Es mediodía de un viernes cualquiera y el encargado de llamar a la oración a los musulmanes, grita desde una modesta mezquita de la Quinta Avenida de Bay Ridge, Brooklyn. “Dense prisa, a rezar, a triunfar”, exclama en lengua árabe. Hombres de barba se apuran en llegar a la mezquita, la que da directamente a […]

  • 12 agosto, 2013

Islam, Nueva York

Es mediodía de un viernes cualquiera y el encargado de llamar a la oración a los musulmanes, grita desde una modesta mezquita de la Quinta Avenida de Bay Ridge, Brooklyn. “Dense prisa, a rezar, a triunfar”, exclama en lengua árabe.

Hombres de barba se apuran en llegar a la mezquita, la que da directamente a la calle. Una mujer, envuelta en ropas negras de pies a cabeza, grita –también en árabe–, por su celular. Otra, vestida en una hijab más colorida, no logra atraer la atención de sus hijos frente al despliegue de juguetes baratos del comercio local.

Con la proximidad de Ramadán, el mercado local Balady se repleta de letreros que recuerdan los días que faltan para la llegada del mes santo, mientras los compradores se pasean con sus carros entre las diferentes mercancías, dátiles y aceites de oliva importados. Cerca, una tienda promociona “atuendos islámicos a la moda” y un restaurant ofrece “halal chino” –nada de cerdo y nada de alcohol–. La escena podría transcurrir perfectamente en El Cairo o en Damasco, excepto por las tiendas que publicitan tarjetas telefónicas en español y los buses que circulan sin retraso.

Bay Ridge está cerca de los barrios hipsters de Park Slope y Williamsburg; y aunque también forma parte de Brooklyn, culturalmente no puede ser más diferente. En Brooklyn es donde vive la mayoría de los descendientes árabes, según los resultados del censo. Si bien el miedo frente a la amenaza del terrorismo islámico, post atentado, parece haber disminuido, una leve pero sostenida paranoia afecta la vida de los millones de musulmanes árabe-americanos. No sólo aquí, sino en todo el país.

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La islamofobia ha empezado a tomar fuerza en Estados Unidos, según algunos líderes musulmanes. “Vivimos en uno de los ambientes cívicos más hostiles hacia la comunidad musulmana”, señala Faiza Ali, uno de los principales dirigentes de la Arab American Association de Bay Ridge. “La situación ha empeorado desde el atentado del 11 de septiembre”.

Las estadísticas de crímenes raciales investigadas por el FBI, muestran un fuerte repunte de la violencia hacia los musulmanes, niveles que habían disminuido hasta el 2009, cuando comenzaron a repuntar.

La US Equal Employment Opportunity Comission informó que en el año 2011, el 21% de las denuncias basadas en la orientación religiosa provenían de los musulmanes, pese a que no constituyen más del 1% de la población.

Ubicado en un antiguo consultorio médico, the Arab American Association proporciona una completa asesoría: desde los trámites de inmigración hasta seguros de salud. También combate prácticas que considera discriminatorias, como el programa de vigilancia del Departamento de Policía de Nueva York, dado a conocer en el año 2011, que revela que los policías vigilan constantemente a los musulmanes en su vida diaria.

“La islamofobia se ha institucionalizado en Nueva York. Surge de nuestro propio Departamento de Policía, de funcionarios selectos y políticos en campaña”, sostiene Ali, un joven de 28 años, descendiente de pakistaní, que se convirtió en un activista estudiantil tras ser acosado por los ataques del 2001. “El ambiente es muy tenso. Es como caminar en una ciudad que es nuestro hogar, sintiéndose a la vez extranjero”, afirma el activista en su oficina, en cuyos muros destacan carteles con lemas como “¡Orar como musulmán no es un crimen!”.

Ejemplos como éstos pueden verse en todo el país. En Nueva York, la oposición se ha alzado contra los centros comunitarios musulmanes, tales como Park 51, centro cercano a la Zona Cero. En Florida, el Pastor Terry Jones quiere quemar el Corán. En Tennessee, el vandalismo y las amenazas de bombas surgieron de inmediato frente al proyecto de abrir una mezquita en Murfreesboro. También están los intentos de los legisladores de Carolina del Norte y Oklahoma, entre otros, de prohibir el reconocimiento a la ley sharia, que orienta las conducta del islam.

“Creo que el sentimiento anti musulmán se ha intensificado en los últimos años”, afirma Moustafa Bayoumi, profesor de Literatura del Brooklyn College y autor del libro How Does it Feel to be a Problem: Being young and Arab in America. El escritor cita encuestas del Washington Post y The Economist que revelan que el número de personas que admite sentir odio por los musulmanes ha aumentado de un 20% en el 2002, a más de un 50% en el 2010.

