más experimentados y polémicos. Reconocido defensor de las ideas conservadores, dejó huella en Chile con una controvertida visita que realizó en 1986 y con su posterior oposición a la detención de Pinochet, como lo recuerda en este artículo. Por Patricia Arancibia Clavel.

Cuando en julio de 1986 el senador norteamericano Jesse Helms llegó a Chile, hubo satisfacción en las esferas del gobierno. Las relaciones con Estados Unidos no pasaban por un buen momento y el ilustre visitante –amigo personal del presidente Reagan– era un buen contrapeso a la presencia seis meses antes del senador demócrata Edward Kennedy, impulsor de la enmienda que desde 1976 impedía a Chile recibir ayuda militar estadounidense. Tanto Kennedy como el propio embajador norteamericano en nuestro país, Harry Barnes, eran furibundos adversarios del presidente Pinochet y sus frecuentes intromisiones en la política interna chilena habían ido acentuando la distancia entre ambos gobiernos.

Con todo, la iniciativa de invitar a Helms no surgió del ámbito político sino que del área privada y, específicamente, de la Sociedad Nacional de Agricultura. Manuel Valdés, el batallador dirigente de los productores agrícolas que por entonces encabezaba la organización gremial, cuenta que, interesado por abrir nuevos mercados a la producción nacional –especialmente frutícola– y preocupado por las alteraciones que estaba provocando en el mercado interno un programa inorgánico de donación de excedentes de leche enviada desde Estados Unidos y que impedía una competencia leal, decidió “sin preguntarle a nadie” viajar a Washington e invitar personalmente a Helms, quien era en ese momento el chairman de la comisión de Agricultura y Nutrición del Senado.

“Nosotros –recuerda– estábamos cansados de que Barnes no buscara soluciones y torpedeara todas nuestras iniciativas de progreso y entendimiento. En lo puntual, las entregas de leche habían llegado a constituir el 30% de la producción nacional, afectando claramente a los precios. Teníamos noticias de que esa leche en polvo se utilizaba incluso para rayar las canchas de fútbol y pensábamos que, si se seguía entregando de manera irracional y sin aviso, significaría la ruina de los productores lecheros. Fue entonces que, conversando un día con Gregorio Amunátegui, me dijo que quien podía ayudarnos era precisamente Helms, un hombre tremendamente influyente y bien dispuesto con Chile”.

Amunátegui tenía razón. Jesse A. Helms, era –sin duda– la voz más potente del ala tradicional del Partido Republicano. Temido pero escuchado, había nacido el año 1921 en Monroe, Carolina del Norte, donde su padre se desempeñaba como jefe de la policía. La Segunda Guerra Mundial lo sorprendió en la universidad y se enroló en la Marina. Después, y poco a poco, se fue haciendo un nombre como editor de periódicos y comentarista político en radio y televisión, haciendo suyo el punto de vista del Partido Demócrata. Pero los excesos de los 60 –la década prodigiosa– lo empujaron hacia las filas republicanas. Sin embargo, nunca fue propiamente un hombre de partido, sino más bien un solitario que jamás disimuló su desprecio por los yes men ni por esa especie que aquí llamamos “crías fiscales”. Esta independencia le fue reconocida como esencial en su capital político. A partir de 1973 y por 30 años seguidos representó a su Estado natal en el Senado, llegando a presidir los comités de Agricultura y de Relaciones Exteriores.

 

 

 

Un anticomunista integral

El eje de su actividad pública –en realidad, la razón de ser de su compromiso político– fue la contención del comunismo. Coincidió en esto con la mayoría de su generación, pero se destacó por la energía y franqueza con que defendió los valores y principios de la sociedad libre, a los que identificó con el interés nacional.

Según él veía las cosas, por la naturaleza misma de la guerra fría la verdadera amenaza a la libertad no radicaba en la maquinaria militar soviética, sino en la debilidad moral de los dirigentes occidentales que preferían callar o transar en vez de luchar para hacer prevalecer la libertad. Considerado un “halcón” de la política exterior norteamericana, Amunátegui, quien lo conocía desde 1964, lo define como “un anticomunista integral” y como “uno de los pocos dirigentes políticos del mundo occidental que apoyaron siempre y sin reservas a Pinochet”.

