En Lynchburg, pueblito a una hora de Nashville, Tennessee, se produce todo el Jack Daniel’s que se toma en el mundo. Whiskey que, además de ser el más vendido, tiene un séquito de fans que peregrinan a este lugar, que pagan caro por su merchandising y que dejarían antes a la señora que su colección de botellas.

  • 27 julio, 2007

En Lynchburg, pueblito a una hora de Nashville, Tennessee, se produce todo el Jack Daniel’s que se toma en el mundo. Whiskey que, además de ser el más vendido, tiene un séquito de fans que peregrinan a este lugar, que pagan caro por su merchandising y que dejarían antes a la señora que su colección de botellas.Por Rodrigo Guendelman

 

La invitación sonaba curiosa: viajar un fin de semana a Estados Unidos, específicamente a Lynchburg, Tennessee, para ver en vivo al grupo argentino Babasónicos. Y, por supuesto, conocer la planta de Jack Daniel’s, ser parte de una cata de los tres whiskeys que forman la familia Jack y recorrer algunos de los míticos bares que han convertido a Nashville en la ciudad de la música country. “¿Qué tiene que hacer Babasónicos en el sureste de Estados Unidos?” fue lo primero que le pregunté a Patricio Vázquez, el gerente de marketing de licores de Distribuidora Errázuriz y anfitrión del viaje. “Lo que pasa es que Jack Daniel´s tiene una asociación muy potente con la música. Frank Sinatra, Mick Jagger y Keith Richards, entre muchos otros, han sido amigos legendarios de la marca. Y desde hace algunos años, se hace un evento anual que se llama Studio No.7. Han venido bandas de Europa y América latina. En la parte latina, el año 2005 estuvo Maná, el año pasado los Enanitos Verdes y ahora le toca a Babasónicos”, fue la contundente explicación.

 

Un par de semanas después, me encontraba en Nashville, una de las dos ciudades más importantes del estado de Tenneesse (la otra es Memphis, donde está Graceland, la casa-mausoleo de Elvis Presley). Era un viernes en la tarde, y después de viajar desde Santiago a Miami, hacer escala por cinco horas y volar otras dos, ya podía empezar a sentir el espíritu sureño del estado número 16 de Estados Unidos.

 

 


Jack City

 

Dos vasos de Jack Daniel’s Old No. 7, botella a la que también llaman Black label y que representa el 97% de las ventas de la empresa, sirvieron para recuperar la energía perdida en los aviones y comenzar una maratón de bares por Nashville. Denominada Music city por su industria discográfica y por la importante cantidad de artistas que buscan suerte en ese lugar, la capital de Tennessee debe tener al menos unos 50 lugares donde uno se toma un trago y ve a un artista o a una banda en vivo. El country domina los repertorios, pero ocasionalmente puede aparecer algún número más cercano al jazz o al soul. Claro que hoy Nashville también es el lugar donde uno duerme para, al día siguiente, viajar hasta Lynchburg y conocer la destilería Jack Daniel’s que es un imán de música popular. A eso hay que agregar que, al igual que en las películas que retratan la vida en los poblados del interior de Estados Unidos, en esta pequeña ciudad de poco más de 500 mil habitantes, casi todos son blancos, protestantes y apenas se topan con turistas extranjeros. La diversidad escasea, al igual que las tiendas, los restaurantes sofisticados y las disquerías que no sean de country. Si esta fuera una guía de viajes, habría que ser honesto: no se necesita más que un par de horas para conocer Nashville y si el programa de vacaciones implica llegar a Lynchburg sin escalas, el costo alternativo es bajo. Todo hay que decirlo.

 

 

No hay apuro en ningún rincón del estado de Tennessee. Dos imágenes de la planta de Jack Daniel’s, que existe desde 1866 y donde trabajan 350 personas

 

 


De Lynchburg al mundo

 

Son las nueve de la mañana del sábado y suena el despertador del Sheraton Music City de Nashville. Hay que desayunar y prepararse para un día largo e intenso que parte con viaje en bus a Lynchburg, sigue con una visita a la destilería de Jack Daniel’s y cierra al anochecer con el concierto de Babasónicos. Somos todos latinos, pero solo unos pocos sudamericanos: la mayoría de los invitados vienen de México, Panamá, Puerto Rico o son inmigrantes establecidos en Estados Unidos. En total, dos buses con periodistas, distribuidores y clientes que queremos saber más de Jack Daniel’s. Una bicoca, eso sí, para la planta fundada en 1866 y que recibe más de 300 mil turistas al año. Impresionante, ¿no? Como cada uno de los números que convierten a esta compañía en la número dos en ventas a nivel mundial y cuyo producto estrella es el número uno, por sobre todos los scotch, los bourbon o el tipo de whiskey que sea. Traducido en números, Jack Daniel’s Old No. 7 vendió el año antepasado (2005) 8,2 millones de cajas, versus 7,4 millones de Johnnie Walker Etiqueta Roja y 4,1 millones de Etiqueta Negra (fuente: IWSR, International Wine & Spirits Database).

