Jeannette von Wolfersdorff se autoimpuso una misión: incentivar a las personas más ricas de Chile a donar parte de su patrimonio. “No es filantropía. Es capital social”, aclara. Dejó la su cargo como directora de la Bolsa para dedicarse a este y a otro proyecto en que será puente entre empresarios y gobierno. Dice que una sucesión de episodios la condujeron a este camino: su experiencia como ciudadana sin privilegios en su Alemania natal, su complicada gestión en el Hotel Hanga Roa y ser parte de la elite.

  • 5 diciembre, 2019

Unos pocos la llaman Sonia Schiess. Al menos eso ocurre cada vez que ingresa al control de seguridad por el que se accede a La Moneda: es miembro del Consejo de Modernización del Estado y cada cierto tiempo le toca ir a la casa de gobierno. Ella, con algo de resignación y humor, siempre responde: “No, mi nombre es Jeannette. Jeannette von Wolfersdorff”. Eso, pese a que su carnet de identidad indique lo primero.

El 2011 decidió cambiarse de nombre. Ocurrió de un día para otro. La ingeniera comercial, oriunda de Alemania, era conocida como Jeannette Schiess, pero tras una entrevista que dio a Capital –en la que decía que los más ricos, como ella, debían aportar más plata a la sociedad–, se tomaron sus palabras como si fuera la opinión del grupo Transoceánica, holding controlado por su marido, también de descendencia germana, Christoph Schiess, que entre sus activos están: el Banco Internacional, el Teatro del Lago en Frutillar, Termas de Puyehue y el Hanga Roa, en Isla de Pascua. Ella había sido miembro del grupo ejecutivo y, de hecho, la cabeza visible del hotel, del cual había terminado su gestión ese mismo año. Se dio cuenta de que no podía hablar libremente si es que tenía ese apellido. “No quiero tener ataduras de ningún tipo”, explica la empresaria que ya no tiene representación en Tánica, nombre con el que fue rebautizado el holding hace dos años.

Pero no era llegar y hacer la modificación. En su país natal, había adoptado el apellido de su marido. Entonces habló con la cónsul alemana para buscar una solución. Ella le dio una idea: “Usa tu apellido original, no importa lo que dice la cédula”. Ese mismo día, creó una cuenta de Gmail con su nuevo nombre: Jeannette von Wolfersdorff. “Es cien veces más complicado. Cien veces menos conocido. Pero soy más libre”, confiesa desde el tercer piso de un pequeño edificio antiguo emplazado en la calle Don Carlos, donde hace cuatro años opera el Observatorio Fiscal, entidad que ella misma creó para ponerles ojo a los gastos del Estado.

Desde ahí está encabezando una cruzada que inició el 18 de octubre, cuando comenzó la crisis social que enfrenta el país. El sábado 19, la entonces directora de la Bolsa de Santiago venía llegando de Portugal. Había estado en Europa participando de un foro sobre transparencia pública. Los días pasaron, la crisis avanzaba y ella, asegura, decidió ser parte de la solución al problema. “Hay algo que cambió en mí por la crisis. Y desde entonces estoy profundizando en el equilibrio de poder en la sociedad, la desigualdad y la responsabilidad de la elite política económica en esto”, indica. Hace años le venía dando vueltas a la idea de la herencia, de cuánto le incomodaba el traspaso de riqueza de generación en generación, y comenzó a darle forma a un concepto inspirado en Warrent Buffet y Bill Gates que ella misma bautizó como “capital social”. “La crisis es una oportunidad para balancear. Sin este rebalanceo de poderes, veo muy difícil que termine el conflicto”, añade. Las directrices de esta iniciativa las pimponea con su hermana. “Tengo una gemela idéntica que se llama Janine. Ella lidera un think tank especializado en impuestos que trabaja entre el parlamento alemán, y representantes de la economía”, adelanta.

Así, hace dos semanas renunció al cargo de directora en la Bolsa de Santiago, cargo en el que aterrizó hace tres años y cuyo nombramiento fue mediático y simbólico: era la primera vez que la entidad designaba a una mujer en la mesa. Pero Von Wolfersdorff está desarrollando un proyecto -que dará a conocer durante este mes- que era incompatible con su permanencia en esa firma. Desde entonces, es frecuente verla en la prensa y lanzar sus ideas en largos hilos de Twitter.

