Las fuerzas armadas de Chile, Argentina, Ecuador y otros países del Cono Sur, desarrollan desde hace años diversas iniciativas de integración. ¿Cuál es la evaluación de los expertos? ¿Cuánto más se puede avanzar en el futuro? Inquietudes que responden en este artículo Guillermo Patillo y José Miguel Izquierdo. Los esfuerzos por generar algún grado de […]

  • 30 noviembre, 2007

Las fuerzas armadas de Chile, Argentina, Ecuador y otros países del Cono Sur, desarrollan desde hace años diversas iniciativas de integración. ¿Cuál es la evaluación de los expertos? ¿Cuánto más se puede avanzar en el futuro? Inquietudes que responden en este artículo Guillermo Patillo y José Miguel Izquierdo.

Los esfuerzos por generar algún grado de integración de las fuerzas armadas del cono sur, a través de diversos tipos de iniciativas, tienen ya más de cuatro décadas. Sin embargo, la marcha de este proceso no hace posible afirmar, todavía, que un accionar –aunque sea parcialmente conjunto– de las instituciones armadas de esta región será algún día una realidad. Los procesos integradores han tenido básicamente cuatro formatos: intercambio de alumnos a las escuelas de formación avanzada de las fuerzas armadas, ejercicios conjuntos de baja complejidad, envíos de personal para desempeñarse en puestos profesionales de cierta relevancia y operaciones de mantención de la paz (Opaz).

En todos estos ámbitos ha habido algún avance, particularmente en la última década y media, pero también es efectivo que, después de los esfuerzos iniciales, la tasa de innovación en las opciones disponibles se ha ido haciendo cada vez menos relevante.

De las cuatro áreas citadas, las operaciones de paz han sido las de mayor desarrollo relativo y eso, posiblemente, porque son las más visibles a la comunidad nacional e internacional y, por lo tanto, las de mayor rédito político. Chile ha manifestado una clara y decidida intención de cumplir un rol creciente en las misiones de las Naciones Unidas en este ámbito. Ha sido la vía quizás más prolífica para materializar las buenas intenciones expresadas desde el ámbito político e, incluso, desde la diplomacia. Pero, sin duda, la realidad que imponen los intereses de largo plazo de las distintas naciones y las dificultades operativas propias de las realidades de los países de la región, han limitado y limitarán la posibilidad de profundizar tal integración.

Un elemento central a la complejidad que presenta la cooperación amplia en el ámbito de defensa es la relación de conflicto; o en otras palabras, de intereses contrapuestos, que existe entre varios países de la región y que deriva de intereses nacionales permanentes. En algunos períodos, esa contraposición de objetivos ha quedado en un segundo plano debido a coyunturas políticas específicas. Sin embargo, los cambios constantes en las definiciones estratégicas de los gobiernos de algunos países implican una inestabilidad de las asociaciones internacionales que, en nuestra región, es permanente.

De hecho, nuestra hipótesis es que ningún proceso de integración entre las fuerzas armadas de la región modificará sustantivamente los objetivos de largo plazo de los países. Su beneficio, por lo tanto, es más bien de segundo orden y deriva de su contribución potencial a la disuasión y a la generación posible de un grado mayor de confianza.

Cooperación pendiente

La cooperación en defensa recibió un impulso importante desde mediados de los 90, pero la acción política de los mandatarios que sustentaron dicha tesis sufrió una variación significativa a partir de 2002, cuando Lula Da Silva alcanza el poder y abandona los esfuerzos integradores para iniciar una campaña de reposicionamiento de Brasil en el contexto regional. De este modo, las iniciativas que comenzaron a implementar Brasil y Argentina, orientadas a crear el “Mercosur de la Defensa” no tuvieron continuidad ni rindieron frutos en el mediano plazo. La Presidenta de Chile Michelle Bachelet, también tuvo un discurso parecido, pero no logró concretar alguna experiencia relevante.

Tal vez la mayor excepción al escaso optimismo con que observamos este proceso, lo constituye la creación de la Brigada “Cruz del Sur” entre los ejércitos de Chile y Argentina. Actualmente esta brigada tiene conformado su Estado Mayor con oficiales de ambos países y en 2008 operará en Chile (este año lo está haciendo en Argentina).