Cuando este libro apareció publicado en el año 2009, los lectores musulmanes le reprochaban a Bayoumi que el texto describía una realidad demasiado positiva. Desde entonces, la situación ha variado mucho. “Se ha deteriorado aún más”, cuenta el escritor mientras nos sentamos en un café en Prospect Park, un barrio de moda de Brooklyn. “A la narrativa le tomó un tiempo reconocer que los musulmanes eran los enemigos de la población”, añade Bayoumi. Esto, a pesar del hecho de que el terrorismo está bien abajo en la lista de amenazas a la vida en los Estados Unidos.

Según Charles Kurzman, profesor de Sicología en la Universidad de Carolina del Norte, 33 norteamericanos fueron asesinados por terroristas musulmanes-americanos desde los ataques del 2001 hasta finales del año pasado, mientras que sólo en el año 2012, las víctimas de tiroteos sin participación de musulmanes se duplicó.

Americanos de segunda… generación

Para mí, este asunto es algo personal. Mi hijo nació en Estados Unidos, pero tiene un apellido árabe, aunque nosotros no somos para nada religiosos. Él tiene el pelo más claro –como yo– pero el tono de piel de su padre. En una oportunidad, en un aeropuerto, una mujer me preguntó cuál era la mezcla de raza de mi hijo. El terror se apoderó de su rostro al responderle que era iraquí. Me estremezco al pensar que mi hijo pudiera haber recibido esa mirada, tan solo por su apellido, o por el color de su piel que se broncea al primer rayo de sol.

Soy uno de los muchos padres preocupados. Arwa Aziz, una mujer de 41 años, madre de dos niños, cambió a su hijo menor Adam (13) de un colegio público a una escuela musulmana privada en Brooklyn, ya que tenía miedo de que fuera objeto de bullying. “Se puso tan tímido a medida que crecía, que simplemente pensé que era mejor sacarlo”, me confiesa Aziz en la sede de la American Arab Association, mientras intercambiamos fotos de nuestros hijos. “Yo les digo a mis hijos que ellos son segunda generación de americanos, no permitiré que nos hagan sentir débiles”, afirma la mujer.

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Una tarde de sábado calurosa en un Dunkin’ Donuts de la Quinta Avenida, Naemah Hegazy y su prima, Bouchra Tabit, bromean mientras toman té helado. Tabit fantasea con la posibilidad de convertirse en Miss Morocco si tan solo perdiera unos veinte kilos, mientras Hegazy le muestra divertidos mensajes en Facebook. Cuando suena una canción de Justin Timberlake, juntas entonan el estribillo: “No quiero perderte ahora, que encontré a mi otra mitad”. Hegazy, una joven de 18 años descendiente de egipcio y marroquí, estudia Ciencia Política en un college al norte de Nueva York, mientras que Tabit –un par de años mayor–, cursa su segundo año de Enfermería y trabaja part time en el Departamento de Policía local. Ambas cuentan haber sufrido verdaderas provocaciones –como ser llamadas terroristas y haber sido objeto de investigaciones aleatorias– que se han vuelto una constante en sus vidas desde el año 2001, cuando eran apenas unas niñas. “Somos señalados como una raza”, afirma Hegazy. A su vez, Tabit se queja de las innumerables veces que ha tenido que escuchar la frase “Vuélvete a tu propio país”. “Éste no es el país de nadie”, ironiza Hegazy.

Muchos de los jóvenes musulmanes estadounidenses de Brooklyn han sido acusados públicamente de terroristas, les lanzan piedras contra sus autos, han tenido que oír la expresión “Flying while muslim” (volar mientras sean musulmanes). Muchos conocen a alguien que ha abierto la puerta de su casa y se ha encontrado con el FBI.

Más de un tercio, el 36% por ciento de la población musulmana estadounidense, tiene entre 18 y 29 años, comparado con el 22% de la población total, según el Pew Research Center.

Esto significa que una generación completa de musulmanes árabe-americanos no ha vivido como adulto la experiencia de cargar en sus espaldas con el atentado a las Torres.

Algunos musulmanes americanos intentan ocultar su fe, quitando cualquier símbolo religioso externo del islam y cambiando sus nombres. Los Mohammed y los Osama se han convertido en Mo y en Sam. Algunos esperan ser confundidos con puertorriqueños.
Sin embargo, la investigación académica –que incluye los trabajos de Nadine Naber, de la Universidad de Michigan, y de Lori Peek, de la Universidad Estatal de Colorado– sugiere que un número mayor de jóvenes musulmanes en Estados Unidos ha abrazado su fe en medio de la gran hostilidad.

Un estudio de Pew Center, publicado en el año 2007, reveló que los musulmanes americanos menores de treinta años eran mucho más observantes de su religión que los musulmanes americanos mayores. Una tendencia que, según los expertos, se ve cada vez más arraigada.

