Cerca del 43% de las empresas en el mundo confiesa haber sido víctima de algún tipo de fraude en los últimos años. En Chile la cifra bordea el 30%, aunque más del 70% afirma no enfrentar ningún riesgo fraudulento en el futuro. Son las contradicciones de un problema que aparece sin invitaciones, como le ocurrió a Société Générale.

  • 12 marzo, 2008

 

Cerca del 43% de las empresas en el mundo confiesa haber sido víctima de algún tipo de fraude en los últimos años. En Chile la cifra bordea el 30%, aunque más del 70% afirma no enfrentar ningún riesgo fraudulento en el futuro. Son las contradicciones de un problema que aparece sin invitaciones, como le ocurrió a Société Générale. Por José Miguel del Solar.

Fue la gota que rebalsó el vaso. El sistema financiero mundial ya tenía bastante con la crisis subprime, el colapso bursátil y la desconfianza de los inversionistas. Un fraude de proporciones era lo último que se necesitaba.

Pero ocurrió. A mediados de enero, el banco francés Société Générale hizo pública la detección de un fraude por casi 5.000 millones de euros, uno de los mayores en la historia bancaria efectuado por una sola persona; en este caso, un operador de la misma institución. Decenas de inversionistas habían caído en las redes de operaciones ficticias efectuadas por Jerome Kerviel, un corredor de 30 años especializado en derivados.

Todo el mundo puso sus ojos en la entidad francesa, en sus sistemas de control interno y en la permisividad con la que podía actuar un low trader como Kerviel. Pero una buena parte de las críticas –en especial, las provenientes de sus pares financieros– fueron más bien moderadas. Quizás porque se reconoce que la detección de estos delitos no es fácil y porque el fraude es un riesgo vigente para cada institución.

Según el PwC global economic crime survey 2007, elaborado por PricewaterhouseCoopers, cerca del 43% de las empresas encuestadas (5.428 de 40 países, incluyendo 76 chilenas) fueron afectadas por un delito de este tipo durante los dos años anteriores, muy similar al resultado del estudio de 2005 y seis puntos porcentuales sobre el de 2003. En el caso local, la cifra supera levemente el 30%, pero las diferencias se acortan, como afirma Colin Becker, socio de la consultora: “en ciertos aspectos, estamos disminuyendo la brecha. Por ejemplo, en el respeto a la propiedad intelectual, estamos igual o peor que varios otros países de la región”. Es cierto, las violaciones a la propiedad intelectual representan el 23,7% de los delitos más frecuentes, según los encuestados chilenos (el promedio mundial es 16,2%), empatadas con la corrupción y el soborno y seguidas por la apropiación indebida de recursos, con el 18,9%.

Puede que las cifras no sean para alarmarse y quizá eso explica otra característica local que merece atención: la confianza excesiva en las personas y en los procesos. Los números dicen que un 70,4% de las compañías nacionales encuestadas están casi seguras de no enfrentar riesgo de fraude alguno durante los próximos dos años, muy por encima de Centro y Sudamérica y el mundo (60,6% y 51,7%, respectivamente). Esta cifra es engañosa porque, según Becker, hay un factor que influye y es que muchos de los crímenes económicos no se reportan por una razón específica: “en la mayoría de los fraudes que se cometen, hay gente culpable y responsable. Los responsables son los que no se beneficiaron, pero hicieron mal su trabajo al no percatarse de que algo no funcionaba. En muchos casos, la gerencia no reporta el fraude porque ellos mismos son responsables”.

Otro elemento interesante es la autoría de los fraudes. Tal como sucedió con el operador de Société Générale, en la mayoría de los casos son empleados con algunos años de antigüedad y de confianza. Según Colin Becker: “a menudo sucede que una administración confía mucho en una persona y después del fraude, no puede creerlo. La sobreconfianza, no sólo en personas, sino también en controles, es la razón principal para que se creen el ambiente y la situación para que se cometa el delito”. Un cuarto de los autores de fraude llevaba en promedio siete años y medio en la organización; el 85% es un representante del género masculino y casi la mitad tiene entre 31 y 40 años. El perfil de los culpables también es bien definido: son tomadores de riesgos, decididos y extravertidos. Paradójicamente, rasgos preciados a la hora de reclutar nuevos empleados. Las motivaciones no son muy variadas: la mayoría busca un incentivo económico (57%) o mantener un estilo de vida incompatible con su actual salario (36%), mientras sólo unos pocos lo hace por una desmotivación con su carrera (12%) o ante la posibilidad de ser despedidos (8%). En un 21,7% de los casos, no hubo ningún partícipe externo y los culpables y responsables están exclusivamenteal interior de la compañía, según el estudio de PwC, realizado en 2007. Otro factor importante a la hora de producirse un fraude, es el tamaño de la compañía. A medida que una compañía crece, se generan las condiciones necesarias y aumenta la posibilidad de ser víctima de este tipo de delito. Los mayores niveles de anonimato hacen que las responsabilidades se traspasen al resto del personal. Asimismo, sistemas y procesos complejos e interconectados crean vacíos de control, permitiendo que se cometan ilegitimidades. Mientras un 62% de las empresas de más de 5 mil empleados reportan un fraude, sólo un 32% de las que tienen menos de 200, hace lo mismo.

El asunto es delicado, porque las pérdidas pueden ser millonarias. En Chile, en un 40% de los casos reconocen haber perdido montos que fluctúan entre US$ 50 mil y US$ 250 mil, mientras que un 15% de las compañías los desfalcos superan el US$ 1 millón. En las 76 empresas chilenas que participaron del estudio, sólo por concepto de fraudes, las pérdidas superaron los US$ 6 millones, y alcanzan los US$ 20 millones si agregamos los delitos restantes más comunes alrededor del mundo (malversación de fondos, apropiación indebida de bienes, corrupción y soborno y violación a la propiedad intelectual). Además, en nuestro caso, los daños colaterales significativos (17,1%) son mayores que en el resto de Centro y Sudamérica (14,9%) y el mundo (9,5%). Estos perjuicios incluyen daños a las marcas, a la moral del personal y a la cotización de acciones.Sin embargo, casi un tercio de los ejecutivos encuestados declaró no tomar ningún tipo de medidas y poco más de un 40% sólo reforzó las existentes. En esto estamos en desventaja: en promedio, las compañías nacionales gastaron US$ 171 mil durante los dos últimos años, frente a los US$ 195 mil mundiales, diferencia importante si consideramos que los resultados globales incluyen 254 firmas africanas. Las medidas favoritas tomadas por ejecutivos nacionales para descubrir y prevenir estos actos son intensificar las pruebas de selección de personal (89,5%), auditorías internas y externas (86%,8 y 90,8%), controles internos (97,4%) y entregar pautas éticas (89,5%). Sin embargo, no existe consenso en que sean medidas totalmente efectivas. Esta categoría la lidera auditoría interna, con un 55% de percepción de alta efectividad, siendo la única que supera el 50% de las 19 mencionadas.

La previsión por iniciativa propia tampoco aparece como un mérito local. Las medidas se implementan principalmente por obligaciones legales (63%) o legislaciones locales (74,1%) y no por haber tenido este tipo de incidentes (26,9%). Además, son muy pocas las compañías que contratan seguros para reponer las eventuales pérdidas. Sólo un tercio de las organizaciones chilenas lo hace (33,8%), superando la media centro y sudamericana (27,6%) pero atrás de las cifras globales (39,2%).