De hecho, en octubre de 1979, cuando en el Senado norteamericano se discutió la decisión de la Corte Suprema chilena de no conceder la extradición a tres oficiales del ejército involucrados en la investigación del caso Letelier, Helms no tuvo pelos en la lengua para referirse a este último como “agente de la DGI cubana” y señaló que le parecía muy curiosa la posición de quienes afirmaban que existía en Chile un estado de ilegalidad. “Cuando quienes critican a Chile están acusando a su gobierno de actuar en contra de la ley, están solicitando al mismo tiempo que las leyes de Chile sean puestas de lado para acomodar sus predilecciones políticas aquí, en Estados Unidos. Sus peticiones están basadas en el arrogante principio de que los sistemas judiciales de los países extranjeros necesariamente son inferiores a los nuestros. Esta es una manifestación del prejuicio étnico que han debido sufrir los países latinos de manos de los liberales en Estados Unidos, quienes adoptan una actitud condescendiente hacia esos países y sus instituciones”, señaló.

 

 

 

Destino: Chile

Aunque la visita de Helms a Chile era de carácter privado, la importancia y el peso político de su figura, así como el evidente interés que su opinión tenía para el gobierno, hicieron que el entonces embajador en Estados Unidos, Hernán Felipe Errázuriz, lo acompañara en este viaje. “Helms –relata el ex diplomático– era un hombre íntegro, austero, que ayudó mucho a Chile. Tenía muy malas pulgas y era muy político, aunque incorrecto. Por ejemplo, tenía claro que ser presidente de la comisión de Agricultura, era mejor electoralmente hablando que ser chairman de la comisión de Relaciones Exteriores”, cuenta Errázuriz y añade: “los políticos –me decía– no saben que las relaciones exteriores no dan votos. Pinochet, que no estaba acostumbrado a los halagos provenientes del exterior, estaba feliz con su visita. Vino en momentos muy complicados y lo hizo, incluso, contra la voluntad del Departamento de Estado. Tenía una querella personal con Barnes y no se medía en sus críticas hacia su desempeño. Le tenía cero respeto”.

Esa impresión es ratificada por Manuel Valdés, quien fue testigo de una bochornosa reunión en la suite del hotel Crown Plaza, donde Helms estaba alojado. “Nos reunimos los tres para analizar el tema de la leche y yo me sentí muy mal porque lo trató pésimo, como a un simple mensajero. Entre otras cosas, le dijo en mi presencia: recuerde que en mis manos está la selección de los embajadores de Estados Unidos, y lo conminó a solucionar este problema. En verdad, era un personaje con mucha fuerza, que no se amilanaba ante nadie. Después de esa reunión, el tema de la leche se resolvió definitivamente” , recuerda.

 

 

 

Apoyo al modelo

Helms era un decidido partidario de la economía de libre mercado y un gran admirador del esquema implementado en Chile por el gobierno militar. Luego de un almuerzo con los ministros de Hacienda, Hernán Büchi, y de Agricultura, Jorge Prado, comentó con la prensa que tenía claros y objetivos antecedentes “acerca del tremendo progreso logrado aquí en Chile para aumentar las exportaciones de productos agrícolas”, precisando que “si Chile sigue con el sistema de libre empresa, el futuro de la exportación de frutas a Estados Unidos será muy promisorio”. Añadió que “la agricultura socializada jamás ha dado resultados y nunca va a tener éxito en ningún país del mundo, incluyendo Estados Unidos, que ha tenido experiencias muy desagradables cuando el gobierno ha tratado de intervenir en esta área”. Explicó que su posición personal siempre había sido contraria a la aplicación de eventuales barreras proteccionistas o de fijación de precios mínimos en la agricultura, y se mostró muy satisfecho de lo que se estaba haciendo en Chile. “Yo sólo quiero estimular la cooperación y comprensión entre los productores de ambos países”, agregando que no veía inconvenientes en que hubiera una incursión chilena en el mercado norteamericano.

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Pero más allá de estas declaraciones de apoyo al sistema económico, el centro de la noticia en torno a la visita de Helms a Chile fue ocupada por la pugna que públicamente mantuvo con el Departamento de Estado y el embajador Barnes quien, después de un descolorido desempeño en Rumania y la India, había llegado a Chile en noviembre de 1985, en su última destinación diplomática. Pinochet sabía por varias fuentes –entre ellas, la hija del primer embajador de Estados Unidos en el Vaticano, quien lo visitó en La Moneda– que Barnes venía con el firme propósito de desestabilizarlo, pese a ser el representante oficial de un gobierno conservador y anticomunista como el de Reagan.