Hegazy y Tabit son dos orgullosas observantes de su religión. Tabit, con sus ojos maquillados de negro bajo sus lentes, exterioriza se fe con una rigurosa hijab, que empezó a usar hace un año. “Un amigo de mi mamá murió y cubrí mi cabeza para el funeral y no me lo saqué más”, relata la joven. “Antes había tipos que me querían hablar, ahora no presto mucha atención, se trata de seguridad y respeto”.

Hegazy, que va a la mezquita tan seguido como puede, observa el Ramadán y piensa usar un tapado algún día. “Me preguntan mucho por qué no uso la hijab”, haciendo referencia a la novedad que significa ser una de las cinco estudiantes árabes entre 1.300 alumnos en su universidad. “Creo que es una opción personal entre yo y Dios. Cuando esté preparada lo usaré, pero aún no estoy lista. Es una gran responsabilidad”.

Es probable que Hegazy, quien sueña con ser analista política de CNN CBS, tenga su propio programa de televisión en la universidad. Sosteniendo un micrófono imaginario en su mano y con tono rapero, entona la frase “escuchen, ustedes no saben pero Bill O’Reilly se tiene que ir”, haciendo referencia al anfitrión del noticiero conservador Fox News que lanza continuas diatribas acerca de los “musmulmanes jhadistas”.

Tabit es asertiva a su manera. En el formulario de postulación de su college rellena la casilla de los afroamericanos, ya que su familia proviene de Marruecos. “Me dicen que no soy negra”, se encoge de hombros.

La madre de Tabit, Amina, no usa velo y le preocupa que su hija sea más discriminada por su apariencia, especialmente ahora que está buscando trabajo. “Me asusté cuando se puso la hijab. Creo que le traerá problemas”, afirma esta mujer.

Los miedos de Amina tienen fundamento. Saher Selod, sociólogo del Simmons College de Massachusetts, investigó sobre la “americanización” de los musulmanes. “Las mujeres con hijab tienen más probabilidades de ser acusadas de ser antiamericanas, mientras que para los hombres el problema sólo aparece cuando surge el apellido”, dice, y agrega que “la gente se preocupa acerca de su religión y quién sabe con qué lo asocian”.

¿Eres hijo de Saddam?

La idea de ser prejuzgados por su apellido también ronda en la mente de Nasr al-Zindani y Oaday Musallam, una tarde de sábado en un local de la Quinta Avenida. Ambos usan barbas, al estilo paquistaní, y fuman shisha en pipas de agua, mientras ven la serie Prison Break.

“¡Me llamo Oaday!” exclama Musallam, un palestino de 22 años que estudia negocios en el college y sueña con tener su propia empresa “para que nadie me dé órdenes”. El joven tiene el mismo nombre que uno de los hijos de Saddam Hussein, el ex dictador. “Me acarreó muchos problemas en la escuela. Me preguntaban ¿eres hijo de Saddam?”, relata el joven.

Los dos amigos relatan las innumerables ocasiones en las que han sido llamados terroristas o “Ay-rabs” –término despectivo para referirse a descendientes del Medio Oriente– e incluso atacados en las calles o insultados cuando atienden un local de comida rápida.

Al igual que Hegazi y Tabit, ellos no dudan en defenderse. “Estamos de acuerdo en defendernos cuando se trata de nuestra religión y de nuestras creencias, especialmente frente a personas que no conocemos”, sostiene Musallam. “Ahora puede haber un montón de policías vigilándonos. Simplemente no me preocupo por ellos. Si me están vigilando, no significa que esté haciendo algo malo”, sostiene el joven.

A pesar de que muchos de los jóvenes de Bay Ridge profesan con orgullo su religión, el clima de sospecha hacia el islam les está pasando la cuenta. Investigaciones de la sicóloga Mona Amer, de la American University en El Cairo, y Joe Hovey, de la Universidad de Toledo, han encontrado altos niveles de depresión entre los árabes-americanos, la mayoría de ellos musulmanes.
La cuarta parte mostró síntomas de ansiedad, desde leves hasta severos, producto de la discriminación racial, según un estudio publicado en el periódico Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology. Los resultados fueron particularmente sorprendentes dado que admitir problemas de salud mental es un tabú dentro de la cultura musulmana.

Sami Nijam, de 15 años, es generalmente llamado “Bin Laden Junior” o “terrorista” en su colegio en Brooklyn. “Se supone que es una broma, pero me afecta mucho”, confiesa el estudiante. “La gente cree que todos somos iguales (terroristas del 9/11)”, agrega encogiéndose de hombros.