Este es el sueño de Jeannette.

Lejos de la elite

“Trato de ser como un puente porque entiendo ambos mundos. Yo vivo de forma privilegiada, conozco el sector empresarial y la empresa listada en bolsa, pero también sé cómo es sentirse no considerado o excluido por no tener capital”, dice.

Jeannette von Wolfersdorff nació en Aachen hace 43 años atrás. Su padre, Wolf, era un químico farmacéutico que hizo carrera en el laboratorio Grünenthal, y más tarde, como profesor en la universidad Rwth, mientras que su madre, Marlis, era dueña de casa. Tiene un hermano mayor, Martin, de 50, y Janine, su gemela. Todos, menos ella, viven en Alemania.

“trato de ser como un puente porque entiendo ambos mundos. yo vivo de forma privilegiada, conozco al sector empresarial y la compañía listada en bolsa, pero también sé cómo es sentirse no considerado o excluido por no tener capital”.

Creció en un ambiente tranquilo. Estudió en un colegio privado, Las Ursulinas, que a diferencia de la versión chilena, aclara, “es más diverso y abierto”. “Yo soy de origen luterano, no practico ninguna religión y entre mis compañeros había musulmanes, de todo”. Dice que nunca le faltó nada, pero que su realidad entonces era muy diferente a la que tiene hoy. “No éramos de la elite. Yo tengo un origen más humilde, más promedio, más clase media”, explica.

Fue alumna de ingeniería comercial en la Universidad de Bonn y luego en la de Aachen. Se especializó en Finanzas y se vino a Chile a hacer su práctica profesional en el Dresdner Bank. Rumbo a Santiago, su avión hizo escala en Ezeiza. Se sentó al lado de una monja. Jeannette apenas hablaba español y pensó que si tenía dudas sobre su vuelo, la religiosa sería paciente en explicar. En eso estaba cuando Christoph Schiess se cruzó por su camino. “La imagen de una alemana sentada al lado de una monja, leyendo un libro de comercio chileno, le llamó la atención”, comenta entre risas. Y le habló. Ella tenía 22; él, 35. Comenzaron entonces una relación de amistad a larga distancia, hasta que tres años después, pololearon. Ella siguió su carrera comercial en el mundo financiero alemán, hasta que otros tres años más tarde, en 2002, se casaron en Alemania. Hoy tienen tres hijos: dos mujeres y un hombre.

Su nombre se hizo conocido en Chile cuando encabezó junto a su marido la gestión del Hanga Roa, el hotel cinco estrellas que el grupo empresarial levantó en Isla de Pascua y que en 2010 estuvo tomado por la familia Hito, quienes aseguraban que la tierra donde se emplazó el inmueble era de ellos. El episodio tuvo a los Schiess enfrentados con La Moneda –en ese momento estaba Sebastián Piñera 1 en el gobierno– y terminó con un acuerdo liderado por Wolfersdorff y la comunidad. El episodio, confiesa, “fue mi postgrado. Me encantaría escribir un libro. Aprendí mucho. De mis errores antes del conflicto y durante. Sufrí bastante”.

-¿Cuáles son sus errores?

-Si uno hace una inversión en un territorio de poco desarrollo, y aunque es pensada en ser sostenible, cuando es mucho más alto que lo que se invierte en el lugar, creas una desigualdad y resentimientos. Pienso que nuestro proyecto debería haber sido de inversión menor, más humilde y en la medida que la isla avanzara, haber seguido invirtiendo.

En 2011, Jeannette dejó de participar en Tánica: “no está bien que la señora de uno de los dueños trabaje en la empresa, no me parece. hay conflicto de interés”, asegura.

-¿Ha vuelto a la isla?

-No. Reparamos los daños de la toma y logré inaugurar una parte del hotel. Después salí. No he vuelto, pero tengo personas de la isla que me visitan.