 

Llegamos a la destilería y un guía con acento profundamente sureño nos lleva por cada uno de los rincones del lugar donde apenas trabajan 350 personas. Vamos primero al Rickyard, el lugar donde se produce el carbón vegetal que luego servirá para filtrar y suavizar el whiskey. Nos explican que el carbón viene de los árboles de arce (maple) de las colinas de Tennessee y que el truco es convertir la madera en carbón y no en ceniza. Luego caminamos hasta el manantial de la Gruta, razón número uno por la que Mr. Jack estableció la destilería en este lugar. El manantial fluye a una temperatura constante de 13º C todo el año y el agua prácticamente no tiene minerales, algo primordial, pues no hay nada más nocivo para un buen whiskey que el hierro.

 

Seguimos a la etapa del macerado, donde se mezclan maíz, centeno, cebada malteada y agua del manantial. El mash o macerado se cuece y se fermenta en grandes tanques. Interesante, sin duda, pero menos que lo que toca ahora: el filtrado a través de carbón vegetal, lo que hace que Jack Daniel’s deje de ser un bourbon (hasta esta etapa lo era) y se transforme en un whiskey de Tennessee. Se trata de un proceso largo, pues el whiskey recién destilado (70% de alcohol) pasa gota a gota a través de tres metros de carbón vegetal. Cada gota, nos explican, se toma cinco días en su viaje hasta llegar a destino.

 

Otra pequeña caminata y ya estamos en el Almacén, la bodega, donde el whiskey madura durante años en barriles nuevos de roble blanco nunca antes usados, recién tostados y chamuscados en su interior. A medida que los barriles se contraen y dilatan con las estaciones del año, el whiskey penetra en la madera y eso hace que el Jack Daniel’s tenga ese color ámbar oscuro. Cuando los catadores deciden que se ha alcanzado la madurez adecuada, entonces se puede embotellar. Es decir, un Jack está listo según el criterio de su personal experto y no de acuerdo a una cantidad específica de años.

 

Llega el momento del envasado, una etapa que permite distinguir los tres distintos componentes de la familia. Uno es el Jack Daniel’s Single Barrel (en Chile, $19.990 aprox.), que existe desde 1997, tiene 47º de alcohol, procede de un barril específico que va anotado en la etiqueta de la botella y es clasificado personalmente por Jimmy Bedford, el sexto destilador maestro en los más de cien años de historia de la empresa.

 

El segundo es el Gentleman Jack ($ 15.000 aprox.), nacido en 1988, que pasa dos veces por el proceso de suavizado en el carbón y es de un color más claro. Y el otro es el clásico, el que todos hemos visto o probado alguna vez, el Old No.7 ($9.800 aprox.), que tiene 40º de alcohol, ocupa la misma botella desde 1938 y es responsable de la gran mayoría de las 8,9 millones de cajas que la empresa vendió el 2006 (fuente: Impact Databank).

 

El recorrido por la destilería de Jack Daniel’s termina y uno queda con la sensación de que esta marca es grande, entre otras cosas, porque ha mantenido el estilo de hacer las cosas que tenía su visionario creador, Mr. Jack, quien murió en 1911, a los 37 años, víctima de gangrena en un pie. Algo que reafirma Mariano Roger, guitarrista de la banda Babasónicos. “Me impresiona que a pesar de ser una marca tan conocida, todo se siga haciendo de manera tan artesanal”, dice en la conferencia de prensa previa a su concierto. Y ahí parece estar la otra genialidad. La marca de whiskey podrá mantener el respeto por sus procesos de elaboración, pero sabe combinar perfectamente tradición con modernidad. Si no ¿cómo se explica que un grupo tan grande de invitados hayamos viajado, algunos desde muy lejos, para entre otras cosas ver en directo a una banda de moda en Sudamérica?

 

Son las cinco de la tarde, estamos en la cima de una colina, con una preciosa vista a Lynchburg, comemos carne recién asada en un típico barbecue gringo, tomamos Jack & Coke y Lynchburg lemonade (hecha a base de Jack) y el concierto ya se viene. Antes escuchamos a unos teloneros de Puerto Rico. Se llaman Cherry Clan, ganaron un concurso en su tierra para abrirle a los argentinos y su mezcla de punk y rock tiene fuerza. Pero es solo un aperitivo para ver en directo una de las mejores bandas latinoamericanas. No hay desilusión alguna. Adrián “Dárgelos” Rodríguez y los suyos tocan quince canciones, casi no se guardan ninguno de sus hits, nos hacen bailar y corear hasta quedar afónicos y esta original visita a Estados Unidos finaliza muy en alto. De hecho, con los brazos levantados y tratando de aplaudir con una mano que no piensa soltar el vaso con cuatro hielos y ese incomparable Old No. 7.