La vuelta a marzo trae bastante ruido. Sin embargo, pareciera existir una suerte de silencio cómplice respecto de una de las instituciones más vilipendiadas del último tiempo en Chile: el binominal. Con esa costumbre que nos caracteriza, hemos culpado de todos nuestros males a otros. Mejor si ese otro es una persona jurídica, llámese […]

  • 18 marzo, 2013

 

La vuelta a marzo trae bastante ruido. Sin embargo, pareciera existir una suerte de silencio cómplice respecto de una de las instituciones más vilipendiadas del último tiempo en Chile: el binominal.

Con esa costumbre que nos caracteriza, hemos culpado de todos nuestros males a otros. Mejor si ese otro es una persona jurídica, llámese partido político, poder del Estado, institución religiosa, educacional, empresarial y hasta deportiva. Para qué decir cuando el victimario de nuestras tragedias es algo aún más etéreo y sin cara como la clase política, un modelo económico o un sistema electoral. Todos tienen la culpa y están en mi contra (menos yo, claro está) ¿Cómo arreglar este dilema? Ataquemos lo vigente y cambiémoslo por otro. ¿Cuál? no lo sé ni importa. Cuando no funcione lo reventamos de nuevo y lo volvemos a cambiar. Total, como no se asume ninguna responsabilidad individual, no pago costos de destruirlo, ni de cambiarlo, ni de implementarlo. Aun así, hasta ahora nadie ha planteado un sistema alternativo coherente en que el proponente no lleve velas en el entierro (entiéndase: asegure su reelección).

Tras la reciente votación legislativa en Italia –la tercera economía de la zona euro– el país está sumido en un problema político: la coalición de izquierdas liderada por Pier Luigi Bersani obtuvo por un escaso margen la mayoría en la Cámara de Diputados, pero el Senado se perfila sin mayoría clara, en una fuerte disputa con el partido del ex Primer Ministro Berlusconi. Los analistas han coincidido que esta situación, sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, amenaza la gobernabilidad, y revive las dudas de que el país cumpla con el plan de ajustes y reformas que asumió, dado que la formación de un gabinete requiere el apoyo de las dos cámaras. Lo inquietante es que la clave del próximo gobierno parece haber quedado en manos del ex cómico Beppe Grillo (que hace mucho rato dejó de ser un chiste) reciclado en líder antisistema, que canalizó el descontento de la población con los partidos tradicionales. La prensa de izquierda y derecha han tildado al humorista de populista y demagogo. Como líder del Movimiento 5 Estrellas, ya ha declarado que no prevé aliarse con nadie. Tal escenario se da en un país que encadena seis trimestres consecutivos de contracción del PIB, el período de recesión más largo en 20 años y con un desempleo que no ha cesado de aumentar, hasta superar el 11% que como siempre golpea a los más pobres. Y todo con crisis política y de gobernabilidad.

Seamos pragmáticos: es en este tipo de situaciones –bastante recurrentes entre nuestros vecinos, hay que agregar– donde deben valorizarse las bondades de la estabilidad política de la que gozamos y respecto de la cual solemos olvidarnos y dar por sentado, porque las cosas –lo mismo que las personas– se las valora cuando se pierden.
Concedemos que no existe sistema electoral perfecto. Cada uno intenta maximizar una de sus variables y el nuestro maximiza la estabilidad política en una época donde la atomización partidaria y las facciones podrían haber corroído al país. Todo sistema puede ser fruto de perfeccionamiento, pero no debemos dilapidar ese gran activo –la estabilidad– que hoy es el cimiento del camino al desarrollo. Tan silenciosa como una piedra angular, solemos olvidarnos de ella apenas avanzamos en nuestra tarea.

El mérito elemental del sistema binominal se traduce en algo muy simple como sencillo de comprender: traslada la discusión política de después de la elección a antes de la elección, ahorrándonos la crisis que vive hoy Italia. Lo anterior es muy acorde a la naturaleza humana: a nadie se le ocurre casarse para discutir los temas importantes y ponerse de acuerdo después de elegir al cónyuge, y los que así lo han hecho suelen pagar costos personales muy altos. Lo mismo para elegir nuestros socios en un negocio, el equipo de fútbol o la banda de música. El sistema binominal obliga a los partidos a ponerse de acuerdo antes de la elección porque así los costos los asumen ellos, no los ciudadanos.
Otra cosa distinta es que mejoremos la diversidad y oferta de candidatos, a la par con la participación ciudadana en la designación de los mismos, cosa que ya ha avanzado bastante la ley de primarias, pero cuya implementación representa aún grandes desafíos. Lo mismo cabe decir con la representatividad y la proporcionalidad donde la gran tarea pendiente sigue siendo la descentralización.

Parte de la crítica al binominal esconde esa mala costumbre de dejar las cosas para después (“después lo arreglamos”) que más que flojera es –a esta altura– una muestra de irresponsabilidad inadmisible, porque radica los perjuicios de tus conflictos en los demás. Quizás por esa razón, García Márquez afirmaba que lo más importante en un buen matrimonio no era la felicidad sino la estabilidad. Algo habrá sabido. •••