Corría entonces el 2011. Jeannette dejó de participar para siempre en Tánica -“no está bien que la señora de uno de los dueños trabaje en la empresa, no me parece. Hay conflicto de interés”, dice- y comenzó su trabajo en la sociedad civil. “Empecé a trabajar en transparencia, a analizar el gasto público. En el caso de Isla de Pascua conocí el actuar del Estado, que operó de forma muy errática. Así nació la fundación Contexto Ciudadano”, relata. Con Guillermo Pattillo, ex subdirector de la Dipres y actual director del INE, armaron el Observatorio Fiscal.

“Yo aporté la innovación y él su experiencia en el mundo público. Contratamos un equipo, expertos en datos informáticos. Es muy distinto a un think tank normal porque trabajamos mucho en analítica de datos”, relata. Desde esa posición, encabeza su última batalla.

“No necesito gustarle a nadie”

-Ha dicho que los grandes responsables de la crisis son las elites económicas y políticas del país. ¿Cómo llegó a pensar así?

-En su libro Why Nations Fail, Acemoglu y Robinson muestran que los países son exitosos gracias a sus instituciones y los que fracasan son los que tienen instituciones “extractivas” de riqueza para beneficiar solo a una pequeña elite. Aquellos igual tendrían a personas como Bill Gates o Albert Einstein, según Acemoglu y Robinson, pero no podrían haber desarrollado talento. Estarían trabajando en el campo. Que las elites económicas y políticas en Chile tienen la responsabilidad de ello, no me cabe duda. Pero también tienen la oportunidad de cambiar este destino.

-Ahí es donde aparece el concepto capital social, del que ha hablado estos días…

-Busquemos una fórmula que permita que todos -no solo las 10 o 100 personas con más capital, sino ojalá los miles de personas con más capital- podamos aportar a un fondo público y común, un “Sovereign Wealth Fund” (ver recuadro). Mi propuesta es partir por endowments, que se podrían dar como aporte único a un fondo público. Ese mecanismo tiene una serie de ventajas, también en materia de herencias. La propuesta permitiría consensuar los intereses hoy dicotómicos entre la voluntad de aportar de muchas personas, pero la desconfianza hacia el Estado, y también el rechazo popular hacia la filantropía típica. Chile requiere de una agenda antiabuso, anticorrupción, antiimpunidad y procompetitividad para los negocios. Considerando ello como base, los endowments permitirían que un porcentaje de ciudadanos más vulnerables podrían participar de los ingresos y aumentos de valor del capital, como si de facto fueran accionistas, sin tener que esperar los beneficios de programas estatales. Esa solución permitiría que personas sin capacidad de ahorro, se beneficien de los ingresos provenientes del capital.

-¿Cuál sería el mecanismo? Aún no queda claro…

-Un porcentaje de empresas, activos inmobiliarios, o de derechos de goce de trusts podrían ser transferidos hacia el “Sovereign Wealth Fund”, sin tener que vender activos o endeudarse para pagar la herencia, que es justo un problema estructural típico. El fondo debiera tener un gobierno corporativo y un directorio profesional, como el fondo de pensiones de Noruega. A su vez, tendría distintas líneas de “inversión”, novedosas, de forma complementaria a los dividendos que podría pagar de forma directa. Por ejemplo, en un crowdfunding para pequeñas y medianas empresas.

-¿Cree que hay confianza para entregar patrimonio al Estado?

-Prácticamente nadie quiere aportar voluntariamente al Estado. Si se sabe que el dinero se invierte bien, estoy segura de que habrá personas que donarán adicionalmente a una causa pública, aunque esté en manos del Estado. No creo que haya personas malas o buenas -generosas o no-, sino más bien malos o buenos incentivos.

“El presidente debiera dar su ejemplo”

-¿Una movida así ayuda a salir de la crisis?

-No hay forma de que las protestas terminen si no somos capaces de abordar asuntos estructurales. Mi propuesta es un mecanismo excepcional, que se justifica tanto por la magnitud de la crisis actual, como por la magnitud de nuestra desigualdad, que es crónica. Implica un aporte único, y por favor: ¡que duela! Estudios muestran que la desigualdad no es mala, pero si no se basa en mérito, provoca rechazo, delincuencia, malestar en la sociedad y, evidentemente, la herencia no es mérito del que la recibe. Entonces es muy sensible y pienso que más que evitar el debate, deberíamos ser capaces de pensar en cómo evitar relaciones no sostenibles o hasta tóxicas, por tener herederos que pueden pensar que poseen un estatus superior solamente por el hecho de que son hijos de. Sin ser socióloga, veo que hace mal a la sociedad. Porque no es justo.

