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Aldo Cerda | ActionAbility Institute

  • 7 junio, 2019

En el marco de los compromisos que cada país ha adquirido ante uno de los aspectos más notables del acuerdo marco de libre comercio entre la Unión Europea (la segunda economía del mundo considerada como bloque) y Japón (la cuarta economía del planeta y la tercera a nivel de país individual, solo detrás de EE.UU. y China) es la existencia de un capítulo completo destinado al tema de comercio y desarrollo sustentable.

Dentro de él quedan sentadas las bases para que, tomando en cuenta el Acuerdo de París, se generen condiciones equitativas de acceso a mercado para productos “responsables”, que es un eufemismo para anticipar que las reglas de comercio futuro buscarán evitar condiciones de dumping ambiental, en particular referido al performance de la huella de carbono.

Este acuerdo sentará un precedente a futuro sobre cómo se redibujará el mapa de la competitividad a nivel mundial entre los distintos bloques (tomando en consideración la intensidad de emisiones por dólares de comercio), y ofrece un espacio nuevo para que Chile genere una diplomacia climática ad hoc, que sirva de referencia a los países de la región.

EL DISCURSO AMBIENTAL DEL 1 DE JUNIO

El presidente Piñera reforzó un mensaje que ha destacado en los últimos meses, que se refiere a que Chile alcance la carbono neutralidad antes de 2050, y fue explícito respecto al tema de acelerar la descarbonización de la matriz eléctrica del país para ello.

Sin embargo, hay dos aspectos que no pueden quedar atrás y que tienen quizás mayor incidencia en la meta global: relevar el rol de los sumideros forestales y lograr una transición a un sistema de transporte sin emisiones.

En el primer caso, los bosques y plantaciones forestales reducen hoy casi el 60% de las emisiones del país. Para lograr mantener ese desempeño, resulta clave generar incentivos para la reforestación a gran escala y el manejo sustentable de nuestros bosques nativos. En este último caso, de aprobarse la posibilidad de uso de offsets como alternativa al impuesto al CO2 en la reforma tributaria, la política pública podría permitir el uso de un multiplicador mayor a 1 para las capturas de gases de efecto invernadero provenientes del manejo o reforestación con especies nativas, premiando así, indirectamente, sus cobeneficios ambientales, particularmente en el ámbito de la conservación de la biodiversidad.

Para un transporte sin emisiones, más allá del caso de autos y buses eléctricos, el desafío pasa por la búsqueda de opciones para el sector de carga, y ahí, la mejor posibilidad pasa por reemplazar el uso de diésel por una combinación de hidrógeno (hasta 70%) –que tiene un menor costo hoy en la electrólisis del agua producto de la masificación de las ERNC–, y complementarlo con el uso de biocombustibles de segunda generación para el 30% restante, generando una demanda adicional para la biomasa proveniente del manejo de los bosques nativos.

Una economía baja en carbono es un desafío apasionante para la generación actual, pero ello solo se producirá si las políticas públicas están bien alineadas con este objetivo central.