Pocos autores han llegado tan lejos al pesquisar las resonancias profundas del apartheid como el sudafricano ganador del Nobel, cuya obra está siendo reeditada en una colección de bolsillo.

  • 2 abril, 2009

 

Pocos autores han llegado tan lejos al pesquisar las resonancias profundas del apartheid como el sudafricano ganador del Nobel, cuya obra está siendo reeditada en una colección de bolsillo. Por Luís Larraín.

La Edad de Hierro es una novela de J.M.Coetzee, sudafricano, Premio Nobel de Literatura el año 2003, que como casi toda su obra es dura, amarga y fuerte. La señora Curren es una anciana que vive sola en Ciudad del Cabo en las etapas postreras del apartheid. Su hija emigró ya hace algunos años a los Estados Unidos y por eso debe enfrentar sin compañía la noticia de que tiene cáncer. Ese mismo día se introduce en el patio de su casa Vercueil, una suerte de mendigo, quien con su inseparable perro invade las dependencias de servicio de la casa de la señora Curren. Ella no lo expulsa y va desarrollando una extraña relación con él. Le encarga algunos trabajos, cuyos pagos Vercueil transforma con rapidez en alcohol, le hace prometer que llevará una carta a su hija cuando ella muera; y esa carta es la novela que nosotros, como lectores, vamos descubriendo.

Son tales el abandono, la desesperanza y luego el dolor físico de ella, que hacia el final de la novela va tolerando situaciones que parecían impensables, como dormir en la misma cama con Vercueil y el perro, para sentir su calor. La prosa de Coetzee, a la par de sus temáticas, es recia, despojada de todo adorno y la vez de una sobria belleza.

Pero paralela a esta historia de enfermedad y soledad transcurre otra. Florence, la sirvienta ocasional de la señora Curren, trae a sus hijos a vivir a la casa por una temporada y allí se revela que su hijo mayor, Bheki, participa en la lucha armada contra el apartheid. Bheki y sus amigos negros son duros, como el hierro. También lo son los policías blancos que los reprimen y esta dureza va diseminándose por todas partes. Así Florence, la sirvienta, es cada vez más hostil a su señora y el ambiente cada vez más sombrío. Lo notable es que la señora Curren, pese a que los ayuda y protege hasta el límite de la prudencia, va sintiéndose culpable de lo que sucede a los negros. La Edad de Hierro es así una novela sobre la culpa, pero también sobre el abandono en la vejez y la soledad. Desgracia es otra magnífica novela de Coetze, que ganó el Booker Prize. La protagonista es también una mujer, Lucy, hija de un profesor universitario, que vive sola en una granja luego de compartir durante algún tiempo con algunos amigos en una comunidad. Es vegetariana y cuida a sus perros. Un día es atacada brutalmente y violada por tres hombres negros de una granja cercana. Su padre, que ha llegado de visita, no puede hacer nada por evitarlo. Lo más impresionante es que, luego del ataque, Lucy teme que puedan volver y la hagan sentir el sojuzgamiento y la sumisión a la que la sometieron y pese a ello no está segura de irse de ahí. Nuevamente, presumo, está aquí presente el sentimiento de culpa por el apartheid.

J.M.Coetzee es para mi gusto un gran escritor. Su único defecto podría ser que en algunos pasajes adopta un tono discursivo y nos hace ver las opiniones de sus personajes (sospechamos que son las mismas del autor), en lugar de hacerlo saber por sus actos. No lo hace a menudo, de hecho sólo en algunos pasajes de La Edad de Hierro y de Desgracia y en la casi totalidad de Elizabeth Costello, otra de sus novelas, ya menos recomendable. Nos quedamos, en todo caso, con la gran fuerza narrativa de Coetzee y la sobria belleza de su escritura. La Edad de Hierro es una novela de J.M.Coetzee, sudafricano, Premio Nobel de Literatura el año 2003, que como casi toda su obra es dura, amarga y fuerte. La señora Curren es una anciana que vive sola en Ciudad del Cabo en las etapas postreras del apartheid. Su hija emigró ya hace algunos años a los Estados Unidos y por eso debe enfrentar sin compañía la noticia de que tiene cáncer. Ese mismo día se introduce en el patio de su casa Vercueil, una suerte de mendigo, quien con su inseparable perro invade las dependencias de servicio de la casa de la señora Curren. Ella no lo expulsa y va desarrollando una extraña relación con él. Le encarga algunos trabajos, cuyos pagos Vercueil transforma con rapidez en alcohol, le hace prometer que llevará una carta a su hija cuando ella muera; y esa carta es la novela que nosotros, como lectores, vamos descubriendo. Son tales el abandono, la desesperanza y luego el dolor físico de ella, que hacia el final de la novela va tolerando situaciones que parecían impensables, como dormir en la misma cama con Vercueil y el perro, para sentir su calor. La prosa de Coetzee, a la par de sus temáticas, es recia, despojada de todo adorno y la vez de una sobria belleza.

Pero paralela a esta historia de enfermedad y soledad transcurre otra. Florence, la sirvienta ocasional de la señora Curren, trae a sus hijos a vivir a la casa por una temporada y allí se revela que su hijo mayor, Bheki, participa en la lucha armada contra el apartheid. Bheki y sus amigos negros son duros, como el hierro. También lo son los policías blancos que los reprimen y esta dureza va diseminándose por todas partes. Así Florence, la sirvienta, es cada vez más hostil a su señora y el ambiente cada vez más sombrío. Lo notable es que la señora Curren, pese a que los ayuda y protege hasta el límite de la prudencia, va sintiéndose culpable de lo que sucede a los negros. La Edad de Hierro es así una novela sobre la culpa, pero también sobre el abandono en la vejez y la soledad.

Desgracia es otra magnífi ca novela de Coetze, que ganó el Booker Prize. La protagonista es también una mujer, Lucy, hija de un profesor universitario, que vive sola en una granja luego de compartir durante algún tiempo con algunos amigos en una comunidad. Es vegetariana y cuida a sus perros. Un día es atacada brutalmente y violada por tres hombres negros de una granja cercana. Su padre, que ha llegado de visita, no puede hacer nada por evitarlo. Lo más impresionante es que, luego del ataque, Lucy teme que puedan volver y la hagan sentir el sojuzgamiento y la sumisión a la que la sometieron y pese a ello no está segura de irse de ahí. Nuevamente, presumo, está aquí presente el sentimiento de culpa por el apartheid.

J.M.Coetzee es para mi gusto un gran escritor. Su único defecto podría ser que en algunos pasajes adopta un tono discursivo y nos hace ver las opiniones de sus personajes (sospechamos que son las mismas del autor), en lugar de hacerlo saber por sus actos. No lo hace a menudo, de hecho sólo en algunos pasajes de La Edad de Hierro y de Desgracia y en la casi totalidad de Elizabeth Costello, otra de sus novelas, ya menos recomendable. Nos quedamos, en todo caso, con la gran fuerza narrativa de Coetzee y la sobria belleza de su escritura.