En efecto, Barnes traía instrucciones del Departamento de Estado de promover una rápida vuelta a la democracia en Chile, justo en momentos en que los dirigentes del Partido Comunista chileno –refugiados en Moscú– anunciaban que 1986 sería “el año decisivo” en el ya largo combate subversivo que libraban para derrocar al gobierno militar. En efecto, en mayo de 1986 comenzaron a descargarse armas en Carrizal Bajo, mientras un grupo del Frente Patriótico Manuel Rodríguez se preparaba para llevar a cabo el atentado que en septiembre de ese mismo año casi costaría la vida a Pinochet.

 

 

 

Pacto desestabilizador

A la presión del Partido Comunista y de grupos marxistas a nivel nacional e internacional para desestabilizar al régimen se unían las fuerzas “liberales” de los países democráticos; entre ellas –a juicio de Helms– la de los funcionarios de carrera del Departamento de Estado, que se mantenían enquistados desde hacía mucho tiempo en dicho organismo y que eran los responsables de llevar una nefasta política exterior hacia Latinoamérica. Eran éstos –señaló en una entrevista publicada por El Mercurio– los que habían “orquestado la asunción al poder de Fidel Castro”, los que habían permitido “lo ocurrido en Nicaragua”, los que habían interferido en el proceso electoral de El Salvador y “en lo que está sucediendo en Chile”. Para Helms, por ejemplo, personajes como el senador Kennedy y Barnes eran parte de esa desafortunada política exterior. “No puedo recordar –señaló aquí– ni un solo caso en el que el senador Kennedy haya criticado a un gobierno socialista o comunista. Por lo cual, pienso que es natural que haga todo lo que está en su poder para socavar la capacidad del gobierno de Chile para defenderse contra una toma del poder de socialistas o comunistas”.

Por su parte, a Barnes lo responsabilizaba de distorsionar las comunicaciones que enviaba a Washington, con lo cual alimentaba la campaña de desinformación destinada a hacer creer a la opinión pública norteamericana que “aquí hay un reino de terror y que la represión está por todos lados”. Desgraciadamente, señalaba, “los principales medios de comunicación de mi país suelen ser muy injustos con los gobiernos anticomunistas. El New York Times, el Washington Post y otros elementos de la prensa nunca han visto un gobierno socialista que no les gustara… A mí me preocupan los derechos humanos, pero en todos los países del mundo, incluyendo la Unión Soviética, Nicaragua, Cuba y en cualquier otra parte”.

 

 

 

¿Por qué tanto ataque?

Para Helms era inconcebible que siendo Chile “uno de los dos países en todo el hemisferio que resisten al comunismo” fuera atacado con tanta saña y poca objetividad. “Chile es un país estable. Nada sugiere que aquí exista corrupción; no hay involucramiento de Chile con el tráfico de drogas y… el proceso a la democracia está planteado según lo establecido en la Constitución que fue aprobada por el pueblo con un 67% de votos”, decía.

Según recuerda Miguel Alex Schweitzer, a diferencia de otros parlamentarios y políticos extranjeros, que lo primero que preguntaban era cuándo se producirían elecciones, Helms estaba interesado en que el proceso de transición se hiciera bien y paulatinamente. Estaba consciente de que había un itinerario y un compromiso y voluntad de cumplirlo, por lo que no concebía el apoyo que estaba entregando Barnes a quienes querían alterar dicho calendario a través del uso de la violencia.

Ese apoyo se había hecho patente cuando –a raíz de un paro nacional convocado por la Asamblea de la Civilidad el día 2 de julio de 1986– se produjo un grave incidente en que resultaron quemados dos jóvenes que participaban en las protestas. Uno de ellos falleció y Barnes, que no ocultaba su compromiso personal contra Pinochet, asistió a su funeral e informó al Departamento de Estado que los culpables eran miembros del Ejército. En una entrevista que fue trasmitida por Televisión Nacional, Helms señaló que Barnes no tenía argumentos ni hechos concretos que demostraran que la información que había entregado era la correcta; que no se podía prejuzgar en materias tan delicadas y que éste había cometido el atrevimiento de plantar la bandera de Estados Unidos en un acto de claro tinte comunista.