-Dice que la herencia no es justa. ¿Los hijos de empresarios no merecen seguir el mismo camino en las empresas que formaron sus padres?       -Se trata de traspasar un porcentaje justo, no de entregar toda la empresa. Crear incentivos y una cultura distinta, para que evitemos que haya personas que piensan que no tienen que trabajar porque su padre ya lo hizo.

-¿Usted cómo lo hará con sus hijos?

-A un amigo empresario, sus hijos le dijeron “papá, por favor, haz lo que tú quieres con tus fondos. No los queremos”. Me encantaría que mis niños tengan esa cultura. Pero es un tema familiar que debe resolverse aún. La cultura debiera ser esa, como lo expresa Buffett, que no quiere que sus hijos hereden todas sus acciones. Por eso las entrega a endowments para causas públicas.

“la desigualdad no es mala, pero si no se basa en el mérito, provoca rechazo, delincuencia, malestar en la sociedad y, evidentemente, la herencia no es mérito del que la recibe”.

-¿Es esto solo una buena idea o un proyecto con piso para echarlo a andar?

-En eso estamos. Estoy trabajando con un equipo de expertos y voy a preparar soluciones para este debate, pero hay que entusiasmar a todos los que más capital tienen, y trato de ser como un puente porque entiendo ambos mundos. Yo vivo de forma privilegiada, conozco el sector empresarial, la compañía listada en bolsa, pero también sé cómo es sentirse excluido por no tener capital. Por el trabajo de mi padre, pertenecíamos a la elite intelectual alemana. Y la elite económica nos valoraba. Pero no éramos parte del grupo. Tengo claro cómo esto tensiona a la sociedad entera. Al final, le hace mal a la propia elite, pues tendrá que protegerse más para vivir en paz social. ¿Es la vida que queremos? Yo creo que no. Hay una organización, Our Common Wealth, en UK, y think tanks en EE.UU. que  están creando ideas similares.

-¿El sartén está en manos del empresariado?

-Ellos son capaces de entender la profundidad de la crisis, que no se trata de seguridad ni de violencia, y que no se resuelve con más carabineros en la calle.

-Usted habla en su propuesta con el cálculo de patrimonio de los 11 más ricos de Chile. ¿Ha hablado con ellos? ¿Hay interés?

-Dentro de ese grupo, también está el presidente. He hablado con algunos, pero no daré nombres. Hay interés. No sé si hay voluntad. Si no la hay, veo dos opciones: que en futuro, las personas más acomodadas se irán fuera de Chile, o vivirán aún más en guetos, con servicios de seguridad cada vez más especializados frente a sus rejas. ¿Es esa la sociedad que queremos?

-Al presidente le recriminan su patrimonio. ¿Hay contradicción ahí?

-Crea conflictos de interés. Él mismo debería dar un ejemplo. Siendo una de las personas que más patrimonio tiene, debiera ser parte de la solución.

-¿Ha recibido críticas por sus dichos?

-Angela Merkel dice que no se puede dar opiniones sin críticas. No me interesa entrar en la batalla “contra” los empresarios. Quiero ayudar que entiendan la magnitud de la crisis, que nos tiene al borde del colapso, democrática y económicamente. Entiendo el deseo de que la riqueza aumente al máximo y que se traspase a las nuevas generaciones. Pero si esa actitud no se complementa con equidad, nos acercamos a una aristocracia, y no a una democracia. Falta ponernos de acuerdo en cuál es el objetivo principal desde las personas con patrimonio. Mi propuesta: defender el libre mercado y lograr movilidad social. Nuestro modelo es “libre”, pero para algunos pocos.

-¿De qué tendencia política es usted?

-Trabajo en el Observatorio tanto con Daniel Jadue como con Raúl Torrealba. Jamás me identifico con la centroizquierda, ni con la derecha. Me identifico con personas que tienen interés de equilibrar los poderes y los abusos, vengan del Estado o del sector privado.