Para muchas de las generaciones posteriores al atentado de las Torres, las sospechas que despierta el islam coincide con el período en que los adolescentes se cuestionan su identidad. “Hay mucha negatividad flotando en el ambiente. ¿Cómo conciliar todos esos cuestionamientos acerca de la identidad si existe una sospecha de quién uno no es?”, se pregunta Bayoumi.
Muchos jóvenes musulmanes han respondido buscando consuelo en sus compañeros. Han aumentado las asociaciones estudiantiles en las universidades, tales como la Brooklyn College Islamic Society, monitoreada por la NYPD. El número de miembros pertenecientes a esta sociedad prácticamente se ha duplicado en los últimos tres años.

Orgullo y prejuicio

En el edificio de cuatro pisos que alberga a la Muslim American Society, también se ha observado un aumento en el número de miembros. Hace un par de fin de semanas, el centro bullía de actividad. Allí se realizaba una gran celebración previa al Ramadán, en la noche del sábado, con una apretada agenda de oradores y una cena. El domingo, el salón del cuarto piso fue decorado para una despedida de soltera.

En la puerta contigua, un grupo de mujeres corría camino a la clase de entrenamiento al aire libre, disfrutando de la oportunidad de cerrar la puerta y sacarse sus velos. En el sótano, un grupo de adolescentes, hombres, pintaba afanosamente los muros de las salas de clases, en las que se enseñan lenguas como árabe y coreano, bajo la dirección del director ejecutivo del centro, Mohammed Almathil. En los diarios murales se ofrecen clases de karate, ligas de fútbol y Girl Scouts.

El grupo de personas que asiste a las plegarias del día viernes ha aumentado de 200 –a comienzos del 2011– a más de 300 hacia finales del año pasado, sostiene Almathil, un yemen-americano de barba corta. Gran parte del aumento de personas que acuden a orar son universitarios y profesionales jóvenes. “La razón principal es que la gente viene para encontrar consuelo y espiritualidad, algo que los ayude a lidiar con el estrés del diario vivir”, añade.

Aber Kawas es miembro del Muslim Student’s Association en el City College de Manhattan, y se refiere a la asociación como su segundo hogar. “Los jóvenes se sienten atacados, sienten que los demás no entienden su estilo de vida”, dice la joven.
Kawas, conocida como Abby, es hija de palestinos inmigrantes cuya vida se trastocó tras los atentados del 11S. Su padre fue detenido y deportado, pese a que jamás se comprobó su participación en ningún acto terrorista.

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Aún así, Kawas no deja de sonreír envuelta en su velo rojo. En su hogar me cuenta que le encanta Jane Austen. Ya ha leído Orgullo y prejuicio varias veces, sin mencionar la cantidad de adaptaciones cinematográficas que ha visto. “El tema nos interpreta. Interactuamos socialmente, pero no tenemos citas amorosas”, asegura Abby. “Me siento como una Elizabeth Bennet musulmana”, confiesa. Luego, en la Muslim American Society confesaría que estando allí se siente como en la serie Downton Abbey, “en que los ricos se sientan unos al lado de otros sin tener que darse explicaciones”.

Los organizadores de estas comunidades han notado que el clima de intolerancia ha llevado especialmente a los jóvenes musulmanes americanos a autoaislarse. Temen el impacto que esto tendrá en las futuras generaciones de activistas. “Si la gente tiene temor de hablar ahora que están en la secundaria, ¿qué ocurrirá con el movimiento de justicia social?”, se pregunta Faiza Ali.

Otros temen que el hecho de que los jóvenes musulmanes estén aislados de la sociedad, pueda ser un incentivo para que algunos se radicalicen demasiado. Nadie ha vinculado directamente la pertenencia a organizaciones comunitarias con el proceso de radicalización de los jóvenes. Pero algunos se preguntan si el hecho de que un segmento de la sociedad se vuelque sobre sí mismo, aislándose, no podría tener el efecto de empujar a los potencialmente más radicales un paso más allá.

Jim Zogby, presidente del Arab American Institute, sostiene que el clima de sospecha crea el riesgo de inculcar una especie de mentalidad de “ellos y nosotros” entre la juventud musulmana. “¿Cómo les afectará en su desarrollo y su psiquis, si sienten que están en un país donde no los quieren?”, agrega el experto.

Zogby, cuya familia proviene del Líbano, ha salido en los titulares de los principales medios que lo vinculan con el terrorismo.
Por su parte, Kawas está consciente de que es necesario formar parte del resto de la sociedad, y no sólo limitarse al equivalente del escenario en que transcurre Downton Abbey. Subiendo ambas la escalera de la Muslim American Association, ella me mira y dice: “Si estamos sólo entre nosotros todo el tiempo, nunca nadie nos conocerá”. •••

(c) 2013 The Financial Times Limited.