Otra experiencia que puede ser importante es la participación de oficiales chilenos en un batallón de Opaz en Chipre junto a tropas argentinas. Esta pequeña unidad nacional tiene una oportunidad para provocar los acerca mientos prometidos entre el contingente de ambas fuerzas, pero se desconoce una evaluación objetiva de lo logrado.

En todo caso, Brasil –potencia regional y clave por ello en cualquier proceso significativo de cooperación– hasta hoy no ha estado interesado en integrar dicho batallón, adoptando al parecer, una posición de observadores que analizan la experiencia de chilenos y argentinos. Otras experiencias de integración de fuerzas tienden a mostrar magnitudes similares a la anterior. Es decir, se trata en general de operaciones pequeñas, que reciben poco apoyo político. Es el caso de la misión en Haití, que si bien es la mayor operación acometida por las fuerzas armadas chilenas, no es necesariamente sinónimo de la integración que estamos discutiendo. Pero en Haití, naturalmente, se han generado instancias de cooperación e integración. Ejemplo de esto es la compañía chileno-ecuatoriana allí operativa. Sin embargo, se trata de una experiencia puntual y, por lo demás, muy común en este tipo de contextos y que no permite inferir tendencias.

Intereses distintos

El debate regional en torno a este asunto se ha mantenido, esencialmente, en el plano retórico. Como lo decíamos antes, en general, la gran dificultad que encuentran los países sudamericanos para avanzar en un camino de integración mayor de sus fuerzas armadas consiste en la divergencia de intereses entre ellos. Dado lo anterior, cualquier tipo de asociación más compleja que se intente plantear se presentará como una iniciativa carente del fundamento básico: la comunidad de objetivos entre los participantes. Por lo mismo, no parece posible que en el mediano plazo podamos observar una variedad y profundidad de acciones muy distinta de las que hemos visto en el pasado reciente.

Por otra parte, el aporte que la clase política ha dado a este tipo de iniciativas es bajo. Con esto no queremos desmerecer la oportuna diligencia con que los parlamentarios chilenos han concurrido con su aprobación a la participación nacional en operaciones de mantención de la paz. Pero, en realidad, el poder político no ha encontrado ningún incentivo real para iniciar el proceso de integración de fuerzas aquí aludido.

Más aún, en el ámbito restringido de las operaciones de paz, existe en Chile interés, pero no una política definida respecto de ellas, ni un mecanismo de evaluación objetivo de beneficios y costos esperados y luego efectivos durante el transcurso de una operación, que permita tomar decisiones relativamente eficientes. Las fuerzas chilenas han sido comprometidas con celeridad, pero no está tan claro que se sepa cómo salir adecuadamente.

Otra evidencia del escaso interés político en el tema es la participación en ejercicios combinados que realizan las fuerzas armadas chilenas con sus pares regionales. El impulso ha estado dado, básicamente, por las mismas fuerzas militares, con poca o ninguna guía estratégica de la autoridad política. Más aún, tales actividades han ido, normalmente, delante de los procesos más amplios de integración. Así, por ejemplo, en los años 80 las armadas peruana y chilena comenzaron a celebrar ejercicios y maniobras conjuntas. Asimismo, en los 90 comenzaron experiencias similares con la armada argentina.

Al mirar todo lo ocurrido, no puede desconocerse que hemos avanzado y que las relaciones hoy entre las fuerzas armadas del Cono Sur de América latina son mucho más fluidas que lo que estuvimos acostumbrados a ver hace sólo unas pocas décadas. Sin embargo, el esfuerzo por profundizar la integración ha sido discontinuo y tiene, lo más importante, barreras naturales que no hacen esperable un futuro muy diferente al que podemos apreciar hoy en día. Eso no significa, sin embargo, que nada más pueda hacerse. Podemos dar muchos pasos adicionales si avanzamos en generar confianza y credibilidad.

Una acción fundamental en ese sentido es la transparencia en la gestión de la defensa. Desafortunadamente ni en Chile ni en buena parte del continente podemos decir que ella realmente exista.

Los autores integran la Comisión de Defensa del Instituto Libertad.