“La investigación del gobierno chileno –dijo– comenzó inmediatamente que nació el incidente, así que Estados Unidos no tenía que solicitar lo que ya se estaba haciendo”. La actitud de Barnes había obligado a Jaime del Valle, entonces ministro de Relaciones Exteriores, a citar al embajador. Según cuenta, lo recibió en un rincón del Salón Rojo de la Cancillería en donde sólo había dos sillas. “Barnes me preguntó si era habitual que yo recibiera así a los embajadores y le contesté que no, pero que su actitud no merecía otro recibimiento”.

Mientras tanto, en medio de la batahola que había provocado la acción de Barnes, Helms quiso conversar con el presidente de la Corte Suprema Rafael Retamal, para conocer de primera mano el funcionamiento del Poder Judicial. Según rememora Manuel Valdés, Helms le pidió que lo acompañara y sirviera de traductor. “Fue una entrevista muy notable, en que se habló del sistema judicial chileno y en particular del tema de los derechos humanos. Retamal señaló que ellos actuaban en el marco de la Constitución y de la ley y agregó un comentario: usted debe saber que en Chile existe el derecho a la vida como disposición constitucional. A la salida, Helms me comentó que le parecía tremendamente interesante ese hecho, porque en Estados Unidos no existía ninguna disposición similar”.

 

 

 

La esperada entrevista

Pero, sin duda, la entrevista más esperada por Helms fue la que mantuvo con el general Pinochet, a quien admiraba profundamente por su lucha anticomunista. Según recuerda Jaime del Valle, que asistió al encuentro, éste fue gratísimo y muy franco.

“Helms estaba muy impresionado por el tema candente de esos días –el caso quemados– y le preguntó abiertamente al presidente cuál era la verdad de los hechos. El general fue muy claro al expresarle la total inocencia del gobierno, explicándole que según las versiones que había recibido –me imagino que de la CNI–, la patrulla militar no había provocado las quemaduras. Le comentó que inmediatamente había dado órdenes que le parecía injustificable la actitud de Barnes”, cuenta del Valle. Helms, como luego lo expresaría públicamente, se comprometió a enviar un informe detallado al presidente Reagan sobre la verdadera situación chilena. “Es –señaló– la burocracia del Departamento de Estado la que está induciendo a error al presidente de Estados Unidos y quiero que mi gobierno sea justo, responsable y objetivo en todo lo que hace y dice en relación a los acontecimientos que están sucediendo en Chile”. Sea como fuere, el gobierno de Reagan terminó respaldando explícitamente el comportamiento de Barnes.

Antes de volver a Washington y con el fin de llevarse una visión más completa de la realidad política, Helms pidió a Gregorio Amunátegui que le presentara a quienes a su juicio eran los tres civiles que en ese momento marcaban tendencia por su importancia, juventud y posibilidades de futuro. “Quería llegar a fondo en el conocimiento de la realidad chilena y, bueno, yo le presenté a Sergio Onofre Jarpa, Jaime Guzmán y Andrés Allamand. Después de reunirse con ellos –en forma separada- me comentó que se iba muy contento y que feliz se los habría llevado a su staff”.

A su regreso, Helms siguió defendiendo con fuerza la transición chilena, y cuando el general Pinochet fue detenido en Londres mostró la coherencia de sus principios enviando una carta personal a Jack Straw, haciéndole ver lo arbitrario del procedimiento que se estaba aplicando. “Fue una carta muy valiente”, ratifica Errázuriz, quien tuvo ocasión de leerla.

Seguramente en ella debe de haber incluido alguno de los párrafos de su declaración como presidente de la comisión de Relaciones Exteriores de diciembre de 1998, donde señalaba: “¿Quien decide quien va a ser enjuiciado y quien va a continuar libre en este desafiante y nuevo mundo de justicia global? ¿Algún juez español por su propia cuenta? ¿Algún fiscal extranjero de una Corte Penal Internacional? ¿O los pueblos libres de las naciones democráticas soberanas?”. En esa oportunidad también señaló que lo que está más allá de toda controversia es que en 1988, Pinochet, voluntariamente, respetó los resultados de la voluntad popular, bajándose del podio y entregando el poder a un civil elegido democráticamente. “Dejó un Chile libre, enriquecido, próspero y convertido en nación democrática”.

Cuando murió el 4 de julio último, el mismo día de la celebración de la independencia de su país, el presidente de la Fundación Heritage, describió a Jesse Helms como “un verdadero gran americano, un campeón de la libertad y una de las figuras más consecuentes del siglo XX. El ascenso de Ronald Reagan y la derrota del comunismo soviético no hubieran ocurrido sin su intrépido liderazgo en tiempos decisivos”.