-¿Ha hablado de esto con la CPC, la Sofofa?

-No pienso que los gremios puedan ser un catalizador en estos momentos. Tengo -en cambio- mucha esperanza de que pueda conformarse un grupo de empresarios que quieran defender la “libertad” del mercado en nombre de todos, y lograr movilidad social. Tengo esperanzas en personas como Andrónico Luksic, y que con su voz y visión ojalá pudieran lograr unir un grupo importante.

La incomodidad

-Dijo que los empresarios tienen “un estrecho pensamiento grupal”.

-¿Por qué los grupos económicos siguen tan cerrados? Eso se explica porque la apertura implicaría que los que hoy sostienen el poder deberían entregar una porción. Implicaría que pueden ser cuestionados. En cambio, grupos cerrados ofrecen protección y una cómoda autoconfirmación. Es evidente que para sus directorios, los “dueños del capital” prefieren elegir a personas “cómodas”, de confianza. En un mercado tan chico como el chileno, ¿quién se atreve realmente a ser independiente, arriesgando a ser “incómodo”, y a no ser invitado al círculo en el futuro? Pocos.

-Renunció a la Bolsa de Santiago recién. ¿Era usted la “incómoda”?

-Nosotros siempre tuvimos debates en la mesa directiva, es una señal de que funciona. Pero reconozco que es muy difícil mantener la independencia que yo tengo porque no necesito gustarle a nadie: ni al Estado ni al empresariado. Esta libertad pocos la tienen, porque es una sociedad chica, donde el primo puede ser ministro, el sobrino puede ser empresario. La falta de diversidad alrededor de los principales empresarios en Chile es central para explicar la crisis social en Chile. Para que los grupos económicos no sigan sosteniendo una percepción distorsionada, es urgente que integren opiniones de los outsiders, o para hablar en palabras de nuestro presidente de la República, aquellos que consideran hoy todavía como “enemigos”.

-Es interesante lo que dice, porque usted conoce de cerca a uno de los principales grupos económicos del país.

-Conozco el mundo de los grupos económicos tanto por mi familia en Chile, como por el trabajo desde el directorio de la Bolsa de Santiago. Mi marido es empresario. También le fascina ser emprendedor. Tanto como yo trato de apoyarlo a él, él me apoya en todo lo que haga. Puede no estar siempre de acuerdo con todos los detalles de lo que proponga yo, pero sí compartimos la misma filosofía base en un 100%.

-¿Se fue de la Bolsa por todo esto?

-Estoy en un proyecto que no es compatible ahí.

-¿Cuál es el proyecto? Se rumoreó que de Hacienda le habían ofrecido un puesto.

-No diré nada. Es un proyecto también de valor público en que voy a tratar de ser puente también. Hay muchas personas involucradas, y yo haré de facilitadora.

-¿Cuándo lo vamos a conocer?

-Durante diciembre.

-Se le ha visto en La Moneda estos días.

-Soy parte del Consejo de Modernización del Estado. Claro que voy a La Moneda.

Ríe. Más tarde se reunirá con un equipo de abogados tributaristas, conversará con un economista que la asesora en esta iniciativa y seguirá entusiasmando a empresarios. Se subirá a su bicicleta -su medio de transporte- y llegará a su casa en Vitacura. A las 8 pm acostará a sus niños y saldrá a trotar media hora. Después de eso irá a un noticiero nacional.

-¿Le interesa entrar a la política?

-(Ríe de nuevo). No, me quedo en la sociedad civil.

La fórmula

“Según la lista Forbes, los 11 billioners chilenos precrisis tenían, en total, cerca de 38 mil millones de dólares. Basado en eso calculé que si ellos entregan un 25%, alcanzamos un fondo de 9 mil millones de dólares, y con un dividen yield de 2,77, en cinco años, podría dar 260 millones de dólares al año. Eso, solo con 11 grupos. Así, en 15 años, por ejemplo, se podría pagar la mitad de la a del CAE. Puede entregarse un porcentaje menor al 25%, o también mayor, como en el de The Giving Pledge (fondo que recibe donaciones de fortunas en EE.